Wednesday, April 11, 2007


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James Joyce

 

Retrato del artista adolecente

 

Uno

 

Allá en otros tiempos (y bien buenos tiempos que eran), había una vez una vaquita (¡mu!) que iba por un

 

ca minito. Y esta vaquita que iba por un caminito se encontró un niñín muy guapín, al cual le llamaba n el

 

nene de la casa… Éste era el cuento que le contaba su padre. Su padre le mi raba a través de un cristal: tenía

 

la cara peluda.

 

Él era el nene de la casa. La vaquita venía por el caminito donde vivía Betty Byrne: Betty Byrne vendía

 

trenzas de azú car al limón.

 

Ay, las flores de las rosas silvestres

 

En el pradecito verde.

 

Ésta era la canción que cantaba. Era su canción.

 

Ay, las fioles de las losas veldes.

 

Cuando uno moja la cama, aquello está calentito primero y después se va poniendo frío. Su madre

 

colocaba el hule. ¡Qué olor tan raro!

 

Su madre olía mejor que su padre y tocaba en el piano una jiga de marineros para que la bailase él.

 

Bailaba:

 

Tralala lala,

 

 tralala tralalaina,

 

Tralala lala,

 

tralala lala.

 

Tío Charles y Dante aplaudían. Eran más viejos que su padre y que su madre; pero tío Charles era más

 

viejo que Dante.

 

Dante tenía dos cepillos en su armario. El cepillo con el respaldo de terciopelo azul era el de Michael

 

Davitt y el cepi llo con el revés de terciopelo verde, el de Parnell. Dante le daba una gota de esencia cada

 

vez que le llevaba un pedazo de papel de seda.

 

Los Vances vivían en el número 7. Tenían otro padre y otra madre diferentes, él se iba a casar con

 

Eileen… Se escon dió bajo la mesa. Su madre dijo:

 

––Stephen tiene que pedir perdón. Dante dijo:

 

––Y si no, vendrán las águilas y le sacarán los ojos.

 

Le sacarán los ojos.

 

Pide perdón,

 

pide perdón

 

de hinojos.

 

Le sacarán el corazón.

 

Pide perdón.

 

Pide perdón.

 

Los anchurosos campos de recreo hormigueaban de mu chachos. Todo s chillaban y los prefectos les

 

animaban a gri tos.

 

 

 

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El aire de la tarde era pálido y frío, y a cada volea de los jugadores, el grasiento globo de cuero volaba

 

como un ave pesada a través de la luz gris. Stephen se mantenía en el ex tremo de su línea, fuera de la vista

 

del prefecto, fuera del al cance de los pies brutales, y de vez en cuando fingía una ca rrerita. Comprendía que

 

su cuerpo era pequeño y débil comparado con los de la turba de jugadores, y sentía que sus ojos eran

 

débiles y aguanosos. Rody Kickham no era así; sería capitán de la tercera división: todos los chicos lo

 

decían.

 

Rody Kickham era una persona decente, pero Roche el Malo era un asqueroso. Rody Kickham tenía unas

 

espinille ras en su camarilla y, en el refectorio, una cesta de provisio ne s que le mandaban de casa. Roche el

 

Malo tenía las manos grandes y solía decir que el postre de los viernes parecía un perro en una manta. Y un

 

día le había preguntado:

 

––¿Cómo te llamas?

 

Stephen había contestado: Stephen Dédalus. Y entonces Roche había dicho:

 

––¿Qué nombre es ése?

 

Pero Stephen no había sido capaz de responder. Y enton ces Roche le había vuelto a preguntar:

 

––¿Qué es tu padre?

 

Y él había respondido:

 

––Un señor.

 

Y todavía Roche había vuelto a preguntarle:

 

––¿Es magistrado?

 

Se deslizaba de un punto a otro, siempre en el extremo de una línea, dando carreritas cortas de vez en

 

cuando. Pero las manos le azuleaban de frío. Las metió en los bolsillos de su chaqueta gris de cinturón. El

 

cinturón pasaba por encima del bolsillo. Cinturón, cinturonazo. Y darle a un chico un cinturonazo era

 

pegarle con el cinturón. Un día un chico le había dicho a Cantwell:

 

––¡Te voy a largar un cinturonazo!…

 

Y Cantwell le había contestado:

 

––¡Anda y quítate de ahí! Ve a largarle un cinturonazo a Ce cil Thunder. Me gustaría verte. Te mete un

 

puntapié en el trasero como para ti solo.

 

Aquella expresión no estaba muy bien. Su madre le había dicho que no hablara en el colegio con chicos

 

mal educados. ¡Madre querida! Al despedirse el día de entrada en el vestí bulo del ca stillo, ella se había

 

recogido el velo sobre la nariz para besarle: y la nariz y los ojos estaban enrojecidos. Pero él había hecho

 

como si no se diera cuenta de que su madre esta ba a punto de echarse a llorar. Y su padre le había dado

 

como dinero de bolsillo dos monedas de a cinco chelines. Y su pa dre le había dicho que escribiera a casa si

 

necesitaba algo, y que, sobre todo, nunca acusara a un compañero aunque hi ciese lo que hiciese. Después, a

 

la puerta del castillo, el rec tor, con la sotana flotante a la brisa, había estrechado la mano a sus padres y el

 

coche había partido con su padre y su madre dentro.

 

––¡Adiós, Stephen, adiós!

 

––¡Adiós, Stephen, adiós!

 

Se vio cogido entre el remolino de un pelotón de jugado res y, temeroso de los ojos fulgurantes y de las

 

botas emba rradas, se dobló completamente mirando por entre las pier nas. Los muchachos pugnaban,

 

bramaban y pataleaban entre restregones de piernas y puntapiés. De pronto las bo tas amarillas de Jack

 

Lawton lanzaron el balón detrás. Ste phen corrió también un trecho y luego se paró. No tenía ob jeto el

 

seguir. Pronto se irían a casa, de vacaciones. Después de la cena, en el salón de estudio, iba a cambiar el

 

número que estaba pegado dentro de su pupitre: de 77 a 76.

 

Sería mejor estar en el salón de estudio, que no allí fuera al frío. El cielo estaba pálido y frío, pero en el

 

castillo había luces. Se quedó pensando desde qué ventana habría arroja do Hamilton Rowan su sombrero al

 

foso y si habría ya en tonces arriates de flores bajo las ventanas. Un día que le ha bían llamado al castillo, el

 

despensero le había enseñado las huellas de las balas de los soldados en la madera de la puerta y le había

 

dado un pedazo de torta de la que comía la comu nidad. ¡Qué agradable y reconfortante era ver las luces en

 

el castillo! Era como una cosa de un libro. Tal vez la Abadía de Leicester sería así. ¡Y qué frases tan

 

bonitas había en el libro de lectura del doctor Cornwell! Eran como versos, sólo que eran únicamente frases

 

para aprender a deletrear.

 

Wolsey murió en la Abadía de Leicester

 

donde los abades le enterraron.

 

Cancro es una enfermedad de plantas;

 

cáncer, una de animales.

 

 

 

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¡Qué bien se estaría echado sobre la esterilla delante del fuego, con la cabeza apoyada entre las manos y

 

pensando es tas frases! Le c orrió un escalofrío como si hubiera sentido junto a la piel un agua fría y viscosa.

 

Había sido una villanía de Wells el empujarle dentro de la fosa y todo porque no le había querido cambiar

 

su cajita de rapé por la castaña pilon ga de él, de Wells, por aquella castaña vencedora en cuarenta

 

combates. ¡Qué fría y qué pegajosa estaba el agua! Un chico había visto una vez saltar una rata al foso.

 

Madre estaba sen tada con Dante al fuego esperando que Brígida entrase el té. Tenía los pies en el cerco de

 

la chimenea y sus zapatillas adornadas estaban calientes, ¡calientes!, y ¡tenían un olor tan agradable! Dante

 

sabía la mar de cosas. Le había enseñado dónde estaba el canal de Mozambique y cuál era el río más largo

 

de América, y el nombre de la montaña más alta de la luna. El Padre Arnall sabía más que Dante porque era

 

sacer dote, pero tanto su padre como tío Charles decían que Dante era una mujer muy lista y muy instruida.

 

Y cuando Dante des pués de comer hacía aquel ruido y se llevaba la mano a la boca, aquello s e llamaba

 

acedía.

 

Una voz gritó desde lejos en el campo de juego:

 

––¡Todo el mundo dentro!

 

Después otras voces gritaron desde la segunda y la tercera división:

 

––¡Todos adentro! ¡Todos adentro!

 

Los jugadores se agrupaban sofocados y embarrados, y él sé mezcló con ellos, contento de volver a

 

entrar. Rody Kick ham llevaba el balón cogido por la atadura grasienta. Un chico le dijo que le pegara

 

todavía la última patada; pero el otro se metió dentro sin contestarle. Simón Moonan le dijo que no lo

 

hiciera porque el prefecto estaba mirando. El chico se volvió a Simón Moonan, y le dijo:

 

––Todos sabemos por qué lo dices. Tú eres el chupito de Mc Glade.

 

Chupito era una palabra muy rara. Aquel chico le llamaba así a Simón Moonan porque Simón Moonan

 

solía atar las mangas falsas del prefecto y el prefecto hacía como que se enfadaba. Pero el sonido de la

 

palabra era feo. Una vez se ha bía lavado él las manos en el lavabo del Hotel Wicklow, y su padre tiró

 

después de la cadena para quitar el tapón, y el agua sucia cayó por el agujero de la palangana. Y cuando

 

toda el agua se hubo sumido lentamente, el agujero de la pa langana hizo un ruido así: chup. Sólo que más

 

fuerte.

 

Y al acordarse de esto y del aspecto blanco del lavabo, sen tía frío y luego calor. Había dos grifos, y al

 

abrirlos corría el agua: fría y caliente. Y él sentía frío y luego un poquito de ca lor. Y podía ver los hombres

 

estampados en los grifos. Era una cosa muy rara.

 

Y el aire del tránsito le escalofriaba también. Era un aire raro y húmedo. Pronto encenderían el gas y al

 

arder haría un ligero ruido como una cancioncilla. Siempre era lo mismo: y, si los chicos dejaban de hablar

 

en el cuarto de recreo, en tonces se podía oír muy bien.

 

Era la hora de los problemas de aritmética. El Padre Ar nall escribió un pr oblema muy difícil en el

 

encerado, y luego dijo:

 

––¡Vamos a ver quién va a ganar! ¡Hala, York! ¡Hala, Lan caster!

 

Stephen lo hacía lo mejor que podía, pero la operación era muy complicada y se hizo un lío. La pequeña

 

escarapela de seda, prendida con un alfiler en su chaqueta, comenzó a os cilar. Él no se daba mucha maña

 

para los problemas, pero trataba de hacerlo lo mejor que podía para que York no per diese. La cara del

 

Padre Arnall parecía muy ceñuda, pero no estaba enfadado: se estaba riendo. Al cabo de un rato, Jack

 

Lawton chascó los dedos, y el Padre Arnall le miró el cuader no y dijo:

 

––Bien. ¡Bravo, Lancaster! La rosa roja gana. ¡Vamos, York! ¡Hay que alcanzarlos!

 

Jack Lawton le estaba mirando desde su sitio. La pequeña escarapela con la rosa roja le caía muy bien,

 

porque llevaba una blusa azul de marinero. Stephen sintió que su cara esta ba roja también, y pensó en todas

 

las apuestas que había cru zadas sobre quién ganaría el primer puesto en Nociones, Jack Lawton o él.

 

Algunas semanas ganaba Jack Lawton la tarjeta de primero, y otras él. Su escarapela de seda blanca vibraba

 

y vibraba, mientras trabajaba en el siguiente proble ma y oía la voz del Padre Arnall. Después, todo su

 

ahínco pasó, y sintió que tenía la cara completamente fría. Pensó que debía de tener la cara blanca, pues la

 

notaba tan fría. No podía resolver el problema, pero no importaba. Rosas blan cas y rosas rojas: ¡qué colores

 

tan bonitos para estarse pen sando en ellos! Y las tarjetas del primer puesto y del segun do y del tercero

 

también tenían unos colores muy bonitos: rosa, crema y azul pálido. Y también era hermoso pensar en rosas

 

crema y rosas rosa. Tal vez una rosa silvestre podría te ner esos colores, y se acordó de la canción de las

 

flores de las rosas silvestres en el pradecito verde. Pero lo que no podría haber era una rosa verde. Quizá la

 

hubiera en alguna parte del mundo.

 

 

 

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Sonó la campana, y los alumnos comenzaron a salir de la clase hacia el refectorio, a lo largo de los

 

tránsitos. Se sentó mi rando los dos moldes de mantequill a que había en su plato, pero no pudo comer el pan

 

húmedo. El mantel estaba húme do y blando. Se bebió de un trago, sin embargo, el té que le echó en la taza

 

un marmitón zafio, ceñido de un delantal blan co. Pensaba si el delantal del marmitón estaría húme do tam-

 

bién, o si todas las cosas blancas serían húmedas y frías. Roche el Malo y Saurín bebían cacao: se lo

 

enviaban sus familias en latas. Decían que no podían beber aquel té, porque era como agua de fregar.

 

Decían que sus padres eran magistrados.

 

Todos los chicos le parecían muy extraños. Todos tenían padres y madres, y trajes y voces diferentes. Y

 

deseaba estar en casa y reclinar la cabeza en el regazo de su madre. Pero no podía; y lo que quería; por lo

 

menos, era que se acabaran el juego y el estudio y las oraciones para estar en la cama.

 

Bebió otra taza de té caliente y Fleming le dijo:

 

––¿Qué tienes? ¿Te duele algo o qué es lo que te pasa?

 

––No sé ––dijo Stephen.

 

––Lo que tú tienes malo es el saco del pan ––dijo Fleming––, porque estás muy pálido. ¡Eso te pasa!

 

––Sí, sí––dijo Stephen.

 

Pero la enfermedad no estaba allí. Pensó que lo que tenía enfermo era el corazón, si el corazón podía

 

estarlo. ¡Qué amable había estado Fleming interesándose por él! Sentía ganas de llorar. Apoyó los codos en

 

la mesa y se puso a tapar se y destaparse los oídos. Cada vez que destapaba los oídos, se oía el ruido del

 

comedor. Era un estruendo como el del tren por la noche. Y cuando se tapaba los oídos, el estruendo

 

cesaba, como el de un tren dentro de un túnel. Aquella no c he en Dalkey el tren había hecho el mismo

 

estruendo, y, luego, al entrar en el túnel, el estrépito había cesado. Cerró los ojos, y el tren siguió sonando y

 

callando; sonando otra vez y callando. ¡Qué susto daba oírlo callar y volver de nuevo a sonar fuera del

 

túnel y luego salir otra vez!

 

Comenzaron a venir a lo largo de la estera del centro del refectorio los de la primera división, Paddy Rath

 

y Jimmy Magee, y el español al que le dejaban fumar cigarros, y el portuguesito de la gorra de lana. Y cada

 

uno tenía su manera distinta de andar.

 

Se sentó en un rincón del salón de recreo, haciendo como que miraba un partido de dominó, y por dos o

 

tres veces pudo oír la cancioncilla del gas. El prefecto estaba a la puerta con varios muchachos y Simón

 

Moonan le estaba atando las mangas falsas del hábito de los jesuitas ingleses. Estaba con tando algo acerca

 

de Tullabeg.

 

Por fin se marchó de la puerta y Wells se acercó a Stephen yle dijo:

 

––Dinos, Dédalus, ¿besas a tu madre por la noche antes de irte a la cama?

 

Stephen contestó:

 

––Sí.

 

Wells se volvió a los otros y dijo:

 

––Mirad, aquí hay uno que dice que besa a su madre todas las noches antes de irse a la cama.

 

Los otros chicos pararon de jugar y se volvieron para mi rar, riendo. Stephen se sonrojó ante sus miradas

 

y dijo: ––No, no la beso.

 

Wells dijo:

 

––Mirad, aquí hay uno que dice que él no besa a su madre antes de irse a la cama.

 

Todos se volvieron a reír. Stephen trató de reír con ellos. En un momento, se azoró y sintió una oleada de

 

calor por todo el cuerpo. ¿Cuál era la debida respuesta? Había dado dos y, sin embargo, Wells se reía. Pero

 

Wells debía saber cuál era la respuesta, porque estaba en tercero de gramática. Tra tó de pensar en la madre

 

de Wells, pero no se atrevía a mirar le a él a la cara. No le gustaba la cara de Wells. Wells había sido el que

 

le había tirado a la fosa el día anterior porque no había querido cambiar su cajita de rapé por la castaña

 

pilon ga de Wells, por aquella castaña vencedora en cuarenta par tidos. Había sido una villanía: todos los

 

chicos lo habían di cho. ¡Y qué fría y qué viscosa estaba el agua! Y un muchacho había visto una vez una

 

rata muy grande saltar y, ¡plum!, zambullirse de cabeza en el légamo.

 

La viscosidad fría del foso le cubría todo el cuerpo; y cuando sonó la campana para el estudio y las

 

divisiones sa lieron de los salones de recreo, sintió dentro de la ropa el aire frío del tránsito y de la escalera.

 

Todavía trató de pensar cuál era la verdadera contestación. ¿Estaba bien besar a su madre o estaba mal? Y,

 

¿qué significaba aquello, besar? Poner la cara hacia arriba, así, para decir buenas noches y que luego su

 

madre inclinara la suya. Eso era besar. Su madre ponía los labios sobre la mejilla de él; aquellos labios eran

 

suaves y le humedecían la cara; y luego hacía un ruidillo muy pequeño: be-so. ¿Por qué se hacía así con la

 

cara?

 

 

 

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Sentado ya en el salón de estudio, abrió la tapa de su pupi tre y cambió el número que estaba pegado

 

dentro de 77 en 76. Pero las vacaciones de Navidad estaban muy lejos toda vía; y sin embargo, ha bían de

 

llegar, porque la tierra giraba siempre.

 

Había un grabado de la tierra en la primera página de la Geografia: una pelota muy grande entre nubes.

 

Fleming te nía una caja de lápices y una noche en el estudio libre había iluminado la tierra de verde y las

 

nubes de marrón. Era como los dos cepillos en el armario de Dante: el cepillo con el respaldo verde para

 

Parnell y el cepillo con el respaldo ma rrón para Michael Davitt. Pero él no le había dicho a Fle ming que las

 

pintara de aquellos colores: lo había hecho Fleming de por sí.

 

Abrió la Geografia para estudiar la lección, pero no se po día acordar de los nombres de lugares de

 

América. Y sin em bargo, todos ellos eran sitios diferentes que tenían diferentes nombres. Todos estaban en

 

países que tenían diferentes nom bres. Todos estaban en países distintos y los países estaban en continentes

 

y los continentes estaban en el mundo y el mundo era el universo. Pasó las hojas de la Geografia hasta

 

llegar a la guarda y leyó lo que él había escrito allí. Allí esta ban él, su nombre y su residencia.

 

Stephen Dédalus

 

Clase de Nociones

 

Colegio de Clongowes Wood

 

Sallins

 

Condado de Kildare

 

Irlanda

 

Europa

 

El Mundo

 

El Universo

 

Esto estaba escrito de su mano. Y Fleming había escrito por broma en la página opuesta:

 

Stephen Dédalus es mi nombre

 

e Irlanda mi nación.

 

Clongowes donde yo vivo

 

y el cielo mi aspiración.

 

Leyó los versos del revés, pero así dejaban de ser poesía. Y luego leyó de abajo a arriba lo que había en

 

la guarda hasta que llegó a su nombre. Aquello era él: y entonces volvió a leer la página hacia abajo. ¿Qué

 

había después del universo? Nada. Pero, ¿es que había algo alrededor del universo para señalar dónde se

 

terminaba, antes de que la nada comenza se? No podía haber una muralla. Pero podría haber a llí una línea

 

muy delgada, muy delgada, alrededor de todas las co sas. Era algo inmenso el pensar en todas las cosas y en

 

todos los sitios. Sólo Dios podía hacer eso. Trataba de imaginarse qué pensamiento tan grande tendría que

 

ser aquél, pero sólo podía pensar en Dios. Dios era el nombre de Dios, lo mismo que su nombre era

 

Stephen. Dieu quería decir Dios en fran cés y era también el nombre de Dios; y cuando alguien le rezaba a

 

Dios y decía Dieu, Dios conocía desde el primer momento que era un francés el que estaba rezando. Pero

 

aunque había diferentes nombres para Dios en las distintas lenguas del mundo y aunque Dios entendía lo

 

que le rezaban en todas las lenguas, sin embargo, Dios permaneceía siem pre el mismo Dios, y el verdadero

 

nombre de Dios era Dios.

 

Se cansaba mucho pensando estas cosas. Le hacía experi mentar la sensación de que le crecía la cabeza.

 

Pasó la guarda del libro y se puso a mirar con aire cansado a la tierra verde y redonda entre las nubes

 

marrón. Se preguntaba qué era me jor: si decidir se por el verde o por el marrón, porque un día Dante había

 

arrancado con unas tijeras el respaldo de ter ciopelo verde del cepillo dedicado a Parnell y le había dicho

 

que Parnell era una mala persona. Se preguntaba si estarían discutiendo sobre eso en casa. Eso se llamaba

 

la política. Ha bía dos partidos: Dante pertenecía a un partido, y su padre y el señor Casey a otro, pero su

 

madre y tío Charles no perte necían a ninguno. El periódico hablaba todos los días de esto.

 

Le disgustaba el no comprender bien lo que era la política y el no saber dónde terminaba el universo. Se

 

sentía peque ño y débil. ¿Cuándo sería él como los mayores que estudia ban retórica y poética? Tenían unos

 

vozarrones fuertes y unas botas muy grandes y estudiaban trigonometría. Eso es tab a muy lejos. Primero

 

venían las vacaciones y luego el siguiente trimestre, y luego vacación otra vez y luego otro trimestre y

 

luego otra vez vacación. Era como un tren entrando en túneles y saliendo de ellos y como el ruido de los

 

chicos al comer en el refectorio, si uno se tapa los oídos y se los destapa luego. Trimestre, vacación; túnel,

 

 

 

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y salir del túnel; ruido y silencio. ¡Qué lejos estaba! Lo mejor era irse a la cama y dormir. Sólo las

 

oraciones en la capilla, y, luego, la cama. Sintió un escalofrío y bostezó. ¡Qué bien se estaría en la cama

 

cuando las sábanas comenzaran a ponerse calientes! Primero, al meterse, estaban muy frías. Le dio un

 

escalofrío de pensar lo frías que estaban al principio. Pero luego se po nían calientes y uno se dormía. ¡Qué

 

gusto daba estar cansa do! Bostezó otra vez. Las oraciones de la noche y luego la cama: sintió un escalofrío

 

y le dieron ganas de bostezar. ¡Qué bien se iba a estar dentro de unos minutos! Sintió un calor reconfortante

 

que se iba deslizando por las sábanas frías, cada vez más caliente, más caliente, hasta que todo es taba

 

caliente. ¡Caliente, caliente!; y sin embargo, aún tirita ba un poco y seguía sintiendo ganas de bostezar.

 

La campana llamó a las oraciones de la noche y él salió del salón de estudio en fila detrás de los demás;

 

bajó la escalera y siguió a lo largo de los tránsitos hacia la capilla. Los tránsi tos estaban escasamente

 

alumbrados y lo mismo la capilla. Pronto, todo estaría oscuro y dormido. En la capilla había un ambiente

 

nocturno y frío y los mármoles tenían el color que el mar tiene por la noche. El mar estaba frío día y noche.

 

Pero estaba más frío de noche. Estaba frío y oscuro debajo del dique, junto a su casa. Mas la olla del agua

 

estaría al fuego para preparar el ponche.

 

El prefecto estaba rezando casi por encima de su cabeza y él se sabía de memoria las respuestas:

 

Oh, señor, abre nuestros labios:

 

y nuestras bocas anunciarán tus alabanzas.

 

¡Dígnate venir en nuestra ayuda, oh, Dios!

 

¡Oh, Señor, apresúrate a socorrernos!

 

Había en la capilla un frío olor a noche. Pero era un olor santo. No era como el olor de los aldeanos

 

viejos que se po nían de rodillas a la parte de atrás en la misa de los domin gos. Aquél era un olor a aire, a

 

lluvia, a turba, a pana. Pero eran unos aldeanos muy piadosos. Le echaban el aliento so bre el cogote desde

 

detrás y suspiraban al rezar. Decía un chico que vivían en Clane: había allí unas cabañitas, y él ha bía visto

 

una mujer a la puerta de una cabaña al pasar en los coches viniendo de Sallins. ¡Qué bien, dormir una

 

noche en aquella cabaña, ante el humeante fuego de turba, en la oscu ridad iluminada por el hogar, en la

 

oscuridad caliente, respirando el olor de los aldeanos, aire y lluvia y turba y pana! Pero ¡oh!: ¡qué oscuro se

 

hacía el camino hacia allá, entre los árboles! Se perdería uno en la oscuridad. Le daba miedo de pensar lo

 

que sería.

 

Oyó la voz del prefecto que decía la última oración, y él rezó también para librarse de la oscuridad de

 

afuera, bajo los árboles.

 

Visita, te lo rogamos, oh, Señor, esta vivienda y aparta de ella todas las asechanzas del enemigo. Vivan

 

tus ángeles aquí para conservarnos en paz; y sea tu bendición siempre sobre noso tros, por Cristo Nuestro

 

Señor. Amén.

 

Le temblaban los dedos al desnudarse en el dormitorio. Les mandó que se dieran prisa. Para no irse al

 

infierno cuan do muriera, era necesario desnudarse y luego arrodillarse y decir sus oraciones particulares y

 

estar en la cama antes de que bajaran el gas. Se sacó las medias, se puso rápidamente el camisón de dormir,

 

se arrodilló al lado de la cama y repi tió deprisa sus oraciones, temiendo a cada paso que iban a apagar el

 

gas. Sintió que se le estremecían las espaldas, mientras murmuraba:

 

Bendice, oh Dios, a mis padres y consérvamelos,

 

bendice, oh Dios, a mis hermanitos Y consérvamelos,

 

bendice, oh Dios, a Dante y a tío Charles y consérvamelos.

 

Se santiguó y trepó rápidamente a la cama, enrollando el extremo del camisón entre los pies, haciéndose

 

un ovillo bajo las frías sábanas blancas, estremeciéndose, tiritando. Pero no iría al infierno cuando se

 

muriera; y se le pasaría el tiritón. Alguien daba las buenas noches a los muchachos desde el dormitorio.

 

Miró un momento por encima del co bertor y vio alrededor de la cama las cortinas amarillas que le aislaban

 

por todas partes. La luz bajó pasito.

 

Los zapatos del prefecto se marcharon. ¿Adónde? ¿Escale ras abajo y por los tránsitos, o a su cuarto

 

situado al extremo del dormitorio? Vio la oscuridad. ¿Sería cierto lo del perro negro que se paseaba allí por

 

la noche con unos ojos tan grandes como los faroles de un carruaje? Decían que era el alma en pena de un

 

asesino. Un largo escalofrío de miedo le refluyó por el cuerpo. Veía el oscuro vestíbulo de entrada del

 

 

 

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castillo. En el cuarto de plancha, en lo alto de la escalera, ha bía u nos criados viejos vestidos con trajes

 

antiguos. Era ha cía mucho tiempo. Los criados viejos estaban inmóviles. Allí había lumbre, pero el

 

vestíbulo estaba oscuro. Un personaje subía, viniendo del vestíbulo, por la escalera. Llevaba el manto

 

blanco de mariscal; su cara era extraña y pálida; se apretaba con una mano el costado. Miraba con unos

 

ojos ex traordinarios a los criados. Ellos le miraban también, y al ver la cara y el manto de su señor,

 

comprendían que venía herido de muerte. Pero sólo era a la oscuridad a donde mira ban: sólo al aire oscuro

 

y silencioso. Su amo había recibido la herida de muerte en el campo de batalla de Praga, muy le jos, al otro

 

lado del mar. Estaba tendido sobre el campo; con una mano se apretaba el costado. Su cara era extraña y

 

esta ba muy pálida. Llevaba el manto blanco de mariscal.

 

¡Qué frío daba, qué extraño era el pensar en esto! Toda la oscuridad era fría y extraña. Había allí caras

 

extrañas y páli das, ojos grandes como faroles de carruaje. Eran las almas en pena de los as esinos, las

 

imágenes de los mariscales heri dos de muerte en los campos de batalla, muy lejos, al otro lado del mar.

 

¿Qué era lo que querían decir con aquellas ca ras tan raras?

 

Visita, te lo rogamos, ¡oh Señor!, esta vivienda y aparta de ella todas…

 

¡Irse a casa de vacaciones! Debía ser algo magnífico: se lo habían dicho los chicos. Montar en los coches

 

una mañana de invierno, tempranito, a la puerta del castillo. Los coches rodaban sobre la grava. ¡Vivas al

 

rector!

 

¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra!

 

Los coches pasaban por delante de la capilla y todas las ca bezas se descubrían. Corrían alegremente por

 

los caminos, entre los campos. Los conductores señalaban con el látigo hacia Bodenstown. Los chicos

 

lanzaban alegres aclamacio nes. Pasaban por la granja del Alegr e Granjero. Vivas y gri tos y aclamaciones.

 

Pasaban por Clane gritando y alboro tando. Las aldeanas estaban a las puertas, los hombres, esparcidos aquí

 

y allá. Un olor delicioso flotaba en el aire in vernal: el olor de Clane, a lluvia y a aire invernizo y a rescol do

 

de turba y a pana.

 

El tren estaba lleno de chicos. Un tren largo, largo, de cho colate, con paramentos de crema. Los

 

empleados iban de un lado a otro, cerrando y abriendo las portezuelas. Estaban vestidos de azul oscuro y

 

plata; tenían silbatos de plata y sus llaves hacían un ruido rápido: clic-clac, clic-clac.

 

Y el tren corría sobre las tierras llanas y pasaba la colina de Allen. Los postes del telégrafo iban pasando,

 

pasando. El tren seguía y seguía. ¡Sabía bien por dónde! Había faro les en el vestíbulo de su casa y

 

guirnaldas de ramos verdes. Ramos de acebo y yedra alrededor del gran espejo; y acebo y yedra, rojo y

 

verde, entrelazados por entre las lámparas. Acebo y yedra verde, alrededor de los antiguos retratos de las

 

paredes. Acebo y yedra, por ser las Navidades y por ve nir él.

 

Delicioso…

 

Toda la familia. ¡Bienvenido, Stephen! Algazara de bien venida. Su madre le besa. ¿Está eso bien? Su

 

padre es ahora un mariscal: más que un magistrado. ¡Bienvenido, Stephen! Ruidos…

 

Había un ruido de anillas de cortina que se corren a lo lar go de las barras, y de agua vertida en jofainas.

 

Había en el dormitorio un ruido de gente que se levanta y se viste y se lava. Un ruido de palmadas: el

 

prefecto que pasaba de un lado a otro excitando a los chicos para que avivasen. La luz de un sol pálido

 

dejaba ver las cortinas separadas y las camas revueltas. Su cama estaba muy caliente, y él tenía la cara y el

 

cuerpo ardiendo. Se levantó y se sentó en el borde de la cama. Estaba débil. Trató de ponerse las medias. Se

 

sentía horriblemente mal. La luz del sol era fría y extraña.

 

Fleming le dijo:

 

––¿No estás bueno?

 

No lo sabía. Fleming añadió:

 

––Vuélvete a la cama. Le voy a decir a Mc Glade que no es tás bueno.

 

––Está enfermo.

 

––¿Quién?

 

––Díselo a Mc Glade.

 

––Vuélvete a la cama.

 

––¿Es que está enfermo?

 

Un chico sostuvo sus brazos mientras se soltaba la media que colgaba del pie, y se metió de nuevo en la

 

cama. Se arre bujó entre las sábanas, halagado por el tibio calor del lecho. Oía a los chicos que hablaban de

 

él, mientras se vestían para ir a misa. Estaban diciendo que había sido una cobardía el empujarle así dentro

 

de la fosa.

 

 

 

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Después cesaron las voces; se habían ido. Una voz sonó al lado de su cama:

 

––Oye, ¿no nos irás a acusar, verdad?

 

Aquélla era la cara de Wells. Le miró y notó que Wells te nía miedo.

 

––No fue con intención. ¿Seguro que no lo harás?

 

Su padre le había dicho que nunca acusara a un compane ro, hiciera lo que hiciera. Meneó la cabeza, dijo

 

que no, y se sintió satisfecho.

 

Wells dijo:

 

––No fue con intención, palabra de honor. Fue sólo por broma. Lo siento.

 

Lo sentía porque tenía miedo. Miedo de que fuese alguna enfermedad. Cancro era una enfermedad de

 

plantas; cáncer, de animales. Cáncer u otra distinta. Eso era hace mucho tiempo, fuera, en los campos de

 

recreo, a la luz del atardecer, arrastrándose de un lado a otro, en el extremo de su línea, un pájaro pesado

 

volaba bajo, a través de la luz gris. Se iluminó la Abadía de Leicester. Wolsey murió allí. Los mismos aba-

 

des fueron quienes le enterraron.

 

No era la cara de Wells, era la del prefecto. No eran marru llerías. No, no: estaba malo realmente. No eran

 

marrullerías. Y sintió la mano del prefecto sobre su frente. Y sintió el con traste de su frente calurosa y

 

húmeda, contra la mano húme da y fría del prefecto. Así debía ser la sensación que diera una rata: viscosa,

 

fría, húmeda. Las ratas tenían dos ojillos atisbones. Una piel suave y viscosa, unas patitas diminutas

 

encogidas para el salto y unos ojos negros, viscosos y atisbo nes. ¡Bien que sabían saltar! Pero las

 

inteligencias de las ra tas no podían saber trigonometría. Cuando estaban muer tas, se quedaban tendidas de

 

costado. Se les secaba la piel. Y ya no eran más que cosas muertas.

 

El prefecto estaba allí otra vez y su voz estaba diciendo que se tenía que levantar, que el Padre Ministro

 

había di cho que se tenía que levantar y vestir e ir a la enfermería. Y mientras se estaba vistiendo todo lo de

 

prisa que podía, el prefecto añadió:

 

––¡Tenemos que largarnos a visitar al hermano Michael porque nos ha entrado mieditis!

 

Se portaba muy bien el prefecto. Porque le decía aquello sólo por hacerle reír. Pero no se pudo reír

 

porque le temblo teaban las mejillas y los labios. Así es que el prefecto se tuvo que reír él solo.

 

El prefecto gritó:

 

––¡Paso ligero! ¡Pata de paja! ¡Pata de heno!

 

Bajaron juntos la escalera, siguieron por el tránsito y pa saron los baños. Al pasar por la puerta, Stephen

 

recordó con un vago terror el agua tibia, terrosa y estancada, el aire hú medo y tibio, el ruido de los

 

chapuzones, el olor, como de medicina, de las toallas.

 

El hermano Michael estaba a la puerta de la enfermería, y por la puerta del oscuro gabinete, a su derecha,

 

venía un olor como a medicina. Era de los botes que había en los estantes. El prefecto habló con el hermano

 

Michael y el hermano, al contestarle, le llamaba señor. Tenía el pelo rojizo, veteado de gris, y una

 

expresión extraña. Era curioso que tuviera que seguir siempre siendo hermano. Y era curioso que no le pu-

 

diera llamar señor porque era hermano y porque tenía un as pecto distinto de los otros. ¿Es que no era

 

bastante sano, o por qué no podía llegar a ser lo que los demás?

 

Había dos camas en la habitación y en una estaba un chi co, que cuando los vio entrar, exclamó:

 

––¡Anda! ¡Si es el peque de Dédalus! ¿Qué te trae por aquí?

 

––Las piernas le traen ––dijo el hermano Michael.

 

Era un alumno de tercero de gramática. Mientras Stephen se desnudaba, el otro le pidió al hermano

 

Michael que le tra jera una rebanada de pan tostado con manteca.

 

––¡Ande usted! ––suplicó.

 

––¡Sí, sí, manteca! ––dijo el hermano Michael––. Lo que te vamos a dar van a ser tus pápeles. Y esta

 

misma mañana, tan pronto como venga el doctor.

 

––¿Sí? ––dijo el chico––. ¡Si no estoybueno todavía!

 

El hermano Michael repitió:

 

––Te daremos tus papeles. Te lo aseguro.

 

Se agachó para atizar el fuego. Tenía los lomos largos, como los de un caballo del tranvía. Meneaba el

 

atizador gravemente y le decía que sí con la cabeza al de tercero de gramática.

 

Después se marchó el hermano Michael. Y al cabo de un rato, el chico de tercero de gramática se volvió

 

hacia la pared y se quedó dormido.

 

Aquello era la enfermería. Luego estaba enfermo. ¿Habían escrito a casa para decírselo a sus padres?

 

Pero sería más rá pido que fuera uno de los padres a decirlo. O si no escribiría él una carta para que la

 

llevara el padre.

 

 

 

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«Querida madre:

 

Estoy malo. Quiero ir a casa. Haz el favor de venir y llevar me a casa. Estoy en la enfermería.

 

Tu hijo que te quiere,

 

Stephen»

 

¡Qué lejos estaban! Había un sol frío al otro lado de la ven tana. Pensaba si se iría a morir. Se podía uno

 

morir lo mismo en un día de sol. Se podía morir antes de que viniera su ma dre. Entonces, habría una misa

 

de difuntos en la capilla como la vez que le habían contado los chicos, cuando se ha bía muerto Little.

 

Todos los alumnos asistirían a la misa ves tidos de negro, todos con las caras tristes. Wells estaría tam bién,

 

pero nadie querría mirarle. El rector iría vestido con una capa negra y de oro, y habría grandes cirios

 

amarillos ante el altar y alrededor del catafalco. Y sacarían lentamente el ataúd de la capilla y le enterrarían

 

en el pequeño cemente rio de la comunidad al otro lado de la gran calle de tilos. Y Wells sentiría entonces lo

 

que había hecho. Y la campana do blaría lentamente.

 

La oía doblar. Y se recitaba la canción que Brígida le había enseñado.

 

¡Din-don! ¡La campana del castillo!

 

¡Madre mía, adiós!

 

Que me entierren en el viejo cementerio

 

junto a mi hermano mayor.

 

Que sea negra la caja.

 

Seis ángeles detrás vayan:

 

dos para cantar, dos para rezar

 

y dos para que se lleven mi alma a volar.

 

¡Qué hermoso y qué triste era aquello! ¡Qué hermosas las palabras cuando decía: «Que me entierren en el

 

viejo ce menterio!» Un estremecimiento le pasó por el cuerpo. ¡Qué triste y qué hermoso! Le daban ga nas

 

de llorar mansamente, pero no de llorar por él, de llorar por aquellas palabras tris tes y hermosas como

 

música. ¡La campana! ¡La campana! ¡Adiós! ¡Oh, adiós!

 

La fría luz solar era aún más débil y el hermano Michael _ estaba a la cabecera de la cama con un cuenco

 

de caldo. Le vino bien, porque tenía la boca ardiente y seca. Les oía jugar en los campos de recreo. Y la

 

distribución del día continua ba en el colegio como si él estuviera allí.

 

El hermano Michael iba a salir y el muchacho de tercero de gramática le dijo que no dejara de volver

 

para contarle las noticias del periódico. Luego le dijo a Stephen que su nom bre era Athy y que su padre

 

tenía la mar de caballos de carre ras que saltaban pistonudamente; y que su padre le daría una buena propina

 

al hermano Michael siempre que lo necesita se, porque era bueno para con él y porque le contaba las no-

 

ticias del periódico que se recibía todos los días en el castillo. Había noticias de todas clases en el

 

periódico: accidentes, naufragios, deportes y política.

 

––Ahora los periódicos no traen más que cosas de política ––dijo––. ¿Hablan también en su casa de eso?

 

––Sí ––dijo Stephen.

 

––En lamía también ––dijo él.

 

Después se quedó pensando un rato, y añadió:

 

––Dédalus, tú tienes un apellido muy raro, y el mío es muy raro también. Mi apellido es el nombre de

 

una ciudad. Tu nombre parece latín.

 

Después preguntó:

 

––¿Qué tal maña te das para acertijos?

 

Stephen contestó:

 

––No muy buena.

 

El otro dijo:

 

––A ver si me puedes acertar éste: ¿En qué se parecen el condado de Kildare y la pernera de los

 

pantalones de un mu chacho?

 

Stephen estuvo pensando cuál podría ser la respuesta y luego dijo:

 

––Me doy por vencido.

 

––En que los dos contienen «un muslo». ¿Comprendes el chiste? Athy es la ciudad del condado de

 

Kildare y a thig [un muslo] lo que hay en una pernera.

 

––¡Ah, ya caigo! ––dijo Stephen.

 

––Es un acertijo muyviejo ––dijo el otro.

 

 

 

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Y después de un momento:

 

––¡Oye!

 

––¿Qué? ––dijo Stephen.

 

––¿Sabes? Se puede preguntar ese acertijo de otro modo.

 

––¿Se puede? ––dijo Stephen.

 

––El mismo acertijo. ¿Sabes la otra manera de preguntarlo?

 

––No.

 

––¿No te puedes imaginar la otra forma?

 

Y miraba a Stephen por encima de las ropas de la cama mientras hablaba. Despues se reclinó sobre la

 

almohada y dijo:

 

––Hay otra manera, pero no te la quiero decir.

 

¿Por qué no lo decía? Su padre, que tenía una cuadra de caballos de carreras, debía de ser también

 

magistrado como el padre de Saurín y el de Rocke el Malo. Pensó en su propio padre, en las canciones que

 

cantaba mientras su madre toca ba, y en cómo le daba un chelín cada vez que le pedía seis pe niques, y sintió

 

pena por él porque no era magistrado como los padres de los otros chicos. Entonces, ¿por qué le había

 

mandado a él allí con ellos? Pero su padre le había dicho que no se sentiría extraño allí porque en aquel

 

mismo sitio su tío abuelo había dirigido una alocución al libertador, hacía cin cuenta años. Se podía

 

reconocer a la gente de aquella época por los trajes antiguos. Y se preguntaba si era en aquel tiem po cuando

 

los estudiantes de Clongowes llevaban trajes azu les con botones de latón y chalecos amarillos y gorras de

 

piel de conejo y bebían cerveza como la gente mayor y tenían traíllas de galgos para correr liebres.

 

Miró a la ventana y vio que la luz del día se había hecho más débil. En los campos de juego debía de

 

haber una luz nubosa y gris. Ya no se oía ruido. Debían de estar en clase ha ciendo los temas o tal vez el

 

Padre Arnall les estaba leyendo.

 

Era raro que no le hubiesen dado ninguna medicina. Tal vez se las traería el hermano Michael cuando

 

volviera. Le ha bían dicho que cuando se estaba en la enfermería había que beber muchos mejunjes

 

repugnantes. Pero ahora se sentía mejor. Sería una cosa que estaría muy bien, irse poniendo bueno, poquito

 

a poco. En ese caso, le darían un libro. En la biblioteca había un libro que trataba de Holanda. Tenía unos

 

nombres extranjeros encantadores y dibujos de ciudades de aspecto muy raro y de barcos. ¡Se ponía uno tan

 

contento de verlos!

 

¡Qué pálida, la luz, en la ventana! Pero hacía muy bonito. El resplandor del fuego subía y bajaba por la

 

pared. Hacía como las olas. Alguien había echado carbón y él había senti do que hablaban. Estaban

 

hablando. Era el ruido de las olas. O quizás las olas estaban hablando entre sí, al subir y al bajar.

 

Vio el mar de olas, de amplias olas oscuras que se levanta ban y caían, oscuras bajo la noche sin luna.

 

Una lucecilla bri llaba al final de la escollera, por donde el barco estaba en trando. Y vio una muchedumbre

 

congregada a la orilla del agua para ver el barco que entraba en el puerto. Un hombre alto estaba de pie

 

sobre cubierta mirando hacia la tierra os cura y llana. A la luz de la escollera se le podía ver la cara: era la

 

cara triste del hermano Michael.

 

Le vio levantar la mano hacia la multitud y le oyó decir por encima de las aguas, con voz potente y triste:

 

––Ha muerto. Le hemos visto yacer tendido sobre el cata falco.

 

Un gemido de pena se elevó de la muchedumbre.

 

––¡Parnell! ¡Parnell! ¡Ha muerto!

 

Todos cayeron de rodillas, sollozando de dolor.

 

Y vio a Dante con un traje de terciopelo marrón y con un manto de terciopelo verde pendiente de los

 

hombros, que se alejaba, altiva y silenciosa, por entre la muchedumbre, arro dillada a la orilla del mar.

 

En el hogar llameaba una gran fogata roja, bien apilada con tra el muro; y bajo los brazos adornados con

 

yedra de la lám para, estaba puesta la mesa de Navidad. Habían vertido a casa un poco tarde y, sin embargo,

 

la cena no estaba lista aún. Pero su madre había dicho que iba a estar en un peri quete. Estaban espe rando a

 

que se abriera la puerta del co medor y entraran los criados llevando las grandes fuentes tapadas con sus

 

pesadas coberteras de metal.

 

Todos estaban esperando: tío Charles, sentado lejos, en lo oscuro de la ventana; Dante y míster Casey, en

 

sendas buta cas, a ambos lados del hogar: Stephen, entre ellos, en una si lla y con los pies apoyados sobre un

 

requemado taburete. Míster Dédalus se estuvo mirando un rato en el espejo de encima de la chimenea,

 

atusándose las guías de los bigotes, y luego se quedó en pie, vuelto de espaldas al hogar y con las manos

 

metidas por la abertura de atrás de la chaqueta, no sin que de vez en cuando retirara una para darse un

 

último toque a los bigotes.

 

 

 

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Míster Casey inclinaba la cabeza hacia un lado, sonrien do, y se daba golpecitos con los dedos en la nuez.

 

Y Stephen sonreía también porque ahora sabía ya que no era verdad que míster Casey tuviera una bolsa de

 

plata en la garganta. Se reía de pensar cómo le había engañado aquel ruido ar gentino que míster Casey

 

acostumbraba a hacer. Y una vez que había intentado abrirle la mano para ver si es que tenía escondida allí

 

la bolsa de plata, había visto que no se le po dían enderezar los dedos. Y míster Casey le había dicho que

 

aquellos dedos se le habían quedado agarrotados de una vez que había querido hacerle un regalito a la

 

Reina Victoria, por sus días.

 

Míster Casey se golpeaba la nuez y le sonreía a Stephen con ojos soñolientos. Míster Dédalus comenzó a

 

hablar.

 

––Sí. Bien, bueno está. ¡Oh!, nos hemos dado un buen pa seo, ¿no es verdad, John? Sí… No hay nada

 

comparable a la cena de esta noche. Sí… Bien, bien: nos hemos ganado hoy una buena ración de ozono,

 

dando la vuelta a la Punta. ¡Vaya que sí!

 

Se volvió hacia Dante, y dijo:

 

––¿Usted no se ha movido en todo el día, mistress Riordan? Dante frunció el entrecejo, y respondió

 

escuetamente:

 

––No.

 

Míster Dédalus abandonó los faldones de su chaqueta, y se dirigió hacia el aparador. Sacó de él un gran

 

frasco de ba rro lleno de whisky, y comenzó a echar lentamente el líquido en u na botella de mesa,

 

inclinándose de vez en cuando para ver si había vertido bastante. Después volvió a colocar el frasco en su

 

cajón, echó un poquito de whisky en dos vasos, añadió algo de agua y volvió con ellos a la chimenea.

 

––John, una dedalada de whisky ––dijo––. Únicamente para abrir el apetito.

 

Míster Casey cogió el vaso, bebió, y lo colocó cerca de sí, sobre la repisa de la chimenea. Después dijo:

 

––Pues bien: no puedo dejar de pensar en cómo nuestro amigo Christopher fabrica…

 

Le dio un ataque de risa y tos, hasta que pudo continuar:

 

––… fabrica el champán para la gente aquella.

 

Míster Dédalus se echó a reír ruidosamente.

 

––¿Se trata de Christy? ––dijo––. Hay más astucia en una sola de aquellas verrugas de su calva, que en

 

toda una manada de zorras.

 

Inclinó la cabeza, cerró los ojos y, después de haberse la mido a su sabor los labios, comenzó a hablar,

 

imitando la voz del dueño del hotel.

 

––Y pone una boca tan dulce cuando le está hablando a us ted, ¿sabe usted? Parece que le está chorreando

 

la baba por el papo, así Dios le salve.

 

Míster Casey estaba aún debatiéndose entre su ataque de risa y tos. Stephen se echó a reír al ver y

 

escuchar al hotelero a través de la voz de su padre.

 

Míster Dédalus se colocó el monóculo y, bajando la vista hacia él, dijo con tono tranquilo y afable:

 

––¿De qué te estás riendo tú, muñeco?

 

Entraron los criados y colocaron las fuentes sobre la mesa. Tras ellos entró mistress Dédalus, quien, una

 

vez he cha la distribución de los sitios, dijo:

 

––Siéntense ustedes.

 

Míster Dédalus se adelantó hasta la cabecera de la mesa y dijo:

 

––Vamos, mistress Riordan, siéntese usted.

 

Volvió la vista hacia el sitio donde tío Charles estaba sen tado, y le llamó:

 

––¡Eh, señor!: que aquí hay un ave que está esperando por usted.

 

Cuando todos hubieron ocupado sus sitios, colocó una mano sobre la cubierta de la fuente; mas la retiró

 

de pronto y dijo:

 

––¡Vamos, Stephen!

 

Stephen se levantó de su asiento y dijo el Benedicite:

 

––Bendícenos, Señor, y a estos tus dones, que de tu liberali dad vamos a r ecibir, por Cristo, Nuestro

 

Señor. Amén.

 

Todos se santiguaron y míster Dédalus, dando un suspiro de satisfacción, levantó la tapadera de la fuente,

 

toda perlada de gotitas brillantes alrededor del borde.

 

Stephen contemplaba el pavo cebón que había visto yacer atado con bramante y espetado sobre la mesa

 

de la cocina.

 

Sabía que su padre había pagado por él una guinea en la tienda de Dunn, el de D’Olier Street, y recordaba

 

cómo el vendedor había sobado y resobado el esternón del ave para mostrar su buena calidad, y también la

 

voz del hombre cuan do decía:

 

 

 

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––Lleve usted éste, señor. Es cosa superior.

 

¿Por qué razón acostumbraba a llamar míster Barret en Clongowes «mi pava» a su palmeta? Pero

 

Clongowes estaba muy lejos, y el tibio y denso olor del pavo, del jamón y del apio se elevaba de los platos

 

y de la fuente, y en el hogar lla meaba un gran fuego rojo, bien apilado contra la pared de la chimenea; y la

 

yedra verde y el acebo encarnado ¡le ha cían sentirse a uno tan feliz! Y luego, al acabarse la cena, entrarí an

 

el gran plumpudding, tachonado de almendras peladas, todo rodeado de llamitas azules oscilantes alrede-

 

dor, de aquí para allá y con su banderita verde flameante en la cima.

 

Era su primera cena de Navidad y pensaba en sus herma nitos y sus hermanitas, re cluidos en el cuarto de

 

los niños, esperando, como él tantas veces lo había hecho, a que llegase la hora del pudding. Su amplio

 

cuello bajo y su chaquetilla de colegial la hacían extrañarse de sí mismo y sentirse más hombre. Y aquella

 

misma mañana, cuando su madre le ha bía conducido a la sala vestido para misa, su padre se había echado a

 

llorar. Era porque le había recordado a su propio padre. Y tío Charles le había dicho lo mismo.

 

Míster Dédalus cubrió la fuente y comenzó a devorar. Al cabo de un rato, dijo:

 

––¡Vaya con el pobre Christy! Ahí le tenéis, doblegado con el peso de tanta truhanería.

 

––Simón ––dijo mistress Dédalus––, mira que no has servido salsa a mistress Riordan.

 

Míster Dédalus cogió la salsera.

 

––¿Es posible? ––exclamó––. Mistress Riordan, tenga usted compasión de este pobre ciego.

 

Dante puso ambas manos sobre el plato y dijo:

 

––No; gracias.

 

Míster Dédalus se volvió entonces hacia tío Charles.

 

––¿Cómo anda usted de todo, señor?

 

––Ando que ni una locomotora, Simón.

 

––¿Y tú, John?

 

––Perfectamente. Preocúpate de ti mismo.

 

––¿Mary? … Mira, Stephen, aquí hay algo para que se te rice el pelo.

 

Vertió salsa en abundancia en el plato de Stephen y volvió a colocar la salsera sobre la mesa. Después

 

preguntó a tío Charles si estaba tierno. Tío Charles no pudo contestar por que tenía la boca llena. Pero hizo

 

signos con la cabeza de que sí lo estaba.

 

––Ha sido una respuesta de primera ––dijo míster Dédalus la que nuestro común amigo ha dado al

 

canónigo. ¿Qué les parece?

 

––Yo no creí que se le pudiera ocurrir otro tanto ––dijo mís ter Casey.

 

––Padre, yo pagaré los diezmos cuando ustedes dejen de convertirla casa de Dios en una agencia

 

electoral.

 

––Una respuesta muy bonita ––dijo Dante––, para ser dada a un sacerdote por cualquiera que se llame

 

católico.

 

––Ellos son los que tienen la culpa ––dijo con tono suave míster Dédalus––. El más lerdo les había de

 

decir que se redu jeran estrictamente a los asuntos religiosos.

 

––Eso es religión también ––dijo Dante––. Cumplen con su deber previniendo al pueblo.

 

––A lo que vamos a la casa de Dios ––intervino míster Ca sey––, es a rogar humildemente a nuestro

 

Criador y no a es cuchar arengas electorales.

 

––Eso es religión también ––volvió a afirmar Dante––. Hacen bien. Están obligados a dirigir sus ovejas.

 

––Pero, ¿es religión el hacer política desde el altar? ––pre guntó míster Dédalus.

 

––Ciertamente ––contestó Dante––. Es una cuestión de mo ralidad pública. Un sacerdote dejaría de ser

 

sacerdote si de jara de advertir a sus fieles qué es lo bueno y qué es lo malo.

 

Mistress Dédalus abandonó sobre el plato el cuchillo y el tenedor para decir:

 

––Por el amor de Dios, por el amor de Dios, no nos meta mos en discusiones políticas en este día único

 

entre todos los días del año.

 

––Me parece muy bien, señora ––dijo tío Charles–– ¡Vamos, Simón, ya es bastante! Ni una palabra más

 

sobre el asunto. ––Sí, sí ––dijo rápidamente míster Dédalus.

 

Destapó impetuosamente la fuente y añadió: ––Vamos a ver: ¿quién quiere más pavo? Nadie contestó.

 

Dante volvió a insistir:

 

––¡Bonito lenguaje en boca de un católico!

 

––Mistress Riordan, le suplico ––dijo mistress Dédalus–– que deje ya el asunto en paz.

 

Dante se volvió hacia ella y exclamó:

 

 

 

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––¿Pero es que he de estar aquí sentada con toda calma oyendo que se hace mofa de los pastores de mi

 

Iglesia? ––Nadie tendrá lo más mínimo que decir contra ellos, sim plemente con que se reduzcan a no

 

mezclarse en política ––dijo míster Dédalus.

 

––Los obispos y los sacerdotes de Irlanda han hablado ––dijo Dante––. Hay que obedecerlos.

 

––Que abandonen la política ––agregó míster Casey––, o el pueblo abandonará su Iglesia.

 

––¿Oye usted? ––exclamó Dante, volviéndose hacia mistress Dédalus.

 

––!Míster Casey! ¡Simón! ¡Vamos a dejarlo ya de una vez!

 

––¡Demasiado fuerte! ¡Demasiado fuerte! ––dijo tío Charles.

 

––Pero, ¿qué? ¿Es que habíamos de hacerle traición sólo porque nos lo mandaran los ingleses?

 

––Se había hecho indigno del mando ––dijo Dante––. Era un pecador público.

 

––Todos somos pecadores, y empecatados pecadores ––mas culló fríamente míster Casey.

 

––¡Ay de aquel por quien el escándalo se comete! ––dijo mis tress Riordan––. Más le valdría atarse una

 

rueda de molino al cuello y ser arrojado a los profundos del mar antes que escan dalizar a uno de mis

 

pequeñuelos. Tal es el lenguaje del Espí ritu Santo.

 

––Y muy mal lenguaje, si he de decir mi opinión ––dijo con frialdad míster Dédalus.

 

––¡Simón! ¡Simón! ––exclamó tío Charles––. ¡El niño!

 

––Sí, sí ––dijo míster Dédalus––. Quería decir el… Estaba pensando en el mal lenguaje de aquel mozo de

 

estación. Bueno, perfectamente. ¡Vamos a ver, Stephen! Enséñame tu plato, barbián. Toma: cómete eso.

 

Llenó hasta los bordes el plato de Stephen y sirvió grandes pedazos de pavo y chorreones de salsa a tío

 

Charles y a mís ter Casey. Mistress Dédalus comía poco. Y Dante estaba sen tada con las manos sobre la

 

falda: tenía la cara arrebatada. Míster Dédalus desenterró algo con el cubierto en un extre mo de la fuente y

 

dijo:

 

––Aquí hay un pedazo suculento al que se suele llamar el obispillo. Si alguna señora o caballero…

 

Y sostenía un pedazo de ave en la punta del trinchante. Nadie habló. Se lo puso en su propio plato

 

diciendo:

 

––Bueno, no podrán ustedes decir que no se lo he ofrecido. Pero creo que haré mejor comiéndolo yo

 

mismo, porque no me encuentro bien de salud de algún tiempo a esta parte.

 

Le guiñó un ojo a Stephen y volviendo a colocar la tapade ra se puso a comer de nuevo.

 

Todos permanecieron callados mientras él comía. Al cabo de un rato dijo:

 

––Por fin ha acabado el día con buen tiempo. Y han venido la mar de forasteros a la ciudad.

 

Todo el mundo continuaba callado. Volvió a hablar de nuevo:

 

––Creo que han venido más forasteros este año que las últi mas Navidades.

 

Pasó revista a las caras de los demás y las encontró incli nadas sobre los platos. Y como no recibiera

 

respuesta, espe ró un momento, para decir por fin amargamente:

 

––¡Vaya! Ya se me ha aguado la cena de Navidad.

 

––No puede haber ni buena suerte ni gracia en una casa en donde no existe respeto para los pastores de la

 

Iglesia.

 

Míster Dédalus arrojó ruidosamente el cuchillo y el tene dor sobre el plato.

 

––¡Respeto! ––dijo––. ¿A quién? ¿A Billy el Morrudo o al otro tonel de tripas, al de Armagh? ¡Respeto!

 

––¡Príncipes de la Iglesia! ––dijo míster Casey saboreando despectivamente las palabras.

 

––Sí: el cochero de lord Leitrim ––dijo míster Dédalus.

 

––Son los ungidos del Señor ––exclamó Dante––. Son la hon ra de su nación.

 

––Es un tonel de tripas ––prorrumpió sin miramientos mís ter Dédalus––. Bonita cara, sí, en visita. Pero

 

tendrían ustedes que ver al amigo atiborrándose de berzas con tocino un día de invierno. ¡Je, Johnny!

 

Contrajo sus facciones hasta darles una apariencia de cra sa brutalidad, mientras hacía un ruido hueco con

 

los labios. ––Simón, de verdad que no deberías hablar de ese modo delante de Stephen. No está bien.

 

––Bien que se acordará él cuando sea mayor ––dijo acalora damente Dante––; bien que se acordará del

 

lenguaje que oyó en su propia casa contra Dios y contra la religión y sus ministros.

 

––Pues que se acuerde también ––gritó míster Casey diri giénd ose a Dante a través de la mesa––, que se

 

acuerde tam bién del lenguaje con el que los sacerdotes y su cuadrilla re mataron a Parnell y le llevaron a la

 

sepultura. Que se acuerde también de esto cuando sea mayor.

 

––¡Hijos de perra! ––gritó míster Dédalus––. Cuando estuvo caído, se echaron sobre él como ratas de

 

alcantarilla para traicionarle y arrancarle la carne a pedazos. ¡Miserables pe rros! ¡Y que lo parecen! ¡Por

 

Cristo, que lo parecen!

 

––Obraron rectamente ––exclamó Dante––. Obedecían a sus obispos y a sus sacerdotes. ¡Honor a ellos!

 

 

 

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––Vaya, que es verdaderamente terrible el decir que no ha de haber ni un solo día en el año ––dijo

 

mistress Dédalus–– en el que nos podamos ver libres de estas tremendas disputas.

 

Tío Charles levantó ambas manos tratando de imponer paz, y dijo:

 

––Vamos, vamos, vamos. ¿Pero es que no se puede seguir teniendo nuestras ideas, sean las que fueren,

 

sin usar esos modales y esas palabras gruesas? Verdaderamente que es una desgracia.

 

Mistress Dédalus se inclinó para hablar a Dante en voz baja, pero Dante contestó levantando la voz:

 

––No me he de callar. Defenderé mi Iglesia y mi religión siempre que sean insultadas y escupidas por

 

católicos rene gados.

 

Míster Casey empujó rudamente su plato hasta el centro de la mesa, e hincando los codos delante de él,

 

dijo con voz ronca a su huésped:

 

––¿Te he contado alguna vez la historia de aquel célebre es cupitinajo?

 

––No, John, no me lo has contado ––contestó míster Dédalus.

 

––¿No? ––dijo míster Casey––, pues es una historia la mar de instructiva. Ocurrió no hace mucho tiempo

 

en este mismo condado de Wicklow en el cual nos encontramos ahora.

 

Se interrumpió de pronto y, volviéndose hacia Dante, dijo con reposada indignación:

 

––Y le puedo decir a usted, señora, si es a mí a quien usted se refiere, que yo no soy un católico

 

renegado. Yo soy tan ca tólico como eran mi padre y el padre de mi padre y el padre del padre de mi padre,

 

en aquellos tiempos en que estába mos dispuestos a dar nuestras vidas antes que traicionar nuestra fe.

 

––Pues más vergonzoso aún para usted ––dijo Dante–– el ha blar como usted lo hace ahora.

 

––¡La historia, John! ––dijo míster Dédalus sonriente––. Co nozcamos esa historia antes que nada.

 

––¡Católico, católico! ––repitió irónicamente Dante––. El más empecatado protestante no hablaría con el

 

lenguaje que yo he oído esta noche.

 

Míster Dédalus comenzó a menear la cabeza a un lado y otro canturreando a la manera de un cantor

 

rústico.

 

––Yo no soy protestante, se lo repito a usted ––dijo míster Casey poniéndose arrebatado.

 

Míster Dédalus seguía aún canturreando y meneando la cabeza; luego se puso a entonar con unos a

 

manera de gru ñidos nasales:

 

Oh, vosotros, romanocatólicos

 

que jamás asististeis a misa.

 

Volvió a coger de nuevo el tenedor y el cuchillo y se dispu so a comer dan do señales de buen humor y

 

mientras decía a míster Casey:

 

––Cuéntanos esa historia, John. Nos servirá para hacer la digestión más fácilmente.

 

Stephen contemplaba con afecto la cara de míster Casey, el cual, desde el otro lado de la mesa, miraba

 

con fijeza al frente, por encima de sus manos.

 

A Stephen le gustaba estar sentado cerca de la lumbre, contemplando aquella cara sombría y torva. Pero

 

los ojos miraban benignamente y la despaciosa voz resultaba grata al oído. Y, entonces, ¿cómo era posible

 

que atacase a los sacer dotes? Porque Dante debía de tener razón. Y, sin embargo, había oído decir a su

 

padre que Dante era una monja fraca sada y que había salido del convento donde estaba en Alle ghanies

 

cuando su hermano hizo dinero vendiéndoles a los salvajes baratijas y cacharros de loza. Tal vez ésa era la

 

razón por la cual se mostraba tan severa con Parnell. Y además no le gustaba que él jugase con Eileen,

 

porque Eileen era protes tante, y cuando Dante era joven había conocido niños que jugaban con protestantes

 

y los protestantes se solían burlar de las letanías de la Santísima Virgen. Torre de Marfil, solían decir, Casa

 

de Oro: ¿cómo es posible que una mujer pueda ser una torre de marfil o una casa de oro? ¿Pues, quién tenía

 

razón entonces? Y recordó aquella tarde en la enfermería de Clongowes, las aguas sombrías, la luz de la

 

escollera y el ge mido de pena de la muchedumbre al escuchar la noticia.

 

Eileen tenía las manos largas y blancas. Y una vez, jugan do a uno de los juegos de niños, ella le había

 

puesto las ma nos sobre los ojos: largas y blancas y finas y frías y suaves. Aquello era lo que era marfil: una

 

cosa fría y blanca. Aquello era lo que quería decir Torre de Marfil.

 

––La historia es sumamente corta y muy interesante ––dijo míster Casey––. Sucedió un día en Arklow,

 

en un día de frío glacial, no mucho tiempo antes de la muerte del jefe; ¡Dios tenga piedad de su alma!

 

Cerró con aire cansado los ojos e hizo una pausa. Míster Dédalus cogió un hueso del plato y arrancó con

 

los dientes un residuo de carne, diciendo:

 

––Querrás decir antes de que lo mataran.

 

Míster Casey abrió los ojos, suspiró y siguió adelante.

 

 

 

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––Ello sucedió cierto día en Arklow. Habíamos ido allí a un mitin y después del mitin tuvimos necesidad

 

de abrirnos paso por entre la multitud para llegar a la estación del ferro carril. Seguramente no has oído en

 

tu vida un abucheo y unos alaridos semejantes. Nos llamaban todas las cosas que se pueden llamar en este

 

mundo. Y había allí entre la gente una harpía vieja ––y amiga del mosto que debía ser por cier to–– que

 

todos sus insultos me los dedicaba a mí. Andaba todo el tiempo danzando entre el barro en torno a mí, des-

 

gañitándose y gritándome a la cara: ¡Perseguidor del clero! ¡Los dineros de París! iMísterFox!iKitty

 

O’Shea!

 

––¿Y qué hacías tú? ––preguntó míster Dédalus.

 

––Yo la dejaba que se desahogara a placer. Era un día de frío, y para reconfortarme tenía (con el perdón

 

de usted, se ñora) una brizna de tabaco de Tullamore en la boca y, desde luego, no podía hablar palabra,

 

porque mi boca estaba llena de jugo de tabaco.

 

––¿Y?…

 

––¡Verás! Conque la dejo que se desgañite a su sabor gri tando Kítty O’Shea, y todo lo demás, hasta que

 

va y da a esta dama un nombre que yo no me atrevería a repetir aquí, por no manchar esta cena de Navidad,

 

ni sus oídos de usted, se ñora, ni aun mis propios labios.

 

Hizo otra pausa. Míster Dédalus, apartando la cabeza de hueso, preguntó:

 

––¿Y tú, qué hicieste, John?

 

––¿Que qué hice? La vieja había pegado su cara a la mía para decirlo, y yo tenía la boca llena de jugo de

 

tabaco. Con que me inclino hacia ella, y no hago más que hacer con la boca así: ¡pss!

 

Se volvió de lado e hizo la acción de escupir.

 

––Con que voy y le hago con la boca pss, dirigiéndole bien la puntería hacia el ojo.

 

Se aplicó una mano contra el ojo, imitando un alarido de dolor.

 

––¡Ay, Jesús, María y José! ––grita la vieja––. ¡Que me han ce gado!¡Que me han anegado!

 

Se detuvo con un ataque de risa y tos, repitiendo a inter valos:

 

––¡Que me han cegado completamente!

 

Míster Dédalus se reía sonoramente a carcajadas, echán dose hacia atrás en la silla, mientras tío Charles

 

meneaba la cabeza a un lado y otro.

 

Dante parecía terriblemente furiosa, y repitió mientras los otros reían:

 

––¡Muy bonito! ¡Ja! ¡Muy bonito!

 

No estaba bien aquello de escupirle a una mujer en el ojo. Pero, ¿cuál era el nombre que la mujer había

 

dado a Kitty O’Shea, y que míster Casey no se atrevía a repetir? Se imaginó a míster Casey avanzando entre

 

una multitud de gente y echando discursos desde una vagoneta. Era por eso por lo que había estado en la

 

cárcel: y recordaba que una noche el sargento O’Nell había venido a casa y había estado hablando en voz

 

baja con su padre, en el vestíbulo, mien tras mordía nerviosamente el barbuquejo de la gorra. Y aquella

 

noche no había ido míster Casey a Dublín en el tren, sino que un coche había venido hasta la puerta, y él

 

había oído decir a su padre algo acerca de la carretera de Cabinteely.

 

Míster Casey era partidario de Irlanda y de Parnell, y lo mismo su padre. Y Dante había sido también así

 

a lo prime r o, porque una noche que estaba tocando la banda en la ex planada, había golpeado en la cabeza

 

con un paraguas a un caballero que se había descubierto al ejecutar la banda, al fi nal, el God save the

 

Queen.

 

Míster Dédalus dio un bufido de desprecio:

 

––Ay, John ––dijo––. Somos una raza manejada por los curas, y lo hemos sido siempre, y lo seremos

 

hasta la consumación de los siglos.

 

Tío Charles meneó la cabeza diciendo:

 

––¡Mala cosa! ¡Mala cosa!

 

Míster Dédalus repitió:

 

––Una raza gobernada por los curas y dejada de la mano de Dios.

 

Señaló hacia el retrato de su abuelo, que pendía en la pa red a su derecha:

 

––¿Ves aquel valiente que está ahí encima, John? ––dijo––. Fue un buen irlandés en aquellos tiempos en

 

que se comba tía sin esperanza de recompensa. Le cond enaron a muerte acusado de pertenecer a la sociedad

 

de los Whiteboys. Pues él acostumbraba a decir de nuestros amigos, los curas, que jamás permitiría poner

 

los pies a ninguno de ellos bajo el ta blero de su mesa de comedor.

 

Dante no pudo ya reprimir su cólera y exclamó:

 

––Pues si somos una raza gobernada por los sacerdotes, debe mos estar orgullosos de ello. Ellos son la

 

niña del ojo de Dios. No los toquéis, dice Cristo, porque ellos son la niña de mi ojo.

 

 

 

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––Según eso, ¿no debemos amar a nuestro país? ––preguntó míster Casey––. ¿Y no hemos de seguir al

 

hombre que había nacido para conducirnos?

 

––¿A un traidor a su patria? ––replicó Dante––. ¡A un traidor, a un adúltero! Los sacerdotes hicieron bien

 

en abandonarle. Los sacerdotes han sido siempre los verdaderos amigos de Irlanda.

 

––¿Qué me cuenta? ¿En serio? ––dijo míster Casey.

 

Dejó caer el puño sobre la mesa y, frunciendo el entrecejo coléricamente, se puso a contar por los dedos,

 

enderezándo los uno a uno.

 

––¿Acaso no nos hicieron traición los obispos de Irlanda en tiempos de la Unión, cuando el obispo

 

Lanigan dirigió un mensaje de lealtad al marqués Cornwallis? ¿No vendieron los obispos y los sacerdotes

 

las aspiraciones de su propio país en 1829 a cambio de obtener la emancipación católica? ¿No

 

desaprobaron el movimiento feniano desde el púlpito y en el confesionario? ¿Y no profanaron las cenizas

 

de Terence Bellew Mac Manus?

 

Tenía el rostro resplandeciente de cólera y a Stephen se le arrebataban también las mejillas sólo con la

 

conmoción que aquellas palabras causaban en él. Míster Dédalus lanzó una risotada de desprecio.

 

––¡Por Cristo! ––exclamó––. ¡Que se nos olvidaba el chiqui tín de Paul Cullen! Otra niña del ojo de Dios.

 

Dante avanzó el cuerpo por encima de la mesa y gritó di rigiéndose a míster Casey:

 

––¡Han hecho bien! ¡Han hecho bien! ¡Han obrado siempre bien! Dios, moralidad y religión son antes

 

que nada.

 

Mistress Dédalus, viendo su excitación, le dijo:

 

––Mistress Riordan, no se excite contestándoles.

 

Míster Casey levantó un puño crispado y lo dejó caer so bre la mesa con estrépito.

 

––Muy bien ––gritó con voz ronca––. Pues si vamos a parar ahí, ¡que no haya Dios para Irlanda!

 

––¡John, John! ––exclamó míster Dédalus cogiéndole por la manga de la chaqueta.

 

Dante, desde su sitio, con las mejillas trémulas, clavó sus ojos espantados en míster Casey. Éste pugnaba

 

por levantar se de la silla y, doblando el tronco en dirección a ella por enci ma de la mesa, gritó, mientras

 

con una mano arañaba el aire delante de él como si tratara de destruir una tela de araña:

 

––¡Que no haya Dios para Irlanda! ¡Es ya mucho Dios el que hemos tenido en Irlanda! ¡Afuera con él!

 

––¡Blasfemo! ¡Demonio! ––chilló Dante, poniéndose en pie y casi escupiéndole al rostro.

 

Tío Charles y míster Dédalus pugnaban por reducir a mís ter Casey de nuevo a su asiento, tratando de

 

aplacarle, cada uno por su lado, a fuerza de buenas razones. Y él, con la mirada estática, lanzando

 

llamaradas sombrías por los ojos, repetía:

 

––Afuera con él, he dicho.

 

Dante empujó violentamente su silla hacia un lado y aban donó la mesa derribando el servilletero, que

 

rodó lentamente por la alfombra y fue a quedar inmóvil al pie de una butaca. Mister Dédalus se levantó

 

rápidamente y siguió a Dante hacia la puerta. Al llegar a ella, Dante se volvió de pronto con vio l encia y

 

clamó con las mejillas arrebatadas y trémula de ira:

 

––¡Demonio de los infiernos! ¡Le hemos vencido! ¡Le he mos aplastado la cabeza! ¡Enemigo malo!

 

La puerta se cerró de golpe tras ella.

 

Míster Casey, libertándose de los que le sujetaban, abatió repentinamente la cabeza entre las manos con

 

un sollozo de dolor.

 

––¡Pobre Parnell! ––exclamó––. ¡Mi rey muerto!

 

Y sollozó ruidosamente, amargamente.

 

Stephen levantó la cara aterrada y vio que los ojos de su padre estaban llenos de lágrimas.

 

Los alumnos charlaban en grupitos.

 

Uno dijo:

 

––Los han cogido cerca de la colina de Lyons.

 

––¿Quién los cogió?

 

––Míster Gleeson y el Padre Ministro. Iban en un coche. El mismo muchacho añadió:

 

––Me lo ha dicho uno de la primera división.

 

Fleming preguntó:

 

––Pero, dinos, ¿por qué se escapaban?

 

––Yo sé por qué ––dijo Cecil Thunder––. Porque habían ro bado el dinero del cuarto del rector.

 

––¿Quién lo robó?

 

––El hermano de Kickham. Y se lo repartieron entre todos. ¡Pero aquello era robar! ¿Cómo podían haber

 

hecho aquello? ––¡Sí que sabes tú mucho, Thunder! ––dijo Wells––. Yo sé por qué se han largado ésos.

 

 

 

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––Dinos por qué.

 

––Me han dicho que no lo dijera.

 

––¡Anda, Wells! ¡Ya nos lo puedes contar! ––exclamaron to dos––. ¡Que no se lo diremos a nadie!

 

Stephen inclinó la cabeza hacia adelante para oír. Wells miró alrededor para ver si venía alguien.

 

Después dijo en tono de secreto:

 

––¿Sabéis el vino de misa que está guardado en el armario de la sacristía?

 

––Sí.

 

––Bueno; pues se lo bebieron y han sabido quiénes eran por el olor. Y por eso fue por lo que se

 

escaparon, si es que queréis saber por qué.

 

Y el chico que había hablado primero dijo:

 

––Sí, eso fue también lo que me dijo el de la primera divi sión.

 

Todos se quedaban callados. Stephen estaba entre ellos, escuchando, asustado de hablar. Sentía un leve

 

malestar, un desfallecimiento de pavor. ¿Cómo podían haber hecho aquello? Se imaginaba la sacristía

 

oscura y silenciosa. Había en ella unos armarios de madera oscura en donde yacían in móviles las rizadas

 

sobrepellices. No era la capilla y, sin em bargo, había que hablar allí en voz baja. Era un lugar santo. Y

 

recordaba la tarde de verano cuando había estado allí para revestirse y llevar la naveta del incienso en la

 

procesión hasta el altarcillo colocado en el bosque. Un lugar extraño y santo. El muchacho que llevaba el

 

incensario lo había estado balan ceando, cogido por la cadena de en medio, para que los car bones

 

prendieran bien.

 

Aquello se llamaba carbón de leña, y ardía suavemente cuando el chico lo balanceaba con cuidado y

 

exhalaba un li gero olor agrio. Y luego, cuando todos estuvieron revestidos, él le había presentado la naveta

 

al rector. El rector puso una cucharada de incienso en el incensario. Y el incienso silbaba al caer sobre los

 

carbones encendidos.

 

Los alumnos charlaban en pequeños grupos, aquí y allá, por los campos de recreo. Le daba la sensación

 

de que los mucha chos se habían empequeñecido. Y era que un ciclista, a uno de segundo de gramática, le

 

había atropellado el día anterior. La bicicleta le había arrojado sobre la pista de escorias y se le ha bían roto

 

las gafas en tres pedazos y algunas partículas de es corias le habían entrado en la boca. Y por eso le parecían

 

los muchachos más pequeños y más distantes y las porterías tan lejanas y delgadas y tan alto el cielo

 

apacible y gris. Pero nadie jugaba en los campos de fútbol porque iba a empezar la tem porada de cricket.

 

Unos decían que Barnes sería el entrenador, y otros, que lo sería Flowers. Por todos lados había muchachos

 

que ensayaban en lanzar pelotas muertas y pelotas con efecto.

 

Y de aquí y de allá venían a través del aire suave y gris los gol pes de las palas del cricket. Hacían: pic,

 

pac, poc, puc; como gotitas de agua al caer sobre el tazón repleto de una fuente. Athy, que había estado

 

callado hasta entonces, dijo: ––Todos estáis equivocados.

 

Todos se volvieron hacia él con curiosidad.

 

––¿Por qué?

 

––¿Es que tú sabes?…

 

––¿Quién te lo dijo?

 

––Cuéntanos, Athy.

 

Athy señaló al otro lado del campo de recreo, hacia donde estaba Simón Moonan paseándose, llevándose

 

por delante una piedra a patadas.

 

––Preguntadle a ése ––dijo.

 

Los chicos miraron hacia allá y dijeron:

 

––¿Por qué a ése?

 

––¿Tiene que ver con ello?

 

Athy bajó la voz y dijo:

 

––¿Sabéis por qué se largaron esos? Os lo diré, pero tenéis que hacer como que no lo sabéis.

 

––Dínoslo, Athy. Sigue. Dínoslo, si lo sabes.

 

una pausa y luego dijo misteriosamente:

 

––Los pescaron con Simón Moonan y Boyle, el de los ca mellos, una noche en los lugares.

 

Los chicos le miraron sin comprender y preguntaron.

 

––¿Los pescaron?

 

––¿Qué estaban haciendo?

 

––Besuqueándose.

 

Todos se quedaron callados. Y Athy añadió:

 

––Y ésa es la razón.

 

 

 

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Stephen observó las caras de sus compañeros, pero todos estaban mirando hacia el otro lado del campo.

 

Necesitaba preguntar a alguien.

 

¿Qué significaba aquello de besuquearse en los lugares? ¿Por qué se habían escapado por eso los

 

muchachos de la primera división? Era una broma, pensaba. Simón Moonan tenía unos trajes muy bonitos

 

y una noche le había enseña do una bola de bombones de crema que los jugadores del equipo de fútbol le

 

habían enviado rodando a lo largo de la alfombra del centro del comedor. Era la noche del partido contra el

 

equipo de los Bective Rangers, y la bola presentaba exactamente una manzana roja y verde, sólo que se

 

abría y estaba llena de bombones de crema. Y un día Boyle había di cho que un elefante tenía dos camellos,

 

en lugar de dos col millos, y era por eso por lo que le llamaban Boyle el de los ca mellos, pero algunos

 

chicos le llamaban la señorita Boyle, porque siempre se estaba arreglando las uñas.

 

Eileen tenía también las manos finas, frescas y delgadas, porque era una chica. Eran como mármol, sólo

 

que blandas. Aquello era lo que quería decir Torre de Marfil, pero los pro testantes no lo podían entender y

 

se reían de ello. Un día es taba él al lado de ella mirando los campos del hotel. Un cria do izaba una

 

banderola en su mástil y un perro foxterrier daba huidas locas de acá para allá sobre el césped soleado. Ella

 

le metió la mano en el bolsillo donde él tenía la suya pro pia y Stephen sintió entonces el frescor, la

 

delgadez y la ter sura de aquella mano. Ella le había dicho que el tener bolsillos era una cosa bien chistosa,

 

y luego, de pronto, había echado a correr cuesta abajo por el sendero en curva. Su cabello rubio le ondeaba

 

por detrás, como oro al sol. Torre de Marfil. Casa de Oro. Había que pensarlas cosas para entenderlas.

 

Pero, ¿por qué en los lugares? Allí se iba cuando se tenía alguna necesidad. Era aquél un sitio formado

 

todo de grue sas planchas de pizarra , donde el agua goteaba continua mente a través de unos agujeritos

 

pequeñitos, como hechos con alfileres, y donde había un extraño olor a agua corrom pida. Y detrás de la

 

puerta de uno de los retretes había un di bujo a lápiz rojo de un hombre barbudo en t raje romano y con un

 

par de ladrillos en las manos, y debajo estaba escrito el título:

 

Balbo construyendo un muro.

 

Algún chico lo había pintado allí por broma. Tenía una cara chistosa, pero representaba muy bien un

 

hombre con barba. Y en la pared de otro retrete había este letrero, escrito con hermosos caracteres

 

inclinados hacia la izquierda:

 

Julio César escribió de Bello Galgo.

 

Tal vez estaban allí porque aquél era un sitio donde los chicos escribían cosas por broma. Y sin embargo,

 

era muy raro lo que había dicho Athy, y sobre todo, la manera de de cirlo. Y no era una broma, puesto que

 

se habían escapado. Miró con los demás hacia la otra parte del campo de juego, y comenzó a sentirse

 

asustado.

 

Por último, Fleming dijo:

 

––¿Y nos van a castigar à todos por lo que han hecho otros?

 

––Yo no vuelvo al colegio, lo vais a ver ––dijo Cecil Thunder––. ¡Tres días de silencio en el refectorio, y

 

que nos manden a cada momento a recibir seis u ocho palmetazos!

 

––Sí ––añadió Wells––, y que el vejete de Barrett tiene una nueva manera de doblar la papeleta, y ya no

 

la puedes abrir y volverla a doblar después para ver cuántos palmetazos te vas a ganar. Yo tampoco vuelvo.

 

––Claro ––dijo Cecil Thunder––, y además el prefecto de es tudios ha estado esta mañana en segundo de

 

gramática.

 

––Vamos a insubordinarnos ––propuso Fleming––. ¿Que réis?

 

Todos se quedaron callados. Había un profundo silencio en el aire, y se podían oír los golpes de las palas

 

de cricket, pero más despacio que antes: pic, poc.

 

Wells preguntó:

 

––¿Qué es lo que les van a hacer?

 

––A Simón Moonan y a Camellos los van a azotar ––contes tó Athy––, y a los de la primera les han dado

 

a escoger entre los azotes o ser expulsados.

 

––¿Y por qué se deciden? ––preguntó el muchacho que ha bía hablado primero.

 

––Todos prefieren la expulsión, excepto Corrigan ––contes tó Athy––. A él le va a azotar míster Gleeson.

 

––Ya comprendo por qué ––dijo Cecil Thunder––. Él está en lo cierto, y los otros no, porque los azotes

 

se pasan al cabo de un rato, pero a un chico al que le han expulsado, le queda una marca para toda la vida.

 

Además que Gleeson no le azo tará muy fuerte.

 

 

 

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––A él mismo le conviene no hacerlo ––dijo Fleming.

 

––No me gustaría ser Simón Moonan o Camellos ––dijo Ce cil Thunder––. Pero no creo que los vaya a

 

azotar. Quizás les den sólo nueve palmetazos en cada mano.

 

––No, no ––dijo Athy––. Los recibirán en el punto doloroso. Wells se rascó y dijo lloriqueando:

 

––¡Por favor, señor, déjeme usted!

 

Athy hizo una mueca burlona y se remangó las mangas de la chaqueta, diciendo:

 

No hay otro remedio,

 

no te salvarás.

 

Abajo con los pantalones

 

y afuera con el tras.

 

Todos se reían. Pero Stephen sintió que estaban un poco asustados. En el silencio del suave aire gris

 

venía de aquí y de allá el ruido de las palas de cricket: poc. Aquello era un soni do si se oía; pero si se

 

recibía el pelotazo, se sentía dolor. La palmeta hacía ruido también, pero era muy distinto. Los chicos

 

decían que estaba hecha de hueso de ballena y cuero con plomo dentro; y se imaginaba cómo sería el dolor.

 

Había diferentes clases de sonidos. Una vara larga y delgada daría un silbido agudo; y se imaginaba cómo

 

sería el dolor que produciría. Le daba un estremecimiento de frío; y también le hacían estremecerse las

 

palabras de Athy. Pero, ¿qué era lo que encontraban digno de risa? Le daba un estremecimien to, pero era

 

porque siempre se siente un estremecimiento cuando se baja uno los pantalones. Lo mismo que en el baño,

 

al desnudarse. Y se ponía a pensar quién tendría que echar abajo los pantalones, si el maestro o el chico

 

mismo. ¡Oh!, ¿cómo podían reírse de aquel modo?

 

Contempló las mangas remangadas de Athy y sus manos de gruesos nudillos y manchadas de tinta. Se

 

había recogido las mangas para remedar cómo se las remangaría míster Gleeson. Pero míster Gleeson tenía

 

los puños de la camisa blancos y brillantes, y unas muñecas limpias y blancas, y unas manos blancas y

 

gordezuelas, con las uñas crecidas y puntiagudas. Quizás se las arreglaba también como la se ñorita Boyle.

 

Pero eran unas uñas enormemente largas y puntiagudas. ¡Qué largas, qué crueles! Pero las manos blan cas y

 

gordezuelas no eran crueles, sino benignas. Y aunque temblaba de miedo y de frío al pensar en las uñas

 

largas y crueles y en el silbido agudo de la varilla y en el escalofrío que se siente hacia los faldones de la

 

camisa cuando se des nuda uno para el baño, sin embargo, experimentaba una sensación extraña y reposada

 

de placer al pensar en las ma nos limpias y gordezuelas, fuertes y benignas. Y Fleming ha bía dicho que no

 

pegaría muy fuerte porque era su propio interés. Pero no era por eso.

 

Una voz gritó desde otro extremo del campo de juego:

 

––¡Todos adentro!

 

Y otras voces repitieron:

 

––¡Todos adentro! ¡Todos adentro!

 

Durante la lección de escritura se estuvo sentado con los brazos cruzados, escuchando el lento rasguear

 

de las plu mas. Míster Harford iba de aquí para allá haciendo unas se ñalitas con lápiz rojo y sentándose

 

algunas veces al lado de cada muchacho para enseñarles cómo debían tener la plu ma. Stephen había

 

intentado deletrear la primera línea, aun que se la sabía de memoria por ser la última del libro. Celo sin

 

prudencia es como nave a la deriva. Pero los trazos de las letras le formaban como hilos invisibles y sólo

 

cerrando bien el ojo derecho y mirando fijamente con el izquierdo podía llegar a distinguir todos los rasgos

 

de la inicial.

 

Pero míster Harford era muy bueno y nunca se encoleri zaba como los otros maestros que solían ponerse

 

furiosos. ¿Por qué habían de sufrir ellos por lo que hicieran los de la primera división? Wells había dicho

 

que se habían bebido parte del vino de misa del armario de la sacristía y que se lo habían conocido en el

 

olor. Quizás habían robado una cus todia para escaparse con ella y venderla en cualquier parte. Debía de

 

haber sido un terrible pecado el ir de noche, pasito, a abrir el negro armario y robar aquella cosa de oro,

 

resplan deciente, en la cual Dios era expuesto sobre el altar en la ben dición entre cirios y flores, cuando el

 

incienso se levantaba en nubes a ambos lados del chico que balanceaba el incensa rio y mientras Domingo

 

Kelly entonaba en el coro la prime ra parte del Tantum Ergo. Por supuesto, Dios no estaba allí cuando la

 

habían robado. Sin embargo, era un pecado enor me aun tocarla sólo. Pensó en ello con profundo terror. Un

 

pecado terrible y extraño: le estremecía pensarlo, en el silen cio sólo levemente arañado por el rasgueo de

 

las plumas. Y beberse el vino de misa, sacándolo del armario, y ser delata do por el olor, era también

 

pecado. Pero no era terrible y ex traño. Le hacía a uno se ntirse ligeramente mareado por el olor del vino. El

 

día de su primera comunión, en la capilla, Stephen había cerrado los ojos y abierto la boca y sacado la

 

 

 

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lengua un poquito, y cuando el rector se inclinó para darle la santa comunión había sentido un ligero olor a

 

vino en el aliento del rector, al vino de la misa, sin duda. ¡Qué magnífi ca palabra: vino! Le hacía a uno

 

pensar en el color púrpura oscuro, porque las uvas tenían ese color también y crecían allá en Grecia a la

 

parte de fuera de unas casas como templos blancos. Pero el día de su primera comunión el aliento del rector

 

le había hecho sentirse mareado. El día de la primera comunión era el día más feliz de la vida. Y una vez un

 

grupo de generales le había preguntado a Napoleón cuál había sido el día más feliz de su vida. Todos

 

pensaban que diría que el día que había ganado alguna gran batalla o el día que le ha bían hecho emperador.

 

Pero él dijo:

 

––Señores, el día más feliz de mi vida fue el día en que hice mi primera comunión.

 

Entró el Padre Arnall y comenzó la clase de latín. Y él se guía quieto, apoyándose sobre la mesa con los

 

brazos cruza dos. El Padre Arnall devolvió los cuadernos de ejercicios y dijo que eran escandalosamente

 

malos y que los tenían que volver a copiar corregidos inmediatamente. Pero el peor ejercicio de todos era el

 

de Fleming, porque las páginas se habían pegado en un borrón las unas a las otras. El Padre Arnall lo

 

levantó por una esquina y dijo que era un insulto para cualquier profesor el mandarle un ejercicio como

 

aquél. Después le preguntó a Jack Lawton la declinación del nombre mare y Jack Lawton se atrancó en el

 

ablativo del sin gular y no pudo continuar con el plural.

 

––Debía usted tener vergüenza de sí mismo ––dijo severa mente el Padre Arnall––. ¡Usted, el primero de

 

la clase!

 

Después se lo preguntó al chico siguiente, y al siguiente, y al otro. Ninguno lo sabía. El Padre Arnall se

 

iba poniendo tranquilo, cada vez más tranquilo, según los alumnos iban intentando responder sin acertar.

 

Pero su cara tenía un aspecto sombrío, y aunque la voz era tranquila, los ojos miraban fijamente. Por

 

último le pregun tó a Fleming, y Fleming dijo que la palabra no tenía plural. El Padre Arnall cerró de golpe

 

el libro y le gritó:

 

––¡Afuera! ¡De rodillas en medio de la clase! Es usted el muchacho más vago que he conocido. Los

 

demás: ¡a copiar otra vez los ejercicios!

 

Fleming salió pesadamente de su sitio y se arrodilló entre los dos últimos bancos. Los otros muchachos

 

se doblaron sobre los cuadernos y comenzaron a escribir. El silencio reinó en la clase y Stephen, mirando

 

tímidamente a la cara sombría del Padre Arnall, vio que de tanta cólera como tenía se le había puesto un

 

poquito colorada.

 

¿Pecaba el Padre Arnall encolerizándose o le estaba per mitido cuando los alumnos eran perezosos porq ue

 

con esto estudiaban mejor? ¿O es que sólo fingía que se enfadaba? Sin duda era que le estaba permitido,

 

porque un sacerdote co nocería lo que era pecado y no lo haría. Pero, y si lo hiciera una vez por

 

equivocación, ¿tendría que ir a confesarse? Qui zás iría a confesarse con el ministro. Y si lo hiciera el minis-

 

tro, iría con el rector; y el rector, con el provincial; y el pro vincial, con el general de los jesuitas. Aquello

 

era la Orden. Y él había oído decir a su padre que todos ellos eran hombres muy inteligentes y que habrían

 

podido alcanzar los prime ros puestos en el mundo si no se hubieran hecho jesuitas. Y hacía esfuerzos para

 

imaginarse lo que habrían llegado a ser el Padre Arnall y Paddy Barret y lo que habrían llegado a ser míster

 

Mc Glade y míster Gleeson, si no se hubieran hecho jesuitas. Era difícil porque había que representárselos

 

de otro modo distinto, con trajes de color y pantalones y barbas y bigotes y con otros sombreros.

 

La puerta se abrió y se cerró silenciosamente. Un rápido cuchicheo corrió a través de la clase: ¡el prefecto

 

de estudios! Por un instante hubo un silencio de muerte y luego el recio chasquido de una palmeta sobre el

 

último pupitre. A Ste phen se le saltó de miedo el corazón.

 

––¿Hay aquí algún chico que necesite ser azotado, Padre Arnall? ––gritó el prefecto de estudios––. ¿Hay

 

algún vago, al gún gandul que necesite azotes?

 

Avanzó hasta el medio de la clase y vio a Fleming de rodillas.

 

––¡Hola! ––exclamó––. ¿Quién es este muchacho? ¿Por qué está de rodillas? ¿Cuál es tu nombre?

 

––Fleming, señor.

 

––¡Ajajá, Fleming! Un vagazo, sin duda. Te lo leo en los ojos, ¿Por qué está de rodillas, Padre Arnall?

 

––Ha escrito un ejercicio de latín muy malo ––dijo el Padre Arnall–– y no ha contestado a ninguna

 

pregunta de gramá tica.

 

––¡Claro está que sí! ––exclamó el prefecto de estudios––, ¡claro está que sí! ¡Un vago de nacimiento! Se

 

le ve en las ni ñas de los ojos.

 

Golpeó con su férula sobre el pupitre y gritó:

 

––¡Arriba, Fleming! ¡Arriba, querido! Fleming se levantó despacio.

 

––¡La mano! ––gritó el prefecto de estudios.

 

 

 

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Fleming extendió la mano. La palmeta se abatió sobre ella con un fuerte chasquido: una, dos, tres, cuatro,

 

cinco, seis.

 

––¡La otra mano!

 

La palmeta se abatió de nuevo con seis fuertes y rápidos chasquidos.

 

––¡De rodillas! ––exclamó el prefecto de estudios.

 

Fleming se arrodilló, apretándose las manos contra los sobacos y con la cara contorsionada por el dolor.

 

Pero Ste phen sabía que Fleming tenía las manos endurecidas porque se las estaba siempre frotando con

 

resina. Pero quizás el do lor era muy fuerte porque el ruido de los palmetazos había sido terrible. El corazón

 

de Stephen latía y temblaba.

 

––¡A trabajar todo el mundo! ––gritó el prefecto de estu dios––. No queremos aquí vagos, haraganes ni

 

maulas. ¡A tra bajar, he dicho! El Padre Dolan entrará todos los días a visi taros. El Padre Dolan entrará

 

mañana.

 

Tocó a uno de los chicos con el extremo de la palmeta:

 

––¡Tú, muchacho! ¿Cuándo volverá el Padre Dolan?

 

––Mañana, señor ––dijo la voz de Tom Furlong.

 

––Mañana y pasado y el otro ––dijo el prefecto de estudios––. Que se os quede bien grabado. Todos los

 

días el Padre Dolan. ¡A escribir! Tú, muchacho, ¿quién eres tú?

 

A Stephen se le saltó de golpe el corazón.

 

––Dédalos, señor.

 

––¿Por qué no estás escribiendo como los demás?

 

––Yo… mis…

 

No podía hablar de terror.

 

––¿Por qué no está escribiendo éste, Padre Arnall?

 

––Se le han roto las gafas y le he exceptuado por eso de tra bajar ––contestó el Padre Arnall.

 

––¿Qué se le han roto? ¿Qué es lo que oigo? ¿Cómo dices que es tu nombre? ––dijo el prefecto de

 

estudios.

 

––Dédalus, señor.

 

––¡Sal aquí fuera, Dédalus! Holgazán y trapisondilla. Se te conoce él ardid en la cara. ¿Dónde se te

 

rompieron las gafas?

 

Dédalus salió a trompicones hasta el centro de la clase, ciego de miedo y de ansia.

 

––¿Dónde se te rompieron las gafas? ––repitió el prefecto de estudios.

 

––En la pista, señor.

 

––¡Je, jé! ¡En la pista! ––exclamó el prefecto de estudios––. Me sé de memoria esa artimaña.

 

Stephen levantó los ojos asombrado y vio por un momen to la cara gris blancuzca y ya no joven del Padre

 

Dolan, su cabeza calva y blanquecina con un poco de pelusilla a los la dos, los cercos de acero de sus gafas

 

y sus ojos sin color que le miraba a través de los cristales. ¿Por qué decía que se sabía de memoria aquella

 

artimaña?

 

––¡Haragán, maulero! ––gritó el prefecto––. ¡Se me han roto las gafas! ¡Es una treta de estudiantes ya

 

muy antigua ésa! ¡A ver, la mano, inmediatamente!

 

Stephen cerró los ojos y extendió su mano temblorosa, con la palma hacia arriba. Sintió que el prefecto le

 

tocaba un momento los dedos para ponerla plana y luego el silbido de las mangas de la sotana al levantarse

 

la palmeta para dar. Un golpe ardiente, abrasador, punzante, como el chasquido de un bastón al quebrarse,

 

obligó a la mano temblorosa a con traerse toda ella como una hoja en el fuego. Y al ruido, lágri mas

 

ardientes de dolor se le agolparon en los ojos. Todo su cuerpo estaba estremecido de terror, el brazo le

 

temblaba y la mano, agarrotada, ardiente, lívida, vacilaba como una hoja desgajada en el aire. Un grito que

 

era una súplica de in dulgencia le subió a los labios. Pero, aunque las lágrimas le escaldaban los ojos y las

 

piernas le temblaban de miedo y de dolor, ahogó las lágrimas abrasadoras y el grito que le hervía en la

 

garganta.

 

––¡La otra mano! ––exclamó el prefecto.

 

Stephen retiró el herido y tembloroso brazo derecho y ex tendió la mano izquierda. La manga de la sotana

 

silbó otra vez al levantar la palmeta y un estallido punzante, ardiente, bárbaro, enloquecedor, obligó a la

 

mano a contraerse, pal ma y dedos confundidos en una masa cárdena y palpitante. Las escaldantes lágrimas

 

le brotaron de los ojos, y abrasado de vergüenza, de angustia y de terror, retiró el brazo y pro rrumpió en un

 

quejido. Su cuerpo se estremecía paralizado de espanto y, en medio de su confusión y de su rabia, sintió

 

que el grito abrasador se le escapaba de la garganta y que las lágrimas más ardientes le caían de los ojos y

 

resbalaban por las arreboladas mejillas.

 

 

 

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––¡Arrodíllate! ––gritó el prefecto.

 

Stephen sé arrodilló prestamente, oprimiéndose las manos laceradas contra los costados. Y de pensar en

 

aque llas manos, en un instante golpeadas y entumecidas de do lor, le dio pena de ellas mismas, como si no

 

fueran las su yas propias, sino las de otra persona, de alguien por quien él sintiera lástima. Y al arrodillarse,

 

calmando los últimos sollozos de su garganta y sintiendo el dolor punzante y ar diente oprimido contra los

 

costados, pensó en aquellas manos que él había extendido con las palmas hacia arriba, y en firme presión

 

del prefecto al estirarle los dedos con traídos, y en aquellos dedos y aquellas palmas que, en una masa

 

golpeada, entumecida, roja, temblaban, desvalidos, en el aire.

 

––A trabajar todo el mundo ––gritó el prefecto de estudios desde la puerta––. El Padre Dolan entrará

 

todos los días para ver si algún chico perezoso y holgazán que necesite ser azo tado. Todos los días. Todos

 

los días.

 

La puerta se cerró tras él.

 

La clase continuó copiando los ejercicios en silencio.

 

El Padre Arnall se levantó de su asiento y se puso a pasear entre los alumnos, ayudándolos con cariñosas

 

palabras y diciéndoles los errores que habían hecho. Su voz era amable y dulce. Después volvió a su

 

asiento, y dijo a Fleming y a Stephen:

 

––Vosotros dos volved a vuestros sitios.

 

Fleming y Stephen se levantaron y, volviendo a sus sitios, se sentaron. Stephen, rojo escarlata de

 

vergüenza, abrió rá pidamente un libro con una sola y débil mano, y se doblegó sobre él con la cara contra

 

la página.

 

Era una crueldad y una injusticia porque el médico le ha bía mandado que no leyera sin gafas y él había

 

escrito aque lla mañana a su padre diciéndole que le mandara otras nue vas. Y el Padre Arnall había dicho

 

que no necesitaba estudiar hasta que no vinieran. Además, ¡llamarle maulero a él que siempre había sido el

 

primero o el segundo de la clase y que era el jefe del partido de York! ¿Cómo podía el prefecto saber que

 

era una artimaña? Sintió el tacto de los dedos del prefecto al estirarle la mano. Al principio había creído

 

que le iba a dar la mano, porque los dedos eran suaves y estaban tranquilos, pero en seguida había oído el

 

silbar de la manga de la sotana y el estallido. Y era una crueldad y una injusticia el ponerle de rodillas en

 

medio de la clase. Y el Padre Arnall les había dicho a los dos que podían volver a sus sitios, sin hacer

 

distinción entre ellos. Escuchó la voz templada y cari ñosa del Padre Arnall, que estaba corrigiendo los

 

ejercicios. Quizás le dolía ahora y quería estar amable. Pero había sido una injusticia y una crueldad. El

 

prefecto de estudios era un sacerdote, pero era injusto y cruel. Y su cara blancuzca y sus ojos sin color, tras

 

las gafas encercadas de acero, eran crue les porque le había sostenido la mano primero con sus dedos firmes

 

y suaves, sólo para afinar la puntería, para pegar más recio.

 

––Es una canallada repugnante, eso es lo que es, dar de pal metazos a un chico por lo que no tiene él la

 

culpa ––decía Fle ming en el tránsito, al salir las filas para el refectorio.

 

––Es cierto que se te rompieron las gafas por accidente, ¿no es verdad? ––le preguntó Roche el Malo.

 

Stephen sentía su corazón lleno todavía de las palabras de Fleming, y no contestó.

 

––¡Claro que sí! ––dijo Fleming––. Yo que él no me aguanta ría. Yo iría y se lo diría al rector.

 

––Sí ––dijo apresuradamente Cecil Thunder––, que yo le vi levantar la palmeta por encima del hombro, y

 

eso no está au torizado a hacerlo.

 

––¿Te ha dolido mucho? ––preguntó Roche el Malo.

 

––Muchísimo ––dijo Stephen.

 

––Yo no se lo aguantaría ––repitió Fleming––, ni a Cabezacal va, ni a ningún otro Cabezacalva. Es una

 

villanía y una gua rrada, eso es lo que es. Yo que él me iría derechamente al rec tor y se lo contaría después

 

de la cena.

 

––Sí, sí, hazlo ––dijo Cecil Thunder.

 

––Sí, sí. Sube y acúsale al rector, Dédalus ––dijo Roche el Malo––, porque ha dicho que volverá a entrar

 

mañana para darte de palmetazos otra . vez.

 

––Anda, sí. Díselo al rector ––dijeron todos.

 

Estaban por allí, escuchando, algunos alumnos de segun do de gramática, y dijeron:

 

––El Senado y el pueblo romano declaran que Dédalús ha sido injustamente castigado.

 

Estaba muy mal: era injusto y cruel. Sentado en el refecto rio estuvo rumiando, una vez y otra, el recuerdo

 

de su afren ta, hasta que se puso a pensar si realmente no habría algo en su cara q ue le hiciera parecer

 

trapisondista. Hubiera desea do tener allí un espejito para verse. Pero no lo tenía. Y era una injusticia y una

 

crueldad.

 

 

 

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No pudo comer los fritos negruzcos de pescado que te nían los miércoles de Cuaresma; además una de las

 

patatas tenía la señal del azadón. Sí, haría lo que le habían dicho los chicos. Subiría y le diría al rector que

 

le habían castigado in justamente. Una cosa así había sido hecha antes en la histo ria por alguien, por un gran

 

personaje cuya cabeza estaba representada en los libros de historia. Y el rector declararía que le habían

 

castigado injustamente, porque el Senado y el pueblo romano, cuando alguien iba en queja, declaraban

 

siempre que el castigo había sido injusto. Aquéllos habían sido los grandes hombres, cuyos nombres

 

estaban en el Li bro de Preguntas, de Richmal Magnall. Toda la historia no hacía sino tratar de estos

 

hombres y de lo que habían hecho, y esto era también lo que contenían las Narraciones Griegas y Romanas

 

de Peter Parley. Peter Parley en persona estaba representado en la primera página. Estaba allí pintado un

 

camino a través de una llanura con hierba y con pequeños arbustos a un lado, y Peter Parley tenía un

 

sombrero ancho como el de un pastor protestante y un bastón muy grueso e iba caminando a buen paso por

 

el camino de Grecia y de Roma.

 

Era muy fácil lo que tenía que hacer. Todo lo que tenía que hacer era, cuando se acabara la cena, al salir

 

del comedor, no tirar por el tránsito adelante, sino subir por la escalera de la derecha que conducía al

 

castillo. Lo único que tenía que ha cer era torcer a la derecha, subir aprisa las escaleras y en me dio minuto

 

se pondría en aquel corredor bajo de techo, es trecho y oscuro, que conducía a través del castillo a la

 

habitación del rector. Y todos los chicos habían afirmado que era una injusticia, hasta el de segundo de

 

gramática que había dicho aquello del Senado y del pueblo romano.

 

¿Qué ocurriría?

 

Oyó levantarse a los de la primera y sintió sus pasos al marchar a lo largo de la esterilla: Paddy Rath,

 

Jimmy Magee, el español y el portugués. Y el que seguía el quinto era aquel gordo de Corrigan que iba a

 

ser azotado por míster Gleeson. Por causa de aquél le había llamado trapisondista y le había azotado sin

 

motivo el prefecto de estudios. Y esforzando sus ojos débiles y cansados de llorar, observó al pasar la fila

 

las anchas espaldas de Corrigan y su hundida cabezota. Pero aquél había hecho algo y además míster

 

Gleeson no le azota ría muy fuerte. Y se acordaba de lo grande que parecía Co rrigan en el baño. Te nía la

 

piel del mismo color que el agua rojiza y fangosa de la parte poco profunda de la piscina y al andar por la

 

orilla sus pies chapoteaban sonoramente en las baldosas húmedas y los muslos le retemblaban un poquito

 

de gordo que estaba.

 

El refectorio estaba medio vacío y los alumnos seguían pasando en fila. Podría subir por la escalera

 

porque nunca había ningún padre ni ningún prefecto en la parte de afuera del refectorio. Pero no iría. El

 

rector daría la razón al prefec to de estudios y pensaría que se t rataba de una artimaña de estudiante, y luego

 

el prefecto de estudios entraría todos los días lo mismo; sólo que sería mucho peor porque se debía de

 

poner horriblemente enfadado de que un alumno fuera a quejarse de él al rector. Los otros le habían dicho

 

que fuera, pero no habían ido ellos. Y ya se habían olvidado. No: lo me jor era olvidarlo todo, que quizás el

 

prefecto habría dicho que iba a volver sólo por decir. No: lo mejor era ponerse a un lado. Cuando uno es

 

pequeño, lo mejor es escapar inadvertido.

 

Los de su mesa se levantaron también. Él se levantó y sa lió en fila con los demás. Había que decidirse. Él

 

estaba lle gando a la puerta. Si seguía adelante con los chicos ya no po dría subir a ver al rector porque no

 

podría salir del campo de juego para eso. Y si iba y le seguían dando de palmetazos lo mismo, todos los

 

chicos harían burla de él y andarían di ciendo cosas del peque de Dédalus, que había ido al rector a quejarse

 

del prefecto de estudios.

 

¿Por qué no se habría acordado del nombre cuando se lo dijo la primera vez? ¿Era que no estaba

 

escuchando cuando lo dijo o que quería hacer burla del nombre? Los grandes hombres de la historia habían

 

tenido nombres como aquél y nadie se había burlado de ellos. Si quería burlarse de algo se debía haber

 

burlado de su propio nombre. Dolan: parecía el nombre de una lavandera.

 

Había llegado a la puerta y, torciendo rápidamente a la de recha, trepó escaleras arriba, y, antes de que

 

pudiera ni pen sar en volverse atrás, había entrado ya en el corredor bajo de techo, estrecho y oscuro que

 

conducía al castillo. Y al traspo ner el umbral de la puerta del tránsito, vio, sin volver la ca beza, que todos

 

los chicos le estaban mirando según iban pasando en fila.

 

Siguió por el corredor estrecho y oscuro, pasando por de lante de unas puertecitas que eran las puertas de

 

los cuartos de la comunidad. Escudriñó en la oscuridad delante de sí y a su derecha y a su izquierda, y

 

pensó que aquéllos debían de ser retratos. Estaba el pasillo silencioso y oscuro. Sus ojos eran débiles y

 

estaban cansados de llorar, así que no podía ver. Pero pensó que eran los retratos de los santos y grandes

 

hombres de la Orden Ignacio de Loyola, con un libro abier to y señalando hacia el lema escrito en él: Ad

 

Majorem Dei Gloriam; San Francisco Javier, señalándose el pecho; Loren zo Ricci, con un bonete en la

 

cabeza como los de los pre fectos de las divisiones; los tres patronos de la santa juven tud: San Estanislao de

 

 

 

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Kostka, San Luis Gonzaga y el beato Juan Berchmans, todos con caras juveniles porque se habían muerto

 

siendo muy jóvenes; y el Padre Peter Kenny envuelto en un manteo muy grande.

 

Salió al rellano sobre el vestíbulo de entrada y miró en tor no de sí. Por allí era por donde había pasado

 

Hamilton Ro wan y donde estaban las huellas de las balas de los soldados. Y era allí donde los viejos

 

criados habían visto el espíritu en vuelto en un manto blanco de mariscal.

 

Un criado viejo estaba barriendo al extremo del rellano. Le preguntó dónde estaba el cuarto del rector y

 

el criado se lo señaló al fondo y se le quedó mirando al marcharse y mientras llamaba a la puerta.

 

No contestaban. Volvió a llamar más fuerte y le palpitó el corazón al oír una voz apagada que decía:

 

––¡Adelante!

 

Dio la vuelta al tirador, abrió la puerta y estuvo palpando para encontrar el tirador de la segunda puerta

 

de bayeta ver de. Lo encontró, abrió y entró dentro.

 

Vio al rector que estaba sentado a una mesa escribiendo. Había una calavera sobre la mesa y un olor

 

solemne y extra ño en la habitación como a cuero viejo de sillones.

 

El corazón le latía apresuradamente a causa de la solemni dad del sitio en que se encontraba y del silencio

 

de la estan cia. Y contemplaba la calavera y la cara amable del rector.

 

––Bueno ––dijo el rector––. ¿Qué es lo que te trae a ti, mocito?

 

Stephen se tragó una cosa que se le había puesto en la gar ganta y dij o:

 

––Se me han roto las gafas, señor.

 

El rector abrió la boca y comentó:

 

––¡Caramba!

 

Después se sonrió y dijo:

 

––Bueno, si se nos han roto las gafas hay que escribir a casa para que nos manden otras.

 

––He escrito a casa, señor, y el Padre Arnall me dijo que no estudiara hasta que vinieran.

 

––¡Perfectamente!, ––dijo el rector.

 

Stephen se volvió a tragar la cosa otra vez y trató de impe dir que le temblasen las piernas y la voz.

 

––Pero, señor…

 

––¿Qué es ello?

 

––El Padre Dolan ha entrado hoy en clase y me ha dado de palmetazos porque no estaba escribiendo mi

 

ejercicio.

 

El rector le miró en silencio mientras él sentía que la san gre le subía al rostro y que en los ojos estaban a

 

punto de re ventar las lágrimas.

 

El rector dijo:

 

––Tu nombre es Dédalus, ¿no es eso?

 

––Sí, señor.

 

––Y ¿dónde se te rompieron las gafas?

 

––En la pista, señor. Me tiró un chico que salía del depósito de las bicicletas y se me rompieron. No sé el

 

nombre del chico. El rector le volvió a mirar en silencio. Después se sonrió y dijo:

 

––Bueno, todo ha sido una equivocación. Estoy seguro de que el Padre Dolan no lo sabía.

 

––Sí; le dije que se me habían roto, y sin embargo, me pegó con la palmeta.

 

––¿Le dijiste que habías escrito a casa para que te manda ran otras? ––preguntó el rector.

 

––No, señor.

 

––Bueno, ¿ves? ––dijo el rector––, el Padre Dolan no com prendió bien. Di que yo te he excusado de dar

 

lección por al gunos días.

 

Stephen dijo prestamente, de miedo que su temblor se lo impidiera.

 

––Sí, señor; pero el Padre Dolan ha dicho que volverá a en trar mañana para pegarme otra vez.

 

––Muy bien ––dijo el rector––, es una equivocación y yo mis mo hablaré con el Padre Dolan. ¿Estás

 

contento ahora?

 

Stephen sintió que las lágrimas le humedecían los ojos y murmuró:

 

––Sí, señor, sí, gracias.

 

El rector extendió la mano por encima del lado de la mesa donde estaba la calavera y Stephen, al colocar

 

en ella por un momento la suya, sintió una palma húmeda y fría.

 

––Y ahora, buenas tardes ––dijo el rector, retirando la mano y diciéndole adiós con la cabeza.

 

––Buenas tardes, señor ––dijo Stephen.

 

Hizo una inclinación y salió suavemente del cuarto ce rrando cuidadosamente y sin ruido las puertas.

 

Pero cuando hubo pasado el criado que estaba en el rellano y se vio de nuevo en el corredor estrecho y

 

oscuro, comenzó a andar de prisa, cada vez más de prisa. Se precipitó a través de la oscuridad, cada vez

 

 

 

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más aprisa y en un estado de excitación. Empujó con el codo la puerta del fondo, voló escaleras abajo y

 

echó a correr por los dos tránsitos hasta salir al aire libre.

 

Se oían los gritos de los chicos en los campos de juego. Rompió en una carrera cada vez más acelarada,

 

cruzó la pis ta y llegó jadeando al campo de la tercera división.

 

Los chicos le habían visto correr. Se estrecharon alrededor de él formando un corro, empujándose los

 

unos a los otros para escuchar.

 

––¡Cuéntanos, cuéntanos!

 

––¿Qué te ha dicho?

 

––¿Entraste?

 

––¿Qué te ha dicho?

 

––¡Cuéntanos, cuéntanos!

 

Les contó lo que había dicho y lo que le había contestado el rector, y cuando hubo terminado, todos los

 

chicos arroja ron las gorras dando vueltas por el aire y gritaron:

 

––¡Hurra!

 

Recogieron las gorras y las volvieron a arrojar girando a lo alto, y gritaron de nuevo:

 

––¡Hurra! ¡Hurra!

 

Después juntaron las manos entre todos y levantándole en vilo le pasearon en triunfo hasta que se debatió

 

para que le dejaran. Y cuando se desasió de ellos, echaron a correr en todas direcciones, arrojando las

 

gorras a lo alto, dando silbi dos mientras giraban por el aire y gritando:

 

––¡Hurra!

 

Y aún dieron tres fueras a Dolan el Cabezacalva y tres vi vas a Conmee, diciendo que era el mejor rector

 

que había habido nunca en Clongowes.

 

Los vivas se dispararon en el aire suave y gris. Estaba solo. Estaba libre; se sentía feliz. Pero no se había

 

de mostrar en soberbecido con el Padre Dolan. Se portaría bien y sería obediente. Y deseaba que se le

 

ofreciera una ocasión de po der hacerle alguna atención para demostrar que no estaba ensoberbecido.

 

El aire era suave y tibio y gris. Anochecía. Se sentía en el aire el aroma de la noche, el olor de aquellos

 

campos donde los chicos arrancaban nabos para pelarlos y comérselos cuando iban de paseo hacia la casa

 

del Mayor Barton, el olor que se sentía en el bosquecillo detrás del pabellón donde co gían las agallas.

 

Los alumnos se ejercitaban sacando desde lejos, lanzando la pelota lentamente o haciendo que tomara

 

efecto. En el ambiente suave y gris resonaba el choque de las pelotas. Y de aquí, de allá, a través de la

 

serena atmósfera venía el ruido de las palas de cricket: pic, pac, poc, puc, como lentas gotas de agua al caer

 

sobre el tazón repleto de una fuente.

 

Dos

 

Tío Charles fumaba un tabaco de hebra tan apestoso que, por último, su sobrino tuvo que decirle que por

 

qué no se iba a fumar por las mañanas a una casucha que era como una dependencia de la casa y estaba al

 

otro lado del jardín.

 

––Muy bien, Simón. Divinamente, Simón ––dijo con toda calma el anciano––. Donde tú quieras. Me

 

vendrá al pelo: será más saludable.

 

––Que me maten ––dijo con franqueza míster Dédalus–– si llego a comprender cómo puede usted fumar

 

ese tabacazo que fuma. Por Dios, si es como pólvora de cañón.

 

––Es muy agradable ––replicó el viejo––. Muy refrescante y emoliente.

 

Por lo tanto, todas las mañanas tío Charles se encamina ba a la casilla del jardín, no sin haberse engrasado

 

y cepilla do escrupulosamente los pelos del cogote, ni sin capillar y encasquetarse su sombrero de copa.

 

Mientras fumaba, el ala del sombrero y el hornillo de la pipa asomaban justamente detrás de las jambas de

 

la casucha.

 

El cenador, que era como llamaba a la ahumada casilla, le servía también de caja de resonancia. Y todas

 

las mañanas tarareaba alegremente alguna de sus canciones favoritas: Ojos azules, cabellos de oro, En los

 

sotillos de Blarney, o Téje me una enramada, mientras las vedijas grises y azuladas del humo ascendían

 

lentamente de la pipa y se desvanecían en el aire diáfano.

 

Durante la primera parte de aquel verano en Blackrock, tío Charles fue el inseparable compañero de

 

Stephen. Tío Charles era un viejo sano como una manzana, de piel bien curtida, maneras bruscas y patillas

 

blancas. Los días de tra bajo, servía de recadero entre la casa situada en la avenida de Carysfort y las tiendas

 

de la calle principal del centro, donde la familia se surtía. A Stephen le gustaba mucho ir con él a estos

 

recados, porque tío Charles le aprovisionaba liberal mente, a puñados, de toda suerte de géneros expuestos

 

 

 

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en cajones abiertos o en barriles, a la parte de fuera del mostra dor. Cogía, por ejemp lo, un puñado de uvas

 

entremezcladas con serrín, o tres o cuatro manzanas, y las ponía magnáni mamente en manos de su sobrino,

 

mientras el tendero son reía con sonrisa forzada; y como Stephen fingía hacerse ro gar para tomarlas, fruncía

 

el entrecejo y le decía:

 

––Tómelas usted, señorito. ¿Me ha oído usted, señorito? Son muy buenas para llevar bien las tripas.

 

Cuando la lista de encargos quedaba bien apuntada, se iban los dos al parque, donde un antiguo amigo

 

del padre de Stephen, Mike Flynn, estaba sentado en un banco esperán dolos. Entonces comenzaba la

 

carrera de Stephen alrededor del parque. Mike Flynn se situaba, reloj en mano, a la puerta de entrada, cerca

 

de la estación del ferrocarril, mientras Stephen daba la vuelta, guardando el estilo favorito de Mike Flynn:

 

la cabeza alta, las rodillas levantadas y las manos completamente colgantes a los lados. Cuando el ejercicio

 

matinal concluía, hacía el entrenador comentarios que algu nas veces ilustraba arrastrando cosa de unos

 

metros sus pies calzados con unos viejos zapatos de lona azul. Un reducido círculo de niños asombrados y

 

de niñeras, se reunía para ob servarle, y aún seguían haciéndolo cuando él y tío Charles se habían ya sentado

 

otra vez, y estaban hablando de atletismo o de política. Aunque había oído decir a su padre que algu nos de

 

los mejores corredores de los tiempos modernos ha bían pasado por las manos de Milce Flynn, Stephen

 

observa ba a menudo la cara lacia y cubierta de pelo corto de su entrenador, cuando se inclinaba sobre los

 

dedos largos y manchados para liar un pitillo, y miraba con piedad los ojos dulces, azules y sin brillo, que

 

dejaban de pronto su tarea para contemplar vagamente la azul distancia, mientras los dedos largos y

 

manchados se detenían en su labor, y algunos granos y hebras de tabaco volvían a caer en la petaca.

 

Al regresar a casa, tío Charles solía hacer una visita a la ca pilla, y como Stephen no alcanzaba a la pililla

 

del agua ben dita, el anciano introducía su mano en ella y rociaba viva mente el traje de Stephen y el piso del

 

pórtico. Para rezar se arrodillaba sobre su pañuelo rojo y leía en voz alta en un li bro de oraciones manchado

 

por la huella del pulgar y en el que cada página tenía un registro impreso al pie. Stephen se arrodillaba a su

 

lado, respetando su piedad aunque no la compartiera. Pensaba a menudo qué era lo que su tío podía estar

 

rezando con tanta seriedad. Quizás rezaba por las al mas del purgatorio, o para alcanzar la gracia de una

 

buena muerte o tal vez para que Dios le devolviera una parte de aquélla gran fortuna que había disipado en

 

Cork.

 

Los domingos, Stephen, su madre y su tío, daban su paseo semanal. El anciano era un gran andarín a

 

pesar de los ca llos, y frecuentemente llegaban a hacer diez o doce millas de camino. La aldea de Stillorgan

 

era el punto en que se divi dían los caminos. Unas veces tomaban a la izquierda, hacia las montañas de

 

Dublín, y otra por el camino de Goatstown y de aquí a Dundrum, volviendo por Sandyford. Camino

 

adelante o haciendo alto en algún tabernucho al paso, las dos personas mayores hablaban constantemente

 

de los asuntos que más de cerca les tocaban: de política irlandesa, de Munster o de las leyendas de su

 

propia familia, a todo lo cual prestaba Stephen oído atento. Las palabras que no com prendía se las repetía

 

una vez y otra vez, hasta que se las aprendía de memoria, y a través de ellas le llegaban vislum bres del

 

mundo que les rodeaba. La hora en que él había de participar también en la vida de aquel mundo parecía

 

que se le iba acercando y comenzó a prepararse en secreto para el gran papel que le estaba reservando, pero

 

que sólo confusa mente entreveía.

 

Las horas de prima noche le pertenecían; y se desojaba so bre una desgualdramillada traducción de El

 

conde de Mon tecristo. La figura del siniestro vengador le representaba en su imaginación todo cuanto había

 

oído o adivinado en su infancia de extraño y de terrible.

 

Por la noche construía sobre la mesa de la sala un simula cro de la isla maravillosa formado de pedazos de

 

transferen cias, flores de papel, papel de seda de c olores y tiras del pa pel de oro o plata que venían

 

envolviendo el chocolate. Y cuando desmoronaba todo este tinglado, hastiado de su fal sedad, se

 

representaba la clara visión de Marsella y las solea das celosías, y veía con la imaginación a Mercedes.

 

Fuera de Blackrock, en el camino que conducía a las mon tañas, había una casita enjalbegada en cuyo

 

jardín crecían muchos rosales. Lo mismo al ir que al volver a casa, aquella casita le servía de mojón para

 

medir la distancia. Y vivía con la imaginación una larga cadena de aventuras tan maravillo sas como las del

 

libro, hacia el final de las cuales se le repre sentaba una imagen de sí mismo, ya más viejo y más triste, de

 

pie en un jardín, a la luz de la luna, con aquella Mercedes que tantos años antes había rehusado su amor y a

 

la que tris temente, con un gesto de orgullosa repulsa, decía:

 

––Señora, yo no acostumbro comer uvas moscateles.

 

Trabó amistad con un chico llamado Aubrey Mills y fun dó con él en la avenida donde vivía una cuadrilla

 

de aventu reros. Au brey llevaba un silbato colgado de un ojal y una lámpara de bicicleta sujeta en el

 

cinturón, mientras los de más llevaban atravesados en los suyos unos palos cortos a guisa de puñal.

 

Stephen, que había leído algo de la sencilla manera de vestirse de Napoleón, prefirió permanecer sin

 

 

 

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adornos; así se le aumentaba el placer de celebrar consejo con su ayudante antes de dar órdenes. La partida

 

realizaba incursiones en algunos jardines de solterona o bajaba al cas tillo y libraba batallas en las rocas

 

erizadas de hierbajos para regresar por fin a su casa como cansados vagabundos, con las narices llenas de

 

los olores fermentados de la marisma y las manos y los cabellos impregnados de espesos jugos de algas de

 

mar.

 

Aubrey y Stephen tenían el mismo lechero, el cual les lle vaba a menudo en el carricoche de la leche a

 

Carrickmines, que era donde las vacas pastaban. Mientras los hombres es taban ordeñando, los chicos se

 

turnaban para dar la vuelta al campo a lomos de la pacífica yegua. Pero cuando vino el oto ño, las v acas

 

fueron llevadas del prado a la establía. Stephen sintió náuseas sólo de ver el patio del establo con sus repug-

 

nantes pozos verdosos y los cuajarones de estiércol líquido y de respirar la vaharada de las artesas de

 

afrecho. Las vacas, que antes parecían tan hermosas en los días soleados del campo; ahora le revolvían el

 

cuerpo y ni aun mirar quería la leche que ellas daban.

 

La llegada de septiembre no le alteró la vida este año por que ya no volvía a Clongowes. Los ejercicios

 

del parque se terminaron cuando a Milce Flynn se lo llevaron al hospital. Aubrey iba al colegio y sólo tenía

 

libres un par de horas por las tardes. La partida se disolvió y ya no hubo más incursio nes nocturnas ni

 

combates en las rocas. Stephen montaba al gunas veces en el cochecill o que repartía la leche por la no che y

 

aquellas refrescantes excursiones le quitaron de la memoria el recuerdo de la suciedad del patio del establo,

 

y ya no sentía repugnancia de ver semillas de heno o pelos de vaca adheridos alas ropas del repartidor.

 

Cada vez que el co che hacía una parada, se quedaba espiando para coger una vislumbre de una bien fregada

 

cocina o de un vestíbulo sua vemente alumbrado y para ver cómo tomaba el cacharro la criada y cómo

 

cerraba la puerta. Pensaba que sería una vida bastante agradable la de ir en el cochecillo repartiendo leche

 

todas las noches, con tal de que tuviera unos guantes bien abrigados y un saco repleto de pastas de jengibre

 

en el bolsi llo para írselas comiendo. Pero la misma entrevisión que le había hecho desfall ecer y había

 

obligado a sus piernas a do blegarse cuando corría alrededor del parque, la misma in tuición que le había

 

hecho mirar con desconfianza la cara la cia y cubierta de pelo corto de su entrenador al inclinarse sobre los

 

dedos largos y manchados, la misma le disipaba ahora toda visión del futuro. De una manera vaga había

 

lle gado a comprender que su padre estaba en un apuro y que ésta era la causa de que no le volvieran a

 

mandar a Clongo wes. Desde hacía algún tiempo sentía un ligero cambio en su ca sa, y estos cambios, de lo

 

que consideraba incambiable, eran otras tantas conmociones de su concepción infantil del mundo. Aquella

 

ambición que había sentido bullir a veces en la profundidad de su alma, no le acuciaba ya ahora. Una

 

oscuridad como la del mundo externo nublaba su espíritu, mientras las herraduras dé la yegua iban

 

resonando a lo lar go de la vía del tranvía y el gran cántaro oscilaba y tintineaba a su espalda.

 

Volvió otra vez a pensar en Mercedes, y mientras cavilaba pensando en ella, una extraña inquietud se le

 

deslizaba den tro del alma. A veces se apoderaba de él una fiebre que le lle vaba a vagar de noche, solo, por

 

la tranquila avenida. La paz de los jardines y las luces acogedoras de las ventanas derra maban una sedante

 

caricia en su corazón agitado. El ruido de los niños al jugar le incomodaba y sus locas voces le ha cían sentir

 

aún más claramente que lo había sentido en Clongowes, que él era diferente de los otros. Él no quería ju gar.

 

Lo que él necesitaba era encontrar en el mundo real la imagen irreal que su alma contemplaba

 

constantemente. No sabía dónde encontrarla ni cómo, pero una Voz interior le decía que aquella imagen le

 

había de salir al encuentro sin ningún acto positivo por parte suya… Habrían de encontrar se tranquilamente

 

como si ya se conociesen de antemano, como si se hubieran dado cita en una de aquellas puertas de los

 

jardines o en algún otro sitio más secreto. Estarían solos, rodeados por el silencio y la oscuridad. Y en el

 

momento de la suprema ternura se sentiría transfigurado. Se desharía en algo impalpable bajo los ojos de

 

ella y se transfiguraría ins tantáneamente. La debilidad, la timidez, la inexperiencia caerían de él en aquel

 

momento mágico.

 

Una mañana, dos grandes carros de mudanza habían para do delante de l a puerta y unos mozos habían

 

entrado a em pellones dentro de la casa y se habían puesto a desmantelar la. Habían sacado los muebles

 

atravesando el jardín que daba al frente, sembrado ahora de manojos de paja y cabos de cuerda, y los

 

habían metido en los enormes carros. Y cuando todos estuvieron bien hacinados, los carros habían echado a

 

andar por la avenida adelante. Stephen los había visto avanzar pesadamente por el camino de Merrion

 

desde la ventana del vagón del tren donde estaba sentado junto a su madre. Su madre tenía los ojos

 

enrojecidos. Aquella no che no quería tirar el fuego de la sala y míster Dédalus dejó el atizador apoyado

 

contra las barras del hogar para atraer la llama. Tío Charles dormitaba en un rincón del cuarto a me dio

 

amueblar y sin alfombra, y cerca de él los retratos de fa milia yacían apoyados contra la pared. La lámpara

 

de la mesa arrojaba una débil luz sobre el suelo de madera, emba rrado por los pies de los mozos de cuerda.

 

 

 

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Stephen estaba sentado en una banqueta al lado de su padre escuchando atentamente un largo e incoherente

 

monólogo. Poco o nada entendía de él, pero poco a poco llegó a darse cuenta de que su padre tenía

 

enemigos y de que un combate iba a tener lu gar. También sintió que le habían alistado para la batalla, y que

 

le habían echado sobre los hombros cierta obligación. El súbito abandono del ambiente de comodidad y

 

ensueño de Blackrock, el paso a través de la ciudad sombría y nebulosa, la idea de la casa oscura y triste en

 

la que iban a vivir ahora, todo esto le apesadumbraba el corazón; comprendía ahora por qué se habían

 

reunido los criados a menudo a hacer co mentarios en el vestíbulo y por qué su padre había permane cido

 

tantas veces de pie vuelto de espaldas al fuego y hablan do en voz alta con tío Charles, mientras éste le urgía

 

para que se sentara a cenar.

 

––Amigo mío, aún no nos hemos jugado la última carta, Stephen ––decía míster Dédalus mientras

 

atizaba con bárba ra energía el fuego mortecino––. Aún no estamos muertos, hijito. No, por Cristo (que el

 

Señor me perdone), ni medio muertos.

 

Dublín era una nueva y compleja sensación. Tío Charles estaba tan apagado que ya no se le podía mandar

 

a hacer en cargos y el desorden del acomodo de la nueva casa dejaba a Stephen más libre que lo que había

 

estado en Blackrock. Al principio se contentaba tímidamente con dar vueltas alrede dor de la plaza

 

inmediata, o, a lo sumo, deslizarse hasta me dio camino por una de las calles adyacentes, pero tan pronto

 

como se hubo hecho un plano esquemático de la ciudad, se aventuró arrojadamente por una de las calles

 

principales, hasta que llegó a la casa de aduanas. Pasó sin ser molestado a lo largo de los docks y de los

 

muelles, admirando la multitud de corchos que flotaban bailando en el agua, como una capa amarillenta y

 

espesa, y la muchedumbre de cargadores del muelle, y los retumbantes carros, y los guardias mal vestidos y

 

barbudos. Las balas de mercancías apiladas a lo largo de las paredes, o mecidas en el aire por encima de las

 

bodegas de los vapores, le sugerían la amplitud y el misterio de la vida, y despertaban otra vez en él aquella

 

inquietud que había senti do al vagar ppr las noches, de jardín en jardín, en busca de Mercedes. Y entre esta

 

vida bullente y nueva, se hubiera po dido imaginar en otra Marsella, a no faltar el cielo lum inoso y los

 

enrejados llenos de sol a la puerta de las tabernas. Un vago descontento se apoderaba de él al contemplar

 

los mue lles y el río, y el cielo rasero, y, sin embargo, continuaba errando arriba y abajo, día tras día, como

 

si realmente estu viera bu scando a alguien que se le quisiera esconder.

 

Fue con su madre, una vez o dos, a visitar a sus parientes, y aunque pasaban por delante de un jovial

 

despliegue de tiendas iluminadas y adornadas para las Navidades, no le abandonaba nunca su amargado y

 

silencioso humor. Las causas de tal amargura eran muchas, unas próximas y otras remotas. Estaba enfadado

 

consigo mismo, por ser niño y por estar sujeto a aquellos arrebatos de intranquila locura que le daban, y

 

disgustado también por el cambio de fortuna que estaba modificando el mundo que le rodeaba, convir-

 

tiéndolo en una pesadilla de mentiras y suciedades. Mas su disgusto en nada alteraba la visión. Y archivaba

 

con pacien cia cuanto veía, manteniéndose aparte de todo ello, gustan do en secreto su aroma corromp ido.

 

Estaba sentado en una silla sin respaldo, en la cocina de su tía. Una lámpara de reflector estaba colgada

 

cerca del hogar, en la pared lustrosa y renegrida, y a su luz, su tía estaba le yendo el periódico de la tarde,

 

que sostenía sobre las rodi llas. Estuvo mirando un rato un retrato sonriente que había en él, y luego

 

exclamó, pensativa:

 

––¡La bella Mabel Hunter!

 

Una niña peinada con tirabuzones se estiró sobre las pun tas de los pies para alcanzar a ver, y dijo

 

dulcemente:

 

––¿En qué trabaja, mamá?

 

––En una pantomima.

 

La niña apoyó su cabeza llena de bucles contra la manga de su madre, y murmuró extasiadamente:

 

––¡Qué guapa es!

 

Y los ojos de la niña quedaron como en éxtasis, fijos largo rato sobre aquellos otros, provocativos a lo

 

púdico, del gra bado , hasta que al fin murmuró apasionadamente:

 

––¿No es verdad que es deliciosa?

 

Y un chico que entró de la calle, pataleando, agobiado bajo el peso de una carga de carbón, al oír estas

 

palabras, arrojó prontamente su carga al suelo y corrió a mirar también. Arrebujaba entre sus manos

 

enrojecidas y tizna das el periódico, refunfuñando porque no encontraba el grabado.

 

Estaba sentado ahora en la estrecha habitación del piso último de una casa antigua y sombría. Las llamas

 

del fuego oscilaban bailando en la pared, y un crepúsculo espectral es taba cayendo sobre el río. Una mujer

 

vieja preparaba el té delante del hogar, y mientras se afanaba en su tarea, contaba en voz baja lo que habían

 

dicho el médico y el cura. Hablaba de ciertos cambios que habían observado en la enferma aquellos últimos

 

tiempos y de las cosas tan raras que hacía y decía. Stephen estaba sentado escuchando las palabras de la

 

 

 

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vieja y siguiendo los caminos de ensueño que se abrían en los carbones enrojecidos, arcos y bóvedas,

 

galerías en cara col y cavernas repiqueteadas.

 

De pronto tuvo la impresión de que una cosa estaba para da a la puerta. Una calavera apareció suspendida

 

resaltando sobre la oscuridad de la entrada. Una criatura enfermiza, como un mico, estaba allí, atraída por

 

el sonido de las pala bras pronunciadas junto al hogar. Y una voz quejumbrosa preguntó desde la puerta:

 

––¿Es Josefina?

 

La vieja contestó alegremente, sin dejar su labor junto al fuego:

 

––No, Ellen, es Stephen.

 

––Ah… Buenas tardes, Stephen.

 

Contestó al saludo y vio que una sonrisa estúpida se ras gaba sobre la faz parada a la puerta.

 

––¿Quieres algo, Ellen? ––preguntó la vieja desde su sitio.

 

Pero ella no contestó ala pregunta, sino dijo:

 

––Creí que era Josefina. Creí que era Josefina.

 

Y repitiendo esto varias veces, rompió a reír débilmente.

 

Stephen se hallaba en una fiesta de niños en Harold Cross. Aquella actitud suya de observador silencioso

 

se había apo derado de él en aquella ocasión, así que apenas si participa ba de los juegos. Los niños iban de

 

un lado a otro llevando los residuos de los triquitraques de Navidad, bailando y re tozando ruidosamente. Y

 

aunque él trataba de participar del regocijo de los otros chicos, se sentía como una figura som bría entre los

 

bicornios de ellos y los sombreretes de tela de ellas.

 

Cuando hubo cantado su canción, se retiró a un rincón apartado de la estancia, y comenzó a gustar el

 

encanto de su aislamiento. El júbilo, que al principio le había precido falso y trivial, era ahora para él como

 

una brisa reconfortante que se filtraba alegremente por sus sentidos y que ocultaba a los ojos ajenos la

 

agitación febril de su sangre, cada vez que, a través del círculo de los bailarines y entre la música y la alga-

 

zara, volaba hasta su rincón la mirada de ella, como una pro vocación, como una pr omesa que viniera a

 

explorar su cora zón y a excitarlo.

 

En el vestíbulo se estaban poniendo los abrigos los niños que habían permanecido hasta el fin; la fiesta

 

había termina do. Ella se echó un chal por encima y salieron juntos. Su ca beza encapuchada se rodeó de un

 

fresco nimbo de aliento y sus zapatitos repiqueteaban alegremente sobre el suelo cu bierto de cristalitos de

 

hielo.

 

Era el último tranvía. Los flacos caballos castaños lo sa bían y movían las campanillas como para

 

anunciarlo a la no che clara. El cobrador hablaba con el conductor, y ambos ha cían a menudo gestos

 

expresivos con la cabeza a la luz verde de la lámpara. Sobre los asientos vacíos del tranvía estaban

 

diseminados algunos billetes de colores. No se oía ningún ruido de pasos por la calle. Ningún ruido turbaba

 

la paz de la noche, sino el de los caballos al frotar uno contra otro los hocicos, al agitar las campanillas.

 

Los dos parecían escuchar, él en el peldaño de arriba del estribo, ella en el de abajo. Mientras hablaban,

 

ella subió va ri as veces hasta donde estaba él y volvió a bajar otra vez a su peldaño, pero en una ocasión o

 

dos permaneció por unos momentos pegada a él, olvidada de bajar, hasta que volvió a descender por fin. El

 

corazón de Stephen seguía el ritmo de los movimientos de ella como un corcho el ascenso y des censo de la

 

onda. Y comprendía lo que los ojos de ella le de cían desde las profundidades del capuchón y comprendía

 

que en un pasado oscuro, no sabía si en la vida o en el sueño, había oído ya antes su mudo idioma. Y le vio

 

lucir para él sus galas: el bonito vestido, el ceñidor, las largas medias negras, y comprendió que él se había

 

ya rendido mil veces a aquellos encantos. Y, sin embargo, una voz interna más alta que el ruido de su

 

corazón agitado le preguntaba si aceptaría aque lla ofrenda, para la que sólo tenía que alargar la mano. Y re-

 

cordaba el día en que Eileen y él estaban mirando en los campos del hotel cómo los criados izaban un

 

banderín en un mástil, y aquel foxterrier que daba huidas locas de aquí para allá sobre el césped soleado, y

 

cómo de pronto había pro rrumpido ella en una carcajada, echando a correr cuesta abajo por el sendero en

 

curva. Ahora, como entonces, per manecía indiferente en su lugar, como un tranquilo obser vador de la

 

escena que delante de sus ojos se desarrollaba.

 

––Lo que ella quiere es que yo la coja entre mis brazos ––pensó––. Por eso es por lo que ha venido

 

conmigo al tranvía. Podría fácilmente agarrarla cuando sube a mi escalón: nadie está mirando. Podría asirla

 

y besarla.

 

Pero no hizo ninguna de las dos cosas. Y cuando se vio sentado, solo, en el tranvía desierto, desgarró en

 

tiras su bi llete y se quedó mirando sombríamente el suelo de madera acanalada.

 

Al día siguiente estuvo sentado frente a su mesa durante muchas horas en la desnuda habitación del piso

 

de arriba. Delante de él estaban una pluma, un frasco de tinta y un cua derno de ejercicios color esmeralda:

 

todo nuevo. Por la fuer za de la costumbre, había escrito al comienzo de la página las iniciales del lema

 

 

 

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jesuítico: A. M. D. G. En la primera línea aparecía el título de los versos que estaba tratando de escri bir: A

 

E-C-. Sabía que se debía comenzar así porque había visto otros títulos semejantes en la colección de

 

poemas de lord Byron. Cuando hubo escrito el título y trazado una raya ornamental por bajo de él, se

 

sumergió en una especie de en sueño y comenzó a garapatear sobre la cubierta del cuader no. Se veía en

 

Bray, sentado a su mesa, el día después de la discusión en la cena de Navidad, tratando de escribir un

 

poema sobre Parnell en el reverso de uno de los documentos de recaudación de su padre.

 

Pero entonces, su cerebro no había llegado a asir el tema y, desistiendo de ello, había cubierto la página

 

con los nom bres y las señas de algunos de sus compañeros:

 

Roderick Kickham

 

John Lawton

 

Anthony Mac Swiney

 

Simon Moonan.

 

Ahora le parecía que iba a fracasar también, pero a fuerza de meditar en el incidente del día anterior llegó

 

a cobrar confianza. Durante este proceso fueron desapareciendo de la escena todos los elementos que

 

estimó vulgares o insigni ficantes. Ya no quedaban trazas ni del tranvía, ni del conduc tor y el cobrador, ni

 

de los caballos; ni aun él ni ella aparecían claramente. Los versos sólo hablaban de la noche y de la bri sa

 

balsámica y del fulgor virginal de la luna. Una vaga me lancolía estaba oculta en los corazones de los

 

protagonistas, mientras permanecían en pie bajo los árboles sin hojas. Y cuando llegaba el momento de la

 

despedida, el beso que la una había negado era dado por los dos. Y tras esto escribió al pie las letras L. D.

 

S. y, habiendo escondido el libro, fue a la alcoba de su madre y allí se estuvo mirando un largo rato en el

 

espejo del tocador.

 

Pero este largo período de ocio y libertad estaba tocando a su fin. Su padre vino una noche a casa repleto

 

de noticias y no dejó de hablar durante toda la cena. Stephen había esta do esperando con impaciencia el

 

regreso de su padre porque tenían guisado de cordero y seguramente su padre le permi tiría mojar pan en la

 

salsa. Pero no pudo saborear el guiso porque la mención de Clongowes le llenó la boca de repug nancia.

 

––Me le eché encima ––repetía míster Dédalus por cuarta vez–– en la esquina de la plaza.

 

––Entonces, supongo que él lo arreglará––dijo mistress Dé dalus––. Me refiero a lo de Belvedere.

 

––Claro que sí. ¿No os he dicho que ahora es provincial de la Orden?

 

––A mí nunca me satisfizo la idea de mandarle a los Hermanos de las Doctrinas Cristianas ––dijo

 

mistress Dé dalus.

 

––¡Que se vayan al cuerno los Hermanos de las Doctrinas! ––dijo míster Dédalus––. ¿Con el asqueroso

 

Poddy y el cochi no Mickey? No, no: que siga arrimado a los jesuitas puesto que con ellos ha comenzado.

 

Le pueden servir de mucho el día de mañana. Esa gente le puede labrar un porvenir a cual quiera.

 

––Son una Orden muy rica, ¿no es verdad, Simón?

 

––Desde luego. Saben vivir, te lo aseguro. Ya viste cómo co mían en Clongowes. ¡Cristo!, como cebones.

 

Míster Dédalus pasó su plato a Stephen para que rebañara lo que quedaba.

 

––Y ahora, Stephen ––dijo––, ¡hay que arrimar el hombro, valiente! Creo que no te quejarás por falta de

 

vacaciones.

 

––Estoy segura que ahora va a trabajar con bríos ––dijo mis tress Dédalus––, sobre todo teniendo a

 

Mauricio con él.

 

––¡Caramba, por San Pablo! ¡Que me olvidaba de Mauri cio! ––exclamó míster Dédalus–– . ¡Aquí,

 

Mauricio! ¡Arrímate, barbián, cabezón! ¿No sabes que te voy a mandar a un cole gio donde te enseñen a

 

leer el p á pa? Y además te voy a com prar un pañuelito muy majo para que te seques las narices. Va a estar

 

lindo, ¿eh?

 

Mauricio se rió mirando a su padre y luego a su hermano.

 

Míster Dédalus se sujetó el monóculo en el ojo y se quedó mirando fijamente a sus dos hijos. Stephen

 

tenía la boca lle na de pan y no contestó a la mirada de su padre.

 

––Y a propósito ––dijo por fin míster Dédalus––, el rector, o mejor dicho, el provincial me ha estado

 

contando aquel ja leo que tuviste con el Padre Dolan. Ha dicho que eres un gra nuja sin vergüenza.

 

––¡No habrá dicho eso, Simón!

 

––Por supuesto que no. Pero me ha contado toda la histo ria ce por be. Estábamos charlando, ¿sabes?, y

 

unas palabras se enredaban con otras. Hombre, y a propósito, ¿a que no sa béis quién hereda la rectoría?

 

Pero, ya os lo diré después. Bueno, como decía, estábamos charla que te charla como dos buenos amigos y

 

va y me pregunta si aquí el pollo seguía usando gafas. Y entonces me contó toda la historia.

 

 

 

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––¿Y estaba enfadado, Simón?

 

––¿Enfadado? ¡Quiá! ¡Bravo mocito; dijo.

 

Míster Dédalus imitaba la voz nasal y recortada del pro vincial.

 

––El Padre Dolan yyo, cuando se lo conté a todos en la cena, el Padre Dolan y yo nos estuvimos riendo

 

de lo lindo. Fíjese usted mejor––le dije–– porque si no, el chiquitín de Dédalus le va a mandar a usted a

 

que le den con la palmeta nueve veces en cada mano. Nos estuvimos riendo de lo lindo. ¡Ja! ¡ja! ¡ja!

 

Míster Dédalus se volvió hacia su mujer y exclamó en su tono de voz:

 

––Eso demuestra el espíritu con el que manejan los chicos allí. No me digáis nada: si es diplomacia, el

 

jesuita, ¡lo único!

 

Volvió a tomar la voz del provincial y repitió:

 

––Se lo conté a todos en la cena, y el Padre Dolan y yo y todos nos estuvimos riendo de lo lindo.

 

¡Ja!¡ja!¡ja!

 

Había llegado la noche de la fiesta que se celebraba en el co legio, por Pentecostés. Stephen, desde la

 

ventana del vestua rio, estaba mirando hacia el pra dillo de enfrente adornado con hileras de farolillos a la

 

veneciana. Observaba los invi tados que bajaban de la casa e iban entrando en el teatro. Al gunos antiguos

 

colegiales vestidos de frac estaban disemi nados en grupos a la entrada del teatro y hacían pasar

 

ceremoniosamente a los espectadores. Al repentino resplan dor de un farolillo, pudo Stephen reconocer la

 

cara sonrien te de un sacerdote.

 

Habían sacado el Santísimo de su tabernáculo y retirado los primeros bancos para dejar libres el

 

presbiterio y el espa cio fronterizo a él. Había montones de barras, de pesas y de mazas indias, apoyadas

 

contra la pared. Las pesas cortas es taban apiladas en un rincón, y en medio de los innumerables montones

 

de zapatos de gimnasia y de las masas oscuras y revueltas que formaban los jerseys, estaba en pie el

 

caballete de voltear, macizo y enfundado en cuero, que esperaba su turno para ser transportado al escenario

 

y puesto entre las filas del equipo ganador al fin de los ejercicios de gimnasia.

 

Stephen no tenía nada que hacer en la primera parte del programa, aunque, en atención a su fama como

 

redactor de ensayos literarios, le habían elegido secretario del gimnasio; pero en la representación que

 

formaba la segunda parte de sempeñaba el principal cometido en el papel d e maestro ri dículo. Le habían

 

elegido por razón de su estatura y de sus maneras graves, pues aquel era su segundo curso en el cole gio de

 

Belvedere y estaba ya en el penúltimo año. Un grupo de alumnos más pequeños, vestidos con jerseys y

 

pantalones blancos, entró pataleando por la puerta de la sacristía proce dente del escenario. La sacristía y la

 

capilla estaban llenas de profesores y de alumnos que se afanaban en los preparati vos. El sargento mayor,

 

calvo y rollizo, estaba probando los muelles del caballo de volteo. Cerca de él y observando con atención

 

sus movimientos, había un joven delgaducho que iba a exhibir en la fiesta una serie de intrincados

 

movimien tos de maza. Llevaba un largo abrigo, y los extremos de las mazas asomaban por las bocas de sus

 

profundos bolsillos. Se oyó el ruido hueco de los instrumentos de madera, por que un nuevo equipo se

 

aprestaba a subir al escenario. Se guidamente el prefecto, con aire excitado, fue empujando a los chicos a

 

través de la sacristía como a un rebaño de patos, agitando nerviosamente los bordes de su sotana, y gritando

 

a los rezagados que se dieran prisa. Al otro extremo de la ca pilla había un pequeño grupo de campesinos

 

napolitanos que ensayaban pasos de danza: algunos hacían girar los bra zos por encima de l a cabeza, otros

 

balanceaban unas cestas llenas de violetas artificiales. En un rincón oscuro de la ca pilla estaba arrodillada

 

una señora vieja y gorda, entre el gran remolino de sus faldas negras. Cuando se levantó dejó ver una figura

 

vestida de color rosa, con una peluca de bu cles dorados y un sombrero de paja de gusto arcaico, con las

 

cejas pintadas de negro y las mejillas dadas de carmín y em polvadas. Un tenue rumor de curiosidad

 

recorrió la capilla a la vista de esta aparición afeminada. Uno de los prefectos se aproximó sonriendo y

 

meneando la cabeza hasta el rincón oscuro donde estaba la vieja, y habiendo hecho una inclina ción, dijo,

 

bromeando:

 

––¿Qué es esto que trae usted aquí, mistress Tallon? ¿Es una hermosa damisela o una muñeca?

 

Y después, inclinándose para mirar la cara pintada que sonreía debajo del sombrerete, exclamó:

 

––Pero, ¡tate!, si parece nuestro amiguito Bertie Tallon. Stephen oyó desde su sitio de al lado de la

 

ventana, las ri sas con que la anciana señora y el sacerdote celebraban l a gracia, y los murmullos de

 

admiración que a su espalda se levantaban de entre los chicos que se habían adelantado para contemplar al

 

muchacho que bailaría él solo una de las dan zas de la fiesta. Stephen no pudo reprimir un movimiento de

 

impaciencia. Dejó caer el extremo de la cortina, saltó del banco en el cual estaba subido, y salió de la

 

capilla. Atravesó el edificio del colegio y se metió bajo un cobertizo que orilla ba el jardín. Del teatro,

 

 

 

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situado enfrente, venían voces aho gadas de los espectadore s y luego, de pronto, el estrépito del bronce de la

 

banda militar. La luz que salla a través del techo de cristales daba al teatro la apariencia de un arca ilumina-

 

da, anclada entre casas como barcos derrumbados, y sujeta a sus amarras por los finos cables de sus hileras

 

de farolillos. Se abrió de repente una puerta lateral del teatro, y un dardo de luz corrió sobre la hierba. Un

 

súbito estallido de música salió del arca: el preludio de un vals. La puerta se volvió a cerrar, y Stephen sólo

 

pudo seguir el débil ritmo de la músi ca. La expresión, la languidez, el aéreo movimiento de aque llos

 

primeros compases, evocaban en él la incomunicable emoción causa de su desasosiego de aquel día, y del

 

arran que de impaciencia que le había conducido hasta allí. Su de s asosiego brotaba de él como una onda de

 

sonido: con el fluir de la música, el arca se había puesto en movimiento, arrastrando tras sí, al arrancar, sus

 

amarras de farolillos. El movimiento cesó al estallar un ruido como de una artillería diminuta: eran los

 

aplausos que saludaban la aparición en la escena de un nuevo equipo de gimnastas.

 

Una manchilla de luz rosada brillaba en el extremo del cobertizo, y al irse acercando, llegó a sentir un

 

tenue olor aromático. Dos muchachos estaban fumando allí al resguar do de una puerta, y antes de llegar a

 

ellos pudo reconocer la voz de Heron.

 

––¡He aquí al noble Dédalus! ––gritó una voz gutural y fuer te––. ¡Bien venido sea nuestro fiel amigo!

 

La bienvenida terminó en una carcajada sin alegría, en tanto que Heron se deshacía en zalemas. Después

 

se puso a repiquetear en el suelo con su bastón.

 

––Aquí me tienes ––dijo Stephen, deteniéndose y paseando su mirada de Heron al otro que estaba con él.

 

Este último le era desconocido; pero al resplandor de los pitillos pudo entrever su rostro pálido y

 

afectado, sobre el que se deslizaba lentamente una sonrisa, y su largo talle y el sombrero hongo con que se

 

tocaba. Heron no se preocupó de hacer una presentación, sino que en su lugar, dijo:

 

––Precisamente le estaba diciendo a mi amigo Wallis lo di vertido que sería si tú imitaras esta noche la

 

voz del rector en tu papel de maestro. Sería un golpe estupendo.

 

Heron hizo en honor de Wallis un intento poco lucido de remedar la pedantesca voz de bajo del rector, y

 

riendo él mismo de su fracaso le dijo a Dédalus que lo hiciera él.

 

––¡Anda, Dédalus, anda, que tú le imitas estupendamente! Aquel que no quiera obedecer a la igle-ssia,

 

sea para ti como el paga-nno y el publica-nno.

 

La imitación fue estorbada por una leve expresión de de sagrado por parte de Wallis, cuyaboquilla tiraba

 

mal.

 

––¡Caray con la lata de la boquilla! ––dijo, quitándosela de la boca, sonriendo y frunciendo las cejas con

 

aire tolerante––. Se está atrancando a cada paso. ¿Usted usa boquilla?

 

––No fumo ––dijo Stephen.

 

––No ––dijo Heron––. Dédalus es un joven modelo. Ni fuma, ni va a las kermesses, ni flirtea.

 

Stephen meneó la cabeza y se sonrió de ver la cara de su rival, colorada, movible y picuda como la de un

 

pájaro. Ha bía pensado con frecuencia lo extraordinario que era que Vincent Heron, que tenía apellido de

 

pájaro, tuviera la cara en consonancia con el nombre. Sobre la frente le descansaba un mechón de cabellos

 

claros, como una cresta alborotada.

 

La frente era estrecha y huesuda, y una nariz delgada y gan chuda le sal ía de entre los ojos, muy juntos y

 

saltones, claros e inexpresivos. Los dos rivales eran amigos del colegio. Se sentaban en clase en el mismo

 

banco, tenían su sitio uno al lado del otro en la capilla y charlaban juntos en el comedor después del

 

rosario. Como los alumnos de último año eran muy poco brillantes, ellos eran en realidad los que llevaban

 

la voz cantante en el colegio. Ellos, los que iban a pedir al rec tor un día de asueto o el perdón de un

 

camarada.

 

––Hombre, y a propósito ––dijo Heron de repente––. He vis to entrar a tu padre.

 

La sonrisa desapareció del rostro de Stephen. Cualquier alusión a su padre, hecha por un compañero o

 

por un profe sor, le sobresaltaba inmediatamente. Esperó en silencio, te miendo qué fuese lo que Heron iba a

 

seguir diciendo. Pero Heron sólo le dio un codazo expresivo y dijo:

 

––¡Anda, que las matas callando!

 

––¿A qué santo?… ––preguntó Stephen.

 

––Tú pareces una mosquita muerta ––siguió Heron––, pero creo que las matas sin sentir.

 

––¿Se te puede preguntar a qué es a lo que te refieres? ––pre guntó cortésmente Stephen.

 

––Desde luego, hombre ––contestó Heron––. La hemos visto, ¿no es verdad, Wallis? Y que es

 

endiabladamente bonita. Y preguntona. z Y qué papel va a hacer Stephen, míster Déda lus? ¿Y va a cantar

 

Stephen, míster Dédalus? Tu señor padre la estaba mirando de hito en hito a través de aquel monóculo que

 

se trae, y me parece que el viejo te ha calado las intencio nes. A mí no me importaría un comino. ¡Es

 

estupenda!, ¿no es verdad, Wallis?

 

 

 

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––¡De primera! ––contestó Wallis tranquilamente, volvién dose a colocar la boquilla en el ángulo de la

 

boca.

 

Una oleada momentánea de cólera refluyó por la mente de Stephen al oír hacer en presencia de un

 

extraño estas alusiones poco delicadas. Para él las atenciones y el interés de la muchacha no eran una cosa

 

de broma. En todo el día no había pensado en otra cosa más que en la despedida en el estribo del tranvía la

 

noche de Harold’s Cross, en las fluc tuantes emociones que le había producido y el poema que con este

 

motivo había escrito. Todo el día había estado imaginándose el nuevo encuentro, porque sabía de ante mano

 

que ella había de asistir a la representación. Y la mis ma melancolía inquieta de la otra vez había llenado su

 

pe cho, aunque ahora sin encontrar su desagüe en el vers o. El desarrollo y la experiencia de dos años de

 

adolescencia in terpuestos entre aquel entonces y lo presente, le impedían ahora semejante expansión. Y

 

todo el día la corriente de melancólica ternura había estado fluyendo y refluyendo dentro de él en oscuros

 

remolinos y remansos, llegándole, por fin, a cansar, hasta que la chanza del prefecto y el mu chachuelo

 

pintarrajeado le habían arrancado un movi miento de impaciencia.

 

––Así es que tienes que admitir ––seguía diciendo Heron–– que por esta vez te hemo s calado de lo lindo.

 

Ya no vendrás haciéndote el santito, supongo.

 

Prorrumpió en una carcajada falsa e, inclinándose como antes, golpeó ligeramente a Stephen en la

 

pantorrilla, como por festivo reproche.

 

El momento de cólera se le había pasado ya a Stephen. No se sentía ni halagado ni confuso, sino que

 

sencillamente desea ba que la broma tocase a su fin. Apenas si se dolía ahora de lo que poco antes le había

 

parecido una estúpida falta de tacto, porque comprendía que su íntima aventura no peligraba por aquellas

 

palabras. Y su cara reflejó la falsa sonrisa de su rival.

 

––¡Confiesa! ––repitió Heron, golpeándole otra vez en la pantorrilla.

 

El golpe era una broma, pero no tan suave como el prime ro. Stephen sintió un escozor en la piel, un ardor

 

apenas doloroso; e inclinándose sumisamente empezó a recitar el Confiteor como para corresponder al tono

 

jocoso de su compañero. La cosa terminó bien porque Heron y Wallis se echaron a reír tolerantemente ante

 

aquella irreverencia.

 

Los labios de Stephen eran solamente los que recitaban la confesión, pues mientras pronunciaba las

 

palabras, un re pentino recuerdo le había transportado a otra escena, evo cada como por magia al notar las

 

arruguillas crueles que con la risa se le formaban a Heron en los ángulos de la boca y al sentirse en la

 

pantorrilla el golpecito cariñoso del bastón y escuchar la amonestación amical: Confiesa.

 

Era hacia el final del primer trimestre pasado en el cole gio, cuando él estaba todavía en sexto. Su sensible

 

naturaleza se resentía aún del peso de la oscuridad y la sordidez de su nueva manera de vida. Su alma

 

estaba aún conturbada y de primida por la sombría monstruosidad de Dublín. Stephen había emergido de

 

dos años de sueño encantado para en contrarse de pronto en un escenario distinto, donde cada evento y cada

 

personaje le afectaban íntimamente, sedu ciéndole a veces y otras descorazonándole, pero llenándole

 

siempre de intranquilidad y amargos pensamientos, lo mis mo cuando le descorazonaban que cuando le

 

seducían. Todo el vagar que su vida de colegial le dejaba lo pasaba en la compañía de escritores

 

subversivos, cuyos sarcasmos y viru lencias fermentaban lentamente en su cerebro para reflejar se después

 

en sus propios y aún no sazonados escritos.

 

La composición literaria era la principal ocupación que te nía durante la semana, y todos los martes,

 

cuando iba de casa al colegio, auguraba la suerte que le esperaba deduciéndola de las incidencias del

 

camino; si veía a alguien que caminara de lante de él, se proponía pasarle antes de llegar a un punto de ter-

 

minado, o bien iba colocando sus pisadas cuidadosamente en las junturas de las losas de la acera,

 

diciéndose a cada pisada: seré el primero en el ensayo; no seré el primero en el ensayo.

 

Cierto martes, la serie de sus triunfos se vio interrumpida de repente. Míster Tate, el profesor de inglés, le

 

señaló con el dedo y dijo bruscamente:

 

––Este muchacho tiene una herejía en el ensayo.

 

Silencio sepulcral en la clase. Míster Tate no lo interrum pió sino que se puso a hurgarse con una mano

 

entre los mus los, en tanto que se oía chascar el almidón de su camisa alre dedor del cuello y hacia los puños.

 

Stephen no levantó los ojos. Era una mañana cruda de primavera y sus ojos estaban todavía débiles y

 

doloridos. Se vio fracasado y cogido; sintió la sordidez de su espíritu y la de su casa, y en la nuca, el roce

 

del cuello vuelto y raído.

 

Un sonoro golpe de risa del profesor permitió respirar más a gusto a los alumnos.

 

––Quizás no se ha dado usted cuenta.

 

––¿En dónde está? ––preguntó Stephen.

 

Míster Tate dejó de hurgarse y extendió el escrito.

 

 

 

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––Aquí. Es hablando del Criador y del alma. Emm… emm… emm… emm… ¡Ah!, sin que nunca puedan

 

llegar a aproximarse. Eso es una herejía.

 

Stephen murmuró:

 

––He querido decir sin que nunca puedan llegar a alcan zarse.

 

Era someterse. Míster Tate se apaciguó y doblando el ejer cicio se lo alargó diciendo:

 

––¡Ah!… Bueno… Alcanzarse. Eso es ya otra cosa.

 

Pero la clase no se había apaciguado tan prestamente. Aunque nadie le habló del incidente después de la

 

clase, Stephen pudo notar a su alrededor una especie de alegría malévola.

 

Unos días después de este tropiezo, iba Stephen al ano checer con una carta en la mano por el camino de

 

Drumco dra, cuando oyó una voz que gritaba:

 

––¡Alto!

 

Se volvió y pudo distinguir entre las sombras crepuscula res a tres de sus compañeros que le salían al

 

paso.

 

Heron, que era el que había gritado, avanzaba entre sus dos acompañantes hendiendo el aire con un

 

bastoncillo delgado a compás de las pisadas. Su amigo Boland marchaba al lado de él con una sonrisa

 

forzada en el rostro, mientras que el otro, Nash, venía unos cuantos pasos trasero, resollando a causa de la

 

velocidad dula marcha y haciendo oscilar su gran cabezota rojiza.

 

Ya reunidos todos, se internaron por la calle de Clonliffe e inmediatamente se pusieron a hablar de libros

 

y escritores, diciendo los libros que estaban leyendo y cuántos volúme nes tenía en la librería el padre de

 

cada uno. Stephen les es taba escuchando con cierta extrañeza, porque Boland era el azote de la clase y

 

Nash el vago por excelencia de la misma. En efecto, después de charlar algún tiempo sobre sus autores

 

favoritos, Nash se declaró por el capitán Marryat, que, según dijo, era el más grande escritor.

 

––¡Quita! ––dijo Heron––. Pregúntale a Dédalus. Dédalus, ¿cuál es el más grande escritor?

 

Stephen notó el sarcasmo de la pregunta y dijo: ––¿En prosa?

 

––Sí.

 

––Creo que Newman.

 

––¿El cardenal Newman? ––preguntó Boland.

 

––Sí ––contestó Stephen.

 

A Nash se le amplificó en el rostro pecoso la sonrisa do blada, al mismo tiempo q ue volviéndose a

 

Stephen, decía:

 

––¿Y a ti, Dédalus, te gusta el cardenal Newman?

 

––Hay mucha gente que afirma que Newman es quien tiene el mejor estilo en prosa ––dijo Heron, para

 

que se enteraran los otros dos––, pero, desde luego, no es poeta.

 

––Y dinos, Heron, ¿cuál es el mejor poeta? ––preguntó Bo land.

 

––Lord Tennyson, indudablemente ––contestó Heron.

 

––Claro, lord Tennyson ––dijo Nash––. En casa tenemos to das sus poesías en un libro.

 

Al oír esto, Stephen olvidó todos los propósitos de callar que había estado haciendo y exclamó:

 

––¡Poeta, Tennyson! ¡Querrás decir un versificador!

 

––¡Quítate de ahí! ––dijo Heron––. Todo el mundo sabe que Tennyson es el mejor poeta.

 

––¿Y quién es, según tu parecer, el mejor poeta? ––preguntó Boland, dándole con el codo a su vecino.

 

––Byron, desde luego ––contestó Stephen.

 

Heron tomó la iniciativa rompiendo a reír despectiva mente y los otros dos se le unieron.

 

––¿De qué os reís? ––preguntó Stephen.

 

––De ti ––contestó Heron––. ¡Byron el mejor poeta! No es más que un poeta para gentes sin educación.

 

––¡Pues, sí que debe ser un poeta! ––comentó Boland.

 

––Lo mejor que puedes hacer tú es callarte ––dijo Stephen, encarándose decididamente con él––. Todo lo

 

que tú sabes acerca de poesía, es lo que has escrito en las pizarras del pa tio, que fue por lo que te mandaron

 

castigado al desván.

 

Se decía, en efecto, que Boland había escrito en las piza rras del patio un pareado acerca de un compañero

 

que acos tumbraba a volver del colegio a casa a caballo en un pony:

 

Tyson iba a caballo hacia Jerusalén.

 

Se cayó y se hizo daño en el kulipulén.

 

Esta embestida hizo callar a los dos lugartenientes, pero Heron continuó:

 

––Por lo menos, no me negarás que Byron es herético e in moral.

 

 

 

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––Me tiene sin cuidado lo que sea ––exclamó vivamente Stephen.

 

––¿Te tiene sin cuidado el que sea herético o no? ––dijo Nash.

 

––¿Qué es lo que entiendes tú de eso? ––saltó Stephen––. No has leído un verso en tu vida, a no ser en

 

una traducción. Ni tú, ni Boland tampoco.

 

––¡Atención! Sujetadme bien a este hereje ––exclamó Heron.

 

En un instante Stephen se encontró prisionero.

 

––Tate te despabiló de lo lindo el otro día cuando aquello de la herejía que tenías en la composición.

 

––Ya se lo diré yo mañana ––dijo Boland.

 

––¿Tú? ––exclamó Stephen––. ¡Te guardarás muy mucho de abrir la boca!

 

––¿Y eso?

 

––Como que te va la vida.

 

––¡A callarse! ––gritó Heron, fustigando en la pierna a Ste phen con el bastón.

 

Ésta fue la señal para el ataque. Nash le trabó los brazos por la espalda mientras que Boland cogía un

 

tronco de col que yacía en el arroyo. Stephen, debatiéndose a patadas, bajo los bastonazos y los golpes del

 

troncho nudoso, fue empuja do contra una alambrada erizada de pinchos.

 

––Confiesa que Byron no valía nada.

 

––No.

 

––Confiesa.

 

––No.

 

––Confiesa.

 

––No. No.

 

Al fin, tras una serie de embestidas, logró desasirse. Sus verdugos huyeron en dirección al camino de

 

Jone riendo y mofándose, mientras él, medio cegado por las lágrimas, echó a andar vacilantemente,

 

crispando los puños enfureci do, sollozando.

 

Y ahora, mientras recitaba el Confiteor entre las risas in dulgentes de los otros dos y mientras las escenas

 

de este ul trajante episodio pasaban incisivas y rápidas por su imagi nación, se preguntaba por qué no

 

guardaba mala voluntad a aquellos que le habían atormentado. No había olvidado en lo más mínimo su

 

cobardía y su crueldad, pero la evocación del cuadro no le excitaba al enojo. A causa de esto, todas las

 

descripciones de amores y de odios violentos que había en contrado en los libros le habían parecido

 

fantásticas. Y aun aquella noche, al regresar vacilante hacia casa a lo largo del camino de Jone, había

 

sentido que había una fuerza oculta que le iba quitando la capa de odio acumulado en un mo mento con la

 

misma facilidad con la que se desprende la sua ve piel de u n fruto maduro.

 

Permanecía de pie con los otros dos compañeros en el ex tremo del cobertizo atendiendo vagamente a su

 

charla o a los estallidos de los aplausos que venían del teatro. Ella esta ba sentada allí dentro, entre el

 

público, esperando tal vez a que él apareciese. Trató de evocar su imagen, pero no pudo. Se acordaba sólo

 

de que llevaba un chal echado por la cabeza que le hacía como una capucha y que sus ojos oscuros le ex-

 

citaban y le deprimían. Se preguntaba si él había estado en los pensamientos de ella del mismo modo que

 

ella en los de él. Y luego, en la oscuridad, sin que los otros dos le pudieran ver, apoyó las puntas de los

 

dedos de una mano sobre la pal ma de la otra, tocándola apenas ligeramente. Mas la presión de los dedos de

 

ella había sido más ligera y más firme; y de repente el recuerdo de aquel roce le atravesó el cerebro y el

 

cuerpo como una invisible onda.

 

Un muchacho vino corriendo hacia ellos a través del co bertizo. Llegaba excitado y sin aliento.

 

––Anda, Dédalus ––gritó––, que Doyle está la mar de enfada do contigo. Tienes que ir inmediatamente a

 

vestirte para la representación. Anda, date prisa.

 

––Irá cuando le dé la gana ––contestó Heron al mensajero, arrastrando desdeñosamente las palabras.

 

El muchacho se volvió hacia Heron y repitió:

 

––Es que Doyle está horriblemente enfadado.

 

––¿Quieres hacer el favor de ofrecer a Doyle mis respetos y decirle que no me toque las narices?

 

––Bueno, me tengo que ir ––dijo Stephen, a quien se le daba muy poco de puntillos de honra.

 

––Yo que tú no iba ––dijo Heron––. ¡Vaya que no! Ésas no son maneras de mandar a buscar a uno de los

 

mayores. ¡Que está furioso! Ya es bastante que desempeñes un papel en ese con denado comedión que se

 

trae.

 

Este puntilloso espíritu de camaradería que había obser vado últ imamente en su rival no lograba apartar a

 

Stephen de sus hábitos de tranquila obediencia. Desconfiaba de la turbulencia y dudaba de la sinceridad de

 

una tal camarade ría que le parecía una triste anticipación de la virilidad. El punto de honor suscitado ah ora

 

le resultaba tan trivial como todas estas cuestiones. Mientras su imaginación había esta do atareada

 

 

 

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persiguiendo fantasmas intangibles, o dejando de perseguirlos para caer en la irresolución, había estado es-

 

cuchando constantemente las voces de sus profesores que le excitaban a ser antes que nada un perfecto

 

caballero y un buen católico. Estas voces habían llegado a sonar en sus oí dos como palabras vacías. Al

 

abrirse el gimnasio, había oído otra voz que le mandaba ser fuerte, viril y saludable. Y cuan do el

 

movimiento a favor de un renacimiento nacional se ha bía comenzado a sentir en el colegio, otra voz le

 

había invi tado a ser fiel a su patria y a ayudar a vivificar su lenguaje y sus tradiciones. En lo profano, lo

 

preveía, habría otra voz que le invitaría a reconstruir con su trabajo la derruida ha cienda de su padre; y,

 

entre tanto, la voz de sus compañeros le mandaba ser un buen camarada, encubrirlos en sus faltas,

 

interceder por su perdón y hacer todos los esfuerzos posi bles para obtener días de asueto para el colegio. Y

 

era el zumbido vacío de todas estas voces lo que le hacía titubear en la persecución de sus propios

 

fantasmas. Sólo les presta ba atención por algún tiempo, y era feliz cuando podía estar lejos de ellas, fuera

 

del alcance de su llamamiento, solo, o en compañía de sus propios y fantasmales compañeros.

 

En la sacristía estaban un jesuita rollizo y de cara lustrosa y un viejo de traje azul raído, ocupados en

 

revolver en un ca jón de coloretes y lápices de caracterizar. Los chicos que h a bían sido ya caracterizados se

 

paseaban de un lado a otro, o, parados y como estupefactos, se pasaban furtivamente los dedos por la cara.

 

En medio de la sacristía, un jesuita, que estaba pasando unos días en el colegio, se balanceaba rítmi-

 

camente, poniéndose de puntillas y dejándose caer otra vez sobre los talones, todo con las manos muy

 

metidas en los bolsillos de la sotana y éstos echados hacia adelante. Su ca beza, pequeña, adornada de rizos

 

rojizos y lustrosos, y su cara recientemente afeitada, iban bien con la impecable co rrección de su sotana y

 

con sus irreprochables zapatos.

 

Al observar esta figura oscilante y tratar de descifrar la sonrisa burlona del religioso, le vino a Stephen a

 

la memoria una cosa que había oído decir a su padre antes de que le en viaran a Clongowes: que se puede

 

siempre reconocer a un je suita por el corte de su traje. Y en el mismo momento pensó que le parecía

 

reconocer una semejanza entre la manera de ser de su padre y la de aquel j esuita bien vestido y sonriente.

 

Y tuvo certeza de algo como una profanación del oficio de jesui ta y aun de la misma sacristía, cuyo silencio

 

había huido ante la charla en alta voz y el bromear, y cuya atmósfera estaba lle na del olor pungente de los

 

mecheros de gas y de la grasa.

 

Mientras que el viejo le pintaba arrugas en la frente y le embadurnaba las mejillas de negro y de azul,

 

Stephen escu chaba distraído la voz del jesuita rollizo que le recomendaba que hablara alto y que recalcara

 

bien los pasajes graciosos. Se oía la banda que tocaba El lirio de Killarney y comprendió que el telón se iba

 

a levantar dentro de muy pocos minutos. No ’sentía ningún miedo de salir al escenario, pero le humi llaba la

 

idea del papel que iba a desempeñar. El recuerdo de algunos de los pasajes hizo que un rubor repentino

 

subiera hasta sus mejillas pintadas. Y vio los ojos de ella, pensativos y llenos de promesas, que le miraban

 

desde la sala; y esta imagen barrió todos sus escrúpulos dejando su voluntad presta. Parecía que se le había

 

infundido otra nueva natura le za: que el contagio de la animada juventud que bullía a su alrededor se le

 

había metido a él también en el alma y trans formado aquella desconfianza malhumorada que de ordinario

 

tenía. Por un momento se vio revestido de la verdadera vitalidad juvenil. Y mezclado entre bastidores con

 

los otros, participó de la alegría común en medio de la cual dos robus tos padres izaron el telón que se fue

 

elevando a tirones y todo torcido.

 

Momentos después se encontró en el escenario entre las deslumbrantes luces de gas y la decoración

 

borrosa, represen tando delante de las innumerables caras del vacío. Le sorpren día el ver que la comedia,

 

que en los ensayos parecía una cosa deslavazada y sin vida, había cobrado de repente vida propia. Parecía

 

ahora que la comedia se representaba sola y que ellos sólo ayudaban con sus papeles. Cuando el telón cayó

 

tras la última escena, oyó cómo el vacío se llenaba de aplausos, y a través de una rendija pudo ver desde el

 

escenario cómo aquel cuerpo único ante el cual había representado, se deformaba como por magia,

 

rompiéndose por todas partes el vacío de rostros y dividiéndose en grupos atareados.

 

Abandonó rápidamente la escena, se despojó de su dis fraz y atravesando la capilla entró en el jardín del

 

colegio. Ahora que la representación había terminado, sus nervios excitados exigían una nueva aventura. Se

 

precipitó hacia adelante como para atraparla. Las puertas del teatro esta ban abiertas y el público había

 

salido ya. En aquellas hile ras que antes se le habían imaginado como las amarras de un arca, quedaban

 

ahora unos cuantos farolillos, balan ceándose en la brisa nocturna, oscilando sin regocijo. Su bió a toda prisa

 

los escalones de entrada al colegio, como ávido de una presa que se le pudiera escapar, se abrió paso entre

 

la multitud que llenaba el vestíbulo y pasó junto a dos jesuitas que presenciaban la desbandada haciendo

 

reve rencias y cambiando apretones de mano con los invitados. Y él empujaba hacia adelante, fingiendo una

 

prisa todavía mayor, y dándose cuenta vagamente de la estela de mira das, sonrisas y codazos que su

 

empolva––da cabeza dejaba tras sí.

 

 

 

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Cuando llegó a los escalones de la entrada vio a su familia que le estaba esperando a la luz del primer

 

farol. A primera vista notó que todas las figuras del grupo le eran familiares y bajó los escalones

 

malhumorado.

 

––Tengo que llevar un recado a la calle George ––le dijo pre cipitadamente a su padre––. Volveré a casa

 

detrás de ustedes. Y sin aguardar a las preguntas de su padre, atravesó a toda prisa el camino y echó a andar

 

a hopo colina abajo. Apenas si sabía adónde iba. Orgullo, esperanza y deseo, como hierbas pisoteadas en su

 

corazón, elevaban humaredas de un incien so enloquecedor que cual una cortina cegaba las luces de su

 

espíritu: Bajaba velozmente entre el tumulto de estos vapores de orgullo herido, de esperanza arruinada, de

 

deseo frustra do, que en un momento se habían levantado en su alma. Se elevaron ante sus ojos angustiados

 

en una densa y enloque cedora humareda, fluyeron y se desvanecieron sobre él.

 

Por último, el aire quedó de nuevo transparente y frío. Un velo recubría aún sus ojos, pero éstos no le

 

ardían ya. Un poder semejante a aquel que otras veces había hecho de saparecer de él la cólera o el

 

resentimiento, fue el que le hizo pararse.

 

Se detuvo y se quedó mirando el sombrío pórtico del de pósito de cadáveres y la callejuela empedrada de

 

al lado. Vio el nombre de la callejuela, Lotts, escrito en la pared, y respiró despacio el aire rancio y denso

 

que de ella salía.

 

––Esto son orines de caballo y paja podrida ––pensó––. Es bueno respirar este olor. Me calmará el

 

corazón. Ahora mi corazón está ya absolutamente tranquilo. Regresaré.

 

Stephen se encontraba de nuevo sentado junto a su padre, en un rincón de un vagón del ferrocarril en

 

Kingsbridge. Iban a Cork y aquél era el correo de la noche. Cuando el tren arran có de la estación, le vino a

 

la memoria aquel asombro infantil experimentado años atrás el primer día de su estancia en Clongowes.

 

Pero ahora no experimentaba asombro ningu no. Veía cómo iban resbalando hacia atrás las tierras cada vez

 

más sombrías y los silenciosos postes del telégrafo que cada cuatro segundos pasaban rápidamente por la

 

ventana y las pequeñas estaciones penumbrosas, guardadas sólo por algunos tranquilos vigilantes, arrojadas

 

por el tren a su es palda, titilantes un momento en la oscuridad como chispas de fuego proyectadas hacia

 

atrás en plena carrera.

 

Escuchaba sin interés ninguno la evocación que su padre hacía de Cork y de las escenas de su juventud,

 

narración inte rrumpida a menudo por suspi ros o por tragos de la cantim plora de bolsillo, cada vez que la

 

imagen de un amigo muerto salía a relucir en ella o siempre que el narrador recordaba el objeto mismo de

 

su viaje actual. Stephen escuchaba pero no podía sentir piedad alguna. Las imágenes de los muertos le eran

 

todas extrañas, excepto la de tío Charles, que última mente se había casi borrado de su memoria. Sabía, sin

 

em bargo, que los bienes de su padre iban a ser vendidos en subasta, y aun en esta manera de perder lo

 

propio, pudo comprender que el mundo daba un rudo mentís a su fantasía.

 

Al pasar por Maryborough cayó dormido. Cuando se des pertó, el tren había ya dejado atrás Mallow, y su

 

padre dor mía tumbado en el asiento frontero. La fría luz del amanecer caía sobre el campo, sobre las tie rras

 

desoladas y las cerradas cabañas. Y al mirar el campo silencioso o al oír de vez en cuando la respiración

 

profunda y los súbitos movimientos que su padre hacía al dormir, el terror del sueño fascinaba su espíritu.

 

La vecindad de invisibles durmientes le llenaba de horror, como si le pudieran hacer daño, y rezaba para

 

que el día viniese pronto. Su oración no se dirigía a Dios ni a nin gún santo, sino que comenzaba con un

 

escalofrío, del aire que por la ranura de la portezuela hasta sus pies entraba, y concluía por una serie de

 

palabras sin sentido, pero acomo dadas al ritmo insistente del tren. Y silenciosamente, a inter

 

valos de cuatro segundos, los postes del telégrafo cerraban un compás preciso de notas galopantes. La

 

desatentada mú sica aliviaba su horror, y recostándose sobre el borde de la ventanilla, dejó caer los párpados

 

de nuevo.

 

Atravesaron, en un carricoche de dos ruedas, las calles de Cork a las primeras horas de la madrugada, y

 

Stephen acabó su sueño en una alcoba del Hotel Victoria. Un sol alegre y caliente fluía de la ventana, y se

 

oía el barullo del tráfico. Su padre estaba en pie delante del tocador contemplándose con gran cuidado el

 

pelo, la cara y el bigote, estirando el cuello por encima del jarro, y apartándose de lado para poder ver

 

mejor. Mientras tanto cantaba en voz baja, con extraño acento y vocalización pintoresca:

 

Juventud y locura

 

nos casan cuando jóvenes,

 

por eso aquí no puedo

 

quedarme ya.

 

 

 

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Para lo que no hay cura

 

no hay más que sepultura.

 

Con que, adiós, que me voy

 

a Americá.

 

Ay, mi niña la linda,

 

mi niña placentera,

 

tú eres cual whisky nuevo,

 

cariño mío,

 

que, si se pone añejo,

 

se torna frío y viejo

 

y se evapora y muere

 

como rocío.

 

La idea de que la ciudad caliente y soleada esperaba al otro lado de la ventana y los tiernos trémolos con

 

los que su padre adornaba su cancioncilla, extraña, triste y al par regocijada, barrieron del cerebro de

 

Stephen todas las nieblas del mal humor de la noche. Se levantó rápidamente, se vistió y, cuando la canción

 

hubo terminado, dijo:

 

––Eso es mucho más bonito que cualquiera de los Venid to dos vosotros, que acostumbras a cantar.

 

––¿Crees tú?

 

––Me gusta ––dijo Stephen.

 

––Es un aire viejo ––dijo míster Dédalus mientras se atusa ba las guías del bigote–– ¡Ay, si se lo hubieras

 

oído a Mick Lacy! ¡Pobre Mick Lacy! ¡Él sí qué le daba giros especiales y que lo adornaba mucho mejor

 

que yo! ¡Aquél sí que era mozo para cantar un Venid todos vosotros!

 

Míster Dédalus había encargado un plato local de embuti dos para desayunar y durante la com ida

 

interrogó de punta a cabo al camarero acerca de todas las novedades locales. Casi nunca se entendían

 

porque, cuando sonaba un nombre, el camarero se refería a su actual poseedor y míster Dédalus pensaba en

 

el padre o quizás en el abuelo.

 

––Bueno, por lo menos espero que no se habrán llevado el Colegio de la Reina del sitio donde estaba ––

 

dijo míster Dé dalus––, porque quiero enseñárselo a este pollastre que trai go conmigo.

 

Los árboles estaban en flor a lo largo del Mardyke. Entra ron en los campos del colegio y fue––ron

 

conducidos a través del patio por un portero charlatán. Pero su marcha a través del patio se veía

 

interrumpida a cada docena de pasos por un alto, a causa de alguna novedad contada por el portero.

 

––¿Qué me cuenta usted? ¿Y ha muerto el pobre Pottle belly?

 

––Sí, señor. Ha muerto.

 

A cada una de esas paradas, Stephen permanecía embara zosamente detrás de los dos hombres, aburrido

 

de la conver sación y deseando reanudar la marcha de nuevo. Cuando hubieron cruzado el patio, su

 

intranquilidad se había ya convertido en fiebre. Y se maravillaba de cómo su padre, al que tenía por astuto

 

y suspicaz, se dejaba engañar por los modales serviles del portero. Y el fuerte acento meridional que le

 

había divertido durante toda la mañana resultaba ahora insoportable a sus oídos.

 

Entraron en el anfiteatro de anatomía, donde míster Dé dalus, ayudado por el portero, se puso a buscar

 

para encon trar sus iniciales. Stephen permanecía en el fondo, deprimi do ahora más que nunca a causa de la

 

oscuridad y silencio del lugar y de su ambiente adusto y cansino de sitio de traba jo. En un pupitre leyó la

 

palabra Feto grabada varias veces en la madera oscura y manchada. Esta palabra sobrecogió su espíritu; le

 

pareció sentir en torno a él a los ausentes estu diantes del co legio y espantarse de su compañía. Y una vi sión

 

de la vida de ellos que las palabras de su padre habían sido incapaces de evocar, se elevó ante sus ojos

 

como si bro tara de las letras grabadas en la mesa. Un estudiante ancho de hombros y con bigote estaba

 

grabando gravemente el le trero a punta de navaja. Otros estudiantes estaban de pie o sentados cerca de él y

 

se reían de verle tan afanado. Uno le empuja con el codo. El robusto estudiante se vuelve hacia él

 

frunciendo el entrecejo. Lleva un vestido gris amplio y unas botas amarillas.

 

Stephen oyó que le llamaban. Bajó a toda prisa por las gradas del anfiteatro para apartarse todo lo posible

 

de la vi sión y procuró ocultar el arrebato del rostro acercando mu cho la cara a las iniciales de su padre.

 

Pero la palabra y la vi sión retozaban delante de sus ojos al regresar por el patio camino de la puerta de

 

entrada. Le extrañaba el encontrar en el mundo externo huellas de aquello que él había estimado hasta

 

entonces como una repugnante y peculiar enfermedad de su propia imaginación. Sus sueños monstruosos le

 

 

 

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acu dieron en tropel a la memoria. También ellos habían brota do furiosamente, de improviso, sugeridos por

 

simples pala bras. Y él se había rendido y los había dejado filtrarse por su inteligencia y profanarl a, sin

 

saber nunca de qué caverna de monstruosas imágenes procedían, dejándole siempre, tan pronto como se

 

desvanecían, débil y humilde ante los de más, asqueado de sí mismo e intranquilo.

 

––¡Mira, caramba! ––dijo míster Dédalus––. Apostaría cual quier cos a a que aquello son las Abacerías.

 

Seguramente que me has oído hablar muchas veces de las Abacerías, ¿no es verdad, Stephen? ¡Cuántas

 

veces nos hemos escapado des pués de pasar lista y nos hemos venido aquí! Éramos una nube: Harry Peard

 

y Jack Mountain y Bob Dyas y Maurice Moriarty el francés y Tom O’Grady y Mick Lacy del que te

 

hablaba esta mañana, y Joey Corbet y aquel buenazo de Johnny Keevers, el de Tantiles.

 

A lo largo del Mardyke, las hojas de los árboles se movían susurrantes bajo la luz del sol. Pasó un equipo

 

de jugadores de cricket. En una callejuela tranquila tocaba una charanga de cinco músicos alemanes, de

 

uniformes desteñidos e ins trumentos derrotados. Un grupo de golfillos de la calle y de recaderos

 

desocupados se había congregado delante de ellos. Una criada con bonete y delantal blanco estaba regando

 

una maceta en un alféizar que resplandecía como una losa de piedra caliza bajo la luz caliente y

 

deslumbrante. Y a través de otra ventana abierta, venían las notas de un piano que es cala tras e scala iban

 

trepando por el teclado.

 

Stephen caminaba al lado de su padre, oyendo historias que ya conocía, escuchando una vez más los

 

nombres de aquellos calaveras que habían sido los compañeros de juven tud de su padre, ya muertos o

 

desparramados por el mundo. Un vago malestar temblaba en su corazón. Y evocaba su pro pia y equívoca

 

posición en el colegio de Belvedere, alumno externo, primero de su clase, atemorizado de su propia au-

 

toridad, orgulloso, sensible y suspicaz, en lucha continua contra la miseria de su propia vida y el tumulto de

 

sus pen samientos. Aquellas letras grabadas en la manchada madera del pupitre le estaban contemplando

 

fijamente, como si hi cieran befa de su flaqueza corporal y de sus fútiles entusias mos, le provocaran a la

 

repugnancia de su propia locura y de las asquerosas orgías de su mente. La saliva le amargaba en la boca y

 

un vago malestar le subió al cerebro, hasta tal pun to, que tuvo que cerrar por un momento los ojos,

 

caminan do a ciegas.

 

Aún seguía la voz de su padre:

 

––El día que comiences a vivir por ti mismo, lo que supon go que ocurrirá de un momento a otro, aunque

 

te dediques a lo que te dediques, ten cuidado de juntarte con verdaderos caballeros. Cuando yo era

 

muchacho, ya te digo que la he go zado de lo lindo. Pero me juntaba con compañeros muy de centes. Cada

 

cual tenía su habilidad. Uno poseía una hermo sa voz, aquél era un buen actor, el otro sabía cantar una

 

canción con gracia, tal era un buen remero o un buen juga dor de raqueta, el de más allá sabía contar bien un

 

cuento, y así sucesivamente. La pelota estaba siempre en el tejado y la gozábamos de lo lindo y conocíamos

 

un poco el mundo, sin que ninguno de nosotros se quedara atrás. Pero, Stephen, todos éramos caballeros, al

 

menos así lo creo yo, y, además, irlandeses honrados y fieles a machamartillo. Ésa es la gente con la que yo

 

quiero que te juntes, con gente de buen natural. Te estoy hablando como a un amigo, Stephen. Yo no pienso

 

que un hijo pueda tener miedo a su padre. No: yo te trato del mismo modo que tu abuelo me trataba a mí,

 

cuando yo era aún un mocoso. Parecíamos más bien dos hermanos que padre e hijo. Nunca me olvidaré del

 

primer día que me pescó fumando. Estaba yo al fin de la Terraza del Sur con otros me quetrefes como yo, y

 

desde luego nos las dábamos de perso nas maduras porque teníamos una pipa en la boca. Y, de pronto: mi

 

padre que pasa. No dijo una palabra, ni siquiera se paró. Pero al día siguiente, que era domingo, fuimos jun-

 

tos a dar un paseo y cuando ya regresábamos, saca la petaca y me dice: Ya propósito, Simón, yo no sabía

 

que tú fumases ni cosa que se le pareciese. Yo hice desde luego lo posible para conllevar la situación. Si

 

quieres saborear cosa buena, añadió, prueba uno de estos puros. Me los ha regalado anoche, en

 

Queenstown, un capitán americano.

 

Stephen notó que la voz de su padre se deshacía en una carcajada: una carcajada que era casi un sollozo.

 

––Era en aquel tiempo el mozo más gallardo de Cork. ¡Cristo, si lo era! Las mujeres se volvían en la

 

calle para mi rarle.

 

Oyó que el sollozo se hundía sonoramente en la garganta de su padre y un impulso nervioso le hizo abrir

 

los ojos. La luz del sol, al romper de improviso contra sus pupilas, trans formaba el cielo y las nubes en un

 

mundo fantástico de ma sas sombrías entre lagos de luz den sa y rosada. Su mismo ce rebro era débil e

 

impotente. Apenas si podía interpretar los letreros de las tiendas. Porque aquella monstruosa vida suya le

 

había arrojado más allá de los límites de lo real. No había cosa del mundo real que le dijera nada, que le

 

conmoviera, a no ser que despertara un eco de aquellos alaridos furiosos que él sentía brotar de su interior.

 

No podía responder a las llamadas de la tierra ni de los hombres, sordo e insensible a la voz del verano y al

 

 

 

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gozo de la camaradería, ahíto y desco razonado de oír el sonido de las palabras de su padre. Ape nas si podía

 

reconocer como propios sus pensamientos. Y se repitió lentamente en voz baja:

 

––Yo soy Stephen Dédalus. Voy andando junto a mi padre que se llama Simón Dédalus. Estamos en

 

Cork, en Irlanda. Cork es una ciudad. Nuestra habitación está en el Hotel Vic toria. Victoria, Stephen,

 

Simón. Nombres.

 

Se le nubló de repente el recuerdo de su niñez. Trataba de evocar sus vívidos incidentes y no podía. Sólo

 

recordaba nombres. Dante, Parnell, Clane, Clongowes. Una señora de edad que tenía dos cepillos en su

 

armario y enseñaba geo grafia a un niño pequeñito. Luego le habían enviado de casa al colegio, había hecho

 

la primera comunión, había comido tiras de pasta de malvavisco que iba sacando de su gorra de cricket,

 

había visto desde su camita, en la enfermería, cómo el fuego saltaba y danzaba sobre la pared y había

 

soñado que se había muerto y que el rector, revestido de una capa dora da y negra, decía una misa por su

 

alma y que le enterraban en el reducido camposanto de la comunidad, al otro lado de la avenida de los tilos.

 

Pero no se había muerto. Parnell era el que se había muerto. No había habido misa en la capilla por el

 

difunto ni procesión. No se había muerto, sino que se ha bía desvanecido como una placa impresionada a la

 

luz del sol. Se había perdido o había emigrado de la existencia, por que ya no existía. ¡Qué extraño era el

 

pensar que él había de jado de existir de este modo, no a través de la muerte, sino desvanecido al sol, o

 

perdido y olvidado, Dios sabe dónde, en medio del universo! Y extraño también, ver que su cuer pecillo

 

reaparecía ahora por un momento: un niñín vestido con un traje gris de cinturón. Con las manos en los

 

bolsillos ylos pantalones sujetos por elásticos a las rodillas.

 

La tarde del día en que los bienes fueron vendidos, Ste phen siguió mecánicamente a su padre por la

 

ciudad de taberna en taberna. A los vendedores del mercado, a los camareros y a las mozas de mostrador, a

 

los mendigos que le importunaban pidiendo una limosna, míster Dédalus les había repetido la misma

 

historia, que él era de Cork y que había estado durante treinta años tratando de librarse allá arriba, en

 

Dublín, de su acento del sur; y que aquel Perico el de los Palotes que iba con él era su hijo, pero que aquél

 

ya no era más que un castizo de Dublín. Habían salido de mañana del café de Newcombe, donde la taza de

 

míster Dédalus ha bía temblequeado en el platillo, mientras Stephen, movien do la silla y con toses fingidas,

 

procuraba ocultar las vergon zosas señales de la correría alcohólica de su padre, la noche pasada. Las

 

humillaciones habían venido una tras otra: las falsas sonrisas de los vendedores del mercado, los meneos y

 

los guiños de las mozas de bar con las que su padre se dedi caba a timarse, los c umplimientos y las palabras

 

alentadoras de los amigos de míster Dédalus. Todos habían dicho que Stephen era el vivo retrato de su

 

abuelo y el padre había con venido en que lo era, aunque ni la mitad de buen mozo. Se habían dedicado a

 

rastrear huellas del acento de Cork en su manera de hablar y se habían obstinado en que confesara que el

 

Lee era un río mucho más hermoso que el Liffey. Uno de ellos había puesto a prueba el latín de Stephen

 

haciéndole traducir algunos pasajes de Dilecto y le había preguntado qué era lo gramatical, si Tempora

 

mutantur nos et mutamur in illis, o Tempora mutantur et nos mutamur in illis. Y otro, un viejecito muy

 

vivo, a quien míster Dédalus llamaba Johnny Cashman, le había hecho ruborizarse preguntándole cuáles

 

eran más bonitas, si las chicas de Dublín o las de Cork.

 

––No está hecho a eso. Déjele usted estar. Es un chico de ca beza sentada que no se preocupa de esas

 

tonterías.

 

––Entonces no es el hijo de su padre ––contestó el vejete.

 

––Nadie puede estar seguro ––dijo míster Dédalus sonrien do afablemente.

 

––Tu padre ––dijo el viejecito–– era en sus tiempos el tenorio más grande de toda la ciudad de Cork.

 

¿Sabías tú eso?

 

Stephen miraba al suelo estudiando el piso embaldosado del bar en el que se habían metido.

 

––No me le soliviante usted la cabeza ––dijo míster Déda lus––. Déjele usted tranquilo.

 

––Desde luego que no le soliviantaré la cabeza. Soy bastan te viejo para ser su abuelo. Porque yo soy

 

realmente abuelo ––le dijo elviejecillo a Stephen––. ¿No sabías tú eso?

 

––¿Sí? ––preguntó Stephen.

 

––Vaya si lo soy ––contestó el vejete––. Tengo dos nietos, dos mozancones que están en Sunday’s Wells.

 

Bueno, y ahora, ¿qué edad crees tú que tengo? Y que me acuerdo de haber visto a tu abuelo saliendo de

 

montería con su levita encarna da. Cl aro que eso era cuando tú no habías nacido aún.

 

––Ni en el pensamiento ––comentó míster Dédalus.

 

––Vaya si lo vi ––repitió el viejecito––. Y aún más, que me puedo acordar hasta de tu bisabuelo, el viejo

 

John Stephen Dédalus, y que era un camorrista formidable. Conque, mira, eso es tener memoria.

 

––Tres generaciones, quiá, cuatro generaciones ––dijo otro del grupo––. Que usted Johnny Cashman no

 

debe de andar lejos de los ciento.

 

 

 

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––Hombre, para decirte la verdad, tengo justo, justo, los veintisiete.

 

––Tenemos la edad que nos sentimos dentro, Johnny ––dijo míster Dédalus––. Conque tómese usted eso

 

que tiene ahí y que nos traigan otra de lo mismo. Tú, Tim o Tom, o como te llames: tráenos otra de lo

 

mismo. Yo me siento de diez y ocho años. Aquí tienen ustedes a este hijo mío, que no tiene la mitad de mi

 

edad, y sin embargo, le doy ciento y raya, aho ra y siempre.

 

––No hay que exagerar, Dédalus. Me parece que ya es tiem po de que vayas pensando en pasar a la

 

reserva ––dijo el que había hablado antes.

 

––¡No, por Cristo! ––afirmó míster Dédalus––. Que me pon go con él donde sea a cantar un aria de tenor,

 

o a saltar un portillo de cinco traviesas, o a correr tras los perros en el campo, como hice treinta años hace

 

con el chico de Kerry, que era el primero para eso.

 

––Pero me parece que éste te ganaría a esto ––dijo el viejeci to golpeándose en la frente y levantando al

 

mismo tiempo el vaso para acabarlo de apurar.

 

––Bueno, yo espero que ha de ser un hombre tan entero como su padre. Esto es todo lo que puedo decir –

 

–dijo míster Dédalus.

 

––Silo es, eso basta ––sentenció el viejo.

 

––Y démosle gracias a Dios ––dijo míster Dédalus–– que en tanto tiempo como hemos vivido, nunca

 

hemos hecho el menor daño a nadie.

 

––No, sino mucho de bueno ––rectificó el vejete gravemen te––. Gr acias sean dadas a Dios porque hemos

 

vivido largo tiempo y hemos hecho el bien.

 

Stephen observaba cómo los vasos se levantaban del mos trador cada vez que su padre y sus compinches

 

bebían a la memoria de su pasado. Un abismo abierto por el sino o por el temperamento le separaba de

 

ellos. Su alma parecía más vieja que la de ellos, y brillaba fríamente sobre sus porfías, sus alegrías y sus

 

pesares, como una luna sobre una tierra más joven. Ni la vida de la juventud se había agitado en él como en

 

ellos. No había conocido ni el placer de la camara dería, ni la ruda salud viril, ni la piedad filial. Nada se

 

agita ba en su alma fuera de una sensualidad fría, cruel y sin amor. Su niñez estaba muerta o perdida, y con

 

ella, el alma propi cia a las alegrías elementale s. Y estaba derivando por la vida como la cáscara estéril dula

 

luna.

 

¿Viene tu palidez de aquel hastío

 

de trepar por los cielos contemplando

 

la tierra, ¡oh ; tú la errante y solitaria…?

 

Se repitió en voz baja los versos del fragmento de Shelley. Aquella asociación simultánea que en ellos

 

había de triste esterilidad humana y actividad de vastos ciclos extrahuma nos refrigeró el espíritu de

 

Stephen. Y se olvidó de su propio dolor, estéril y humano.

 

La madre de Stephen, su hermano y uno de sus primos esta ban esperando en la esquina de la tranquila

 

plaza Foster, mientras él y su padre subían los escalones y pasaban a lo largo de la columnata bajo la cual

 

un soldado escocés estaba de centinela. Cuando hubieron entrado en el gran vestíbulo, se aproximaron a

 

una ventanilla y Stephen exhibió su man dato de pago contra el Banco de Irlanda por la suma de treinta y

 

tres libras. Y esta cantidad, suma de la dotación de su beca y de su premio de composición literaria, le fue

 

en tregada inmediatamente por el pagador e n billetes y mone das, respectivamente. Con fingida parsimonia

 

se las metió en el bolsillo y aún hubo de aguantar que el empleado, con el cual su padre había estado

 

charlando, le diera la mano por encima del ancho contador y le deseara un brillante porve n ir. Estaba

 

impaciente de oírles hablar y no podía lograr que sus pies se estuvieran quietos. Pero el empleado todavía

 

defi rió el atender a los que esperaban para decir que los tiempos habían cambiado mucho y que no había

 

nada mejor que dar una buena educación a un hijo, fuese al precio que fuese. To davía se entretuvo míster

 

Dédalus en el vestíbulo mirando en torno de sí y al techo y diciendo a Stephen, el cual le esta ba dando prisa

 

para que saliesen, que estaban en aquel mo mento en la casa de los comune s del antiguo parlamento ir-

 

landés.

 

––¡Dios se apiade de nosotros! ––dijo piadosamente––, ¡pen sar en los hombres de aquellos tiempos, Hely

 

Hutchinson y Flood y Henry Grattan y Charles Kendal Bushe, y pasar des pués a los aristócratas que nos

 

han tocado en suerte, a los di rectores actuales del pueblo irlandés, en Irlanda y fuera de ella! Cuando ni aun

 

muertos y en un campo de diez fanegas podrían ponerse los de ahora al lado de aquéllos. No, Ste phen;

 

siento decirte que los que tenemos ahora son tan estú p idos como aquello de: «vagando una mañana de

 

mayo her mosa, en el alegre mes del dulce junio».

 

 

 

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Un viento cortante de octubre soplaba en los alrededores del banco. Las tres personas que esperaban en el

 

borde de la acera embarrada, tenían la cara amoratada de frío y los ojos humedecidos. Stephen observó el

 

vestido ligero de su madre y recordó que había visto hacía algunos días en el escaparate de Barnardo un

 

abrigo marcado con el precio de veinte gui neas.

 

––Bueno. Ya está ––dijo míster Dédalus.

 

––Lo mejor que podríamos hacer sería ir a comer ––dijo Stephen––. ¿A dónde vamos?

 

––¿A comer? ––preguntó míster Dédalus––. Bueno, puede ser que sea lo mejor. ¿Qué os parece?

 

––A algún sitio que no sea muy caro ––dijo mistress Dé dalus.

 

––¿A Underdone?

 

––Sí. A algún sitio tranquilo.

 

––Venid ––dijo rápidamente Stephen––. No importa el precio.

 

Y echó a andar por delante, sonriendo, a pasos cortos y nerviosos. Los otros trataron de seguirle riéndose

 

también de sus prisas.

 

––Oye, Stephen, haz el favor de tomarlo con más tranquili dad. No vamos a ganar el premio de la media

 

milla, ¿no es eso?

 

Fue una corta temporada de diversiones en la cual el dine ro de los premios fluyó abundantemente de los

 

dedos de Stephen. De las tiendas del centro llegaban grandes paque tes de comesti bles, de golosinas y de

 

frutos secos. Cada día combinaba una lista diferente de platos para la familia y to das las noches invitaba al

 

teatro a una partida de tres o cua tro personas para ver Ingomar o La dama de Lyons. En los bolsillos de la

 

chaqueta llevaba pastillas de chocolate para obsequiar a sus invitados y los bolsillos del pantalón le re-

 

ventaban de monedas de plata y cobre. Compró regalos para todo el mundo, repasó por menudo su

 

habitación, escribió programas de vida, cambió de sitio en los estantes todos sus libros, se desojó leyendo

 

listas de precios de toda clase de co sas, estableció una especie de república para la casa, en la cual cada

 

persona tenía su cargo, abrió un banco de présta mos para la familia y apremiaba a tomar cantidades a prés-

 

tamo a todo el que se ofrecía a ello sólo por darse el gustazo de extender recibos y de calcular los intereses

 

de las sumas prestadas. Cuando ya no le quedó otra cosa, se dedicó a re correr la ciudad en tranvía de un

 

cabo a otro. Por último, el período de deleites llegó a su término. El bote de esmalte rosa se concluyó y el

 

maderamen de su alcoba quedó a me dio pintar y lleno de chafarrinones.

 

La casa volvió a su manera acostumbrada de vida. Su ma dre ya no tenía ocasión de reprenderle por

 

malgastar el dine ro. Él también volvió a su acostumbrada vida de colegial y todas sus originales empresas

 

se derrumbaron. La república fracasó, el banco cerró sus arcas y sus libros con notable pér dida, y las reglas

 

de vida que se había trazado a sí mismo ca yeron en desu so.

 

¡Cuán necio había sido su intento! Había tratado de cons truir un dique de orden y elegancia contra la

 

sórdida marea de la vida que le rodeaba y de contener el poderoso empuje de su marejada interior por

 

medio de reglas de conducta y activos intereses y nuevas relaciones filiales. Todo inútil. Las aguas habían

 

saltado por encima de sus barreras lo mismo por fuera que por dentro. Y las aguas continuaban su empu je

 

furioso por encima del malecón derruido.

 

Y vio también claramente su inútil aislamiento. No se ha bía acercado ni un solo paso a aquellas vidas a

 

las cuales ha bía tratado de aproximarse, ni había logrado echar un puen te sobre el abismo de vergüenza y

 

de rencor que le separaba de su madre y de sus hermanos. Apenas si sentía la comuni dad de san gre con

 

ellos, apenas si se imaginaba ligado a ellos más por una especie de misterioso parentesco adoptivo: hijo

 

adoptivo y hermano adoptivo.

 

Se dedicó a aplacarlos monstruosos deseos de su corazón ante los cuales todas las demás cosas le

 

resultaban vacías y extrañas. Se le importaba poco de estar en pecado mortal y de que su vida sé hubiera

 

convertido en un tejido de subter fugios y falsedades. Nada había sagrado para el salvaje deseo de realizar

 

las enormidades que le preocupaban. Soportaba cínicamente los pormenores de sus orgías secretas, en las

 

cuales se complacía en profanar pacientemente cualquier imagen que hubiera atraído sus ojos. Día y noche

 

se movía entre falseadas imágenes del mundo externo. Tal figura que durante el día le había parecido

 

inexpresiva e inocente, se le acercaba luego por la noche entre las espirales sombrías del sueño con una

 

malicia lasciva, brillantes los ojos de goce sensual. Sólo el despertar le atormentaba con sus confusos

 

recuerdos del orgiástico desenfreno, con el sentido agudo y humillante de la transgresión.

 

Y volvió a sus correrías. Los atardeceres velados del otoño le invitaban a andar de calle en calle como lo

 

había hecho años antes por las apacibles avenidas de Blackrock. Pero fal taba ahora la visión de los jardines

 

recortados y de las acoge doras luces de las ventanas, que hubiera podido ejercer una influencia calmante

 

sobre él. Sólo a veces, en las pausas del deseo, cuando la lujuria que le estaba consumiendo dejaba espacio

 

para una languidez más suave, la imagen de Merce des atravesaba por el fondo de su memoria.

 

 

 

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Y volvía a ver la casita blanca y el jardín lleno de rosales en el camino que lleva a las montañas y

 

recordaba el orgulloso gesto de desaire que había de hacer allí, de pie, en el jardín bañado en luz lunar, tras

 

muchos años de extrañamiento y aventura. En estos momentos, las dulces palabras de Claude Melnotte

 

subían hasta sus labios y aplacaban su intranqui lidad.

 

Sentía un vago presentimiento de aquella cita que había estado buscando, y a pesar de la horrible realidad

 

interpues ta entre su esperanza de entonces y lo presente, preveía aquel sagrado encuentro que en otro

 

tiempo había imaginado y en el cual habían de desprenderse de él la debilidad, la timidez y la

 

inexperiencia.

 

Tales momentos pasaban pronto, y las devoradoras lla mas de la lujuria brotaban de nuevo. Los versos se

 

borraban de sus labios y los gritos inarticulados y las palabras bestia les, nunca pronunciadas, brotaban

 

ahora de su cerebro tra tando de buscar salida. Su sangre estaba alborotada. Erraba arriba y abajo por calles

 

oscuras y fangosas, escudriñando en la sombra de las callejuelas y de las puertas, escuchando ávidamente

 

cualquier sonido. Gemía como una bestia fraca sada en su rapiña. Nacesitaba pecar con otro ser de su mis ma

 

naturaleza, forzar a otro ser a pecar con él, regocijarse con una mujer en el pecado. Sentía una presencia

 

oscura que venía hacia él de entre las sombras, una presencia sutil y su surrante como una riada que le fuera

 

anegando completa mente. Era un murmullo que le c erraba los oídos: tal el mur mullo de una multitud

 

dormida. Ondas sutiles penetraban todo su ser. Las manos se le crispaban convulsivamente y apretaba los

 

dientes como si sufriera la agonía de aquella pe netración. En la calle extendía los brazos para alca nzar la

 

forma huidiza y frágil que se le escapaba incitándole… Hasta que, por fin, el grito que había ahogado tanto

 

tiempo en su garganta brotó ahora de sus labios. Brotó de él como un ge mido de desesperación de un

 

infierno de condenados y se desvaneció en un furioso gemido de súplica, como un la mento por un inicuo

 

abandono, un lamento que era sólo el eco de una inscripción obscena que había leído en la rezu mante pared

 

de un urinario.

 

Había estado errando por un laberinto de calles estrechas y sucias. De las malolientes callejuelas venían

 

tumultos de voces roncas y de disputas, y lentas tonadas de cantores bo rrachos. Y siguió adelante, sin

 

desmayar, pensando si tal vez habría ido a dar al barrio de los judíos. Cruzaban de casa a casa muchachas y

 

mujeres vestidas con trajes largos y chillo nes, perfumadas y despaciosas. Un temblor se apoderó de él y sus

 

ojos se nublaron. Y ante su confusa vista, las llamas amarillas del gas se elevaban contra un cielo cubierto

 

de nie blas, ardiendo como ante un altar. En los umbrales de las puertas y en los vestíbulos iluminados,

 

había grupos miste riosos dispuestos como para un rito. Era otro mundo distin to: se había despertado de una

 

soñolencia de centurias.

 

Estaba aún en mitad del arroyo sintiendo que el corazón le clamaba tumultuosamente en el pecho. Una

 

mujer joven, vestida con un largo traje color rosa, le puso la mano en el brazo para detenerle y le dijo:

 

––Buenas noches, rico.

 

La habitación templada y luminosa. Una enorme muñeca estaba espatarrada sobre el amplio butacón de

 

al lado de la cama. Trató de hacer articular a su lengua algunas palabras para parecer sereno, mientras veía

 

cómo ella se iba despo jando del traje, y observaba los movimientos sabios y orgu llosos de aquella cabeza

 

perfumada.

 

Y ella avanzó hasta él, que permanecía en medio de la ha bitación, y le abrazó alegre y reposadamente.

 

Sus brazos re dondos le ceñían contra ella; su cara se levantaba mirándole con una tranquila seriedad que él

 

sentía tibiamente en el movimiento alterno y reposado de los pechos. Sentía la ne cesidad de romper en

 

sollozos. Lágrimas de alegría y de con suelo brillaban en sus ojos extasiados y sus labios se entre abrían para

 

hablar; pero la voz no salía de su garganta.

 

Y ella le pasó por el cabello su mano tintineante llamán d ole mala personita.

 

––Dame un beso ––le dijo.

 

Pero los labios de él no sentían deseo de besarla. Lo que quería era verse ceñido firmemente entre los

 

brazos de ella. Ser acariciado lentamente, lentamente, lentamente. Que en tre aquellos brazos sentía habers e

 

vuelto fuerte, impávido, seguro de sí mismo. Pero sus labios no se habían de inclinar para besarla.

 

De pronto, ella volvió la cabeza y le oprimió los labios con los suyos. Y él leyó lo que querían decir

 

aquellos movimien tos en los ojos francos que, leva ntados, le miraban. Era de masiado, cerró los ojos y se

 

entregó a ella, en cuerpo y alma, sin conciencia de cosa de este mundo, salvo del sombrío roce, de la dulce

 

hendidura de aquellos labios. Los sentía en la carne y en el cerebro como conductores de un vago idio ma. Y

 

entre ellos sintió una desconocida y tímida presión, más sombría que el desfallecimiento del pecado, más

 

dulce que el sonido o el olor.

 

Tres

 

 

 

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El corto crepúsculo decembrino se había desplomado torpemente tras un día plomizo, y mientras Stephen

 

miraba el sombrío cuadrado de la ventana de la clase, el vientre le es taba reclamando alimento. Esperaba

 

que tendrían estofado para cenar, con nabos, zanahorias y patatas majadas y gra sientos pedazos de cordero

 

adecuados para ser bien revuel tos en la salsa gruesa, adobada de harina y de pimienta. ¡En gúlletelo!, ésta

 

era la voz del vientre.

 

Sería una noche sombría y secreta. Poco después de la caí da de la noche las lámparas amarillas

 

iluminarían aquí y allá el sórdido barrio de los burdeles. Iría por caminos extravia dos, calles arriba y abajo,

 

haciendo círculos cada vez más ce rrados, más cerrados, con un estremecimiento de temor y de alegría,

 

hasta que sus pasos le llevaran de pronto a trasponer cierto sombrío rincón. Las cantoneras estarían saliendo

 

de sus casas, preparándose para la noche, desperezándose aún del sueño y ajustándose las horquillas en los

 

mechones de pelo. Y él pasaría tranquilamente por entre ellas esperando sólo un momentáneo movimiento

 

de su voluntad o un im previsto llamamiento que a su espíritu hiciera aquella carne suave y perfumada. Y

 

sin embargo, al rondar en busca de tal llamada, sus sentidos embrutecidos sólo por el deseo ten drían que

 

anotar agudamente todo lo que los hería o llenaba de oprobios: sus ojos, un círculo de espuma de cerveza

 

sobre una mesa sin tapete o una fotografía de dos soldados en po sición de firmes o un cartel chillón de

 

teatro; sus oídos, la re calcada jerga de los saludos.

 

––Hola, Bertie, ¿qué?, ¿vienes?

 

––¿Eres tú, pichón?

 

––En el número diez. Nelly la Frescachona te está esperando.

 

––Buenas noches, maridito. ¿Qué, entras un rato?

 

La ecuación en la página de su borrador comenzó a desa rrollar una cola cada vez más ancha, llena de

 

ojos y estrellada como la rueda de un pavo real. Y según iba eliminando los exponentes volvía a recogerse

 

y desplegarse despacio. Los ex ponentes aparecían y desaparecían según los ojos se iban abriendo o

 

cerrando. Y los ojos al abrirse y al cerrarse eran estrellas que nacían o se apagaban. Este vasto ciclo de vida

 

estrellada transportaba su imaginación, hacia afuera, hasta su límite, y, hacia el interior, hasta su centro,

 

mientras una música distante acompañaba tal flujo y reflujo. Pero, ¿qué música? La música se fue

 

aproximando y logró evocar las palabras, aquellas palabras del fragmento de Shelley en que habla de la

 

luna errante, sin compañía, pálida de hastío. Las estrellas comenzaron a desmenuzarse y una nube de fino

 

polvo estelar cayó por el espacio.

 

La luz tristona se hacía aún más débil sobre la página don de una nueva ecuación había comenzado a

 

desarrollarse, amplificando progresivamente su ancha cola: era su propia alma que salía a la ventura,

 

desarrollándose pecado tras pe cado, amplificando la luminaria de sus ardientes estrellas, para replegarse de

 

nuevo y desvanecerse lentamente, apaga das sus luces y sus llamas. Se había apagado. Y la oscuridad fría

 

llenaba el caos.

 

Una fría y lúcida indiferencia reinaba en su alma. Tras su primero y violento pecado sintió que una onda

 

de vitalidad había fluido de él y temió no quedara su alma o su cuerpo mutilados por el exceso. Mas, no; la

 

onda vital se lo había lle vado en su seno para devolverle otra vez en el reflujo. Y ni su alma ni su cuerpo

 

habían sido mutilados, y una paz sombría se había establecido entre ellos. El caso en el cual su ardor se

 

extinguía era el frío e indiferente conocimiento de sí mismo. Había pecado mortalmente no sólo una vez,

 

sino muchas; y sabía que aunque por el primer pecado estaba ya en peligro de eterna condenación, cada

 

nuevo pecado multiplicaba su culpa y su castigo. Sus días, sus palabras, sus pensamientos no le podían ser

 

propiciatorios porque las fuentes de la gra cia santificante habían dejado de refrescar su alma. A lo más, al

 

dar una limosna a un mendigo de cuyas bendiciones huía, podía esperar lleno de tedio el obtener alguna

 

partícula de gracia actual. La devoción se le había marchado por la bor da. ¿De qué le servía rezar si sabía

 

que su alma estaba anhe lando la propia destrucción? Algo que era orgullo o temor le impedía el ofrecer a

 

Dios ni siquiera una plegaria por la no che, aunque sabía que estaba en la mano de Dios el arreba tarle la

 

vida durante el sueño y precipitarle en el infierno, sin darle tiempo ni aun de pedir clemencia. El orgullo de

 

su cul pa, y su frío temor de Dios, le decí an que su ofensa era dema siado grave para que pudiera ser

 

reparada, ni total ni par cialmente, por un falso homenaje dirigido al que todo lo ve y todo lo sabe.

 

––¡Está bien, Ennis! ¡Te digo que tienes la cabeza tan dura como el puño de mi bastón! ¡De modo que

 

sales con que no me puedes decir lo que es una cantidad irracional!

 

La disparatada respuesta reavivó el rescoldo de su despre ció hacia sus compañeros. Para con los otros no

 

sentía ni vergüenza ni temor. Los domingos por la mañana, al pasar por la puerta de la iglesia, echaba una

 

mirada llena de frial dad a los devotos que destocados, de cuatro en fondo, esta ban a la parte de fuera

 

asistiendo espiritualmente a la misa que no podían ni ver ni oír. Su roma piedad y el mareante olor de las

 

 

 

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pomadas baratas con las que se habían untado la cabeza, le repelían de aquel mismo altar que ellos

 

adoraban. Y se rebajó hasta el vicio de ser hipócrita para con los demás, permitiéndose dudar

 

escépticamente de una inocencia que a él le costaba tan poco trabajo fingir.

 

De la pared de su alcoba pendía un pergamino iluminado, el diploma de prefecto de la congregación de la

 

Santísima Virgen María que había en el colegio. Los domingos por la mañana, cuando la congregación se

 

reunía en la capilla para rezar el oficio parvo, su sitio era un reclinatorio acojinado, a la derecha del altar,

 

desde el cual dirigía las respuestas de los congregantes de su ala. La falsedad de su posición no le ape-

 

sadumbraba. En algunos momentos sentía impulsos de le vantarse de su sitio de honor y ab andonar la

 

capilla tras ha ber confesado su indignidad, pero una sola mirada a las caras de sus compañeros le detenía.

 

Las metáforas de los sal mos proféticos amansaban su estéril orgullo. Las glorias de María mantenían su

 

alma cautiva: nardo, mirra e incienso simbolizaban su real linaje; sus emblemas, la planta y el ár bol de

 

serondo florecer, simbolizaban el gradual crecimien to de su culto entre los hombres a través de las edades.

 

Cuan do le tocaba leer la lección al fin del oficio, leía con una voz vela da, acunándose la conciencia con su

 

música.

 

Quasi cedrus exaltata sum in Libanon et quasi cupressus in monte Sion. Quasi palma exaltata sum in

 

Gades et quasi plantatio rosae in Jericho. Quasi uliva speciosa in campis et quasi platanus exaltata sum

 

juxta aquam in plateis. Sicut cin namomum et balsamum aromatizans odorem dedi et quasi myrrha electa

 

deai suavitatem odoris.

 

Su pecado le había apartado de la vista de Dios, pero le ha bía conducido más cerca del refugio de los

 

pecadores. Los ojos de la Virgen parecían mirarle con una benigna piedad. Su santidad, como una extraña

 

luz que brillara vagamente sobre su carne delicada, no humillaba al pecador que se acer caba a ella. Si

 

alguna vez se sentía impelido a arrojar de sí el pecado y a arrepentirse, el impulso que le movía era el de ser

 

su caballero. Si alguna vez su alma volvía a entrar en la propia morada, apagado ya el frenesí del deseo

 

carnal, y se volvía a aquella cuyo emblema es el lucero de la mañana, ese lucero brillante y musical que nos

 

habla del cielo y paz infunde, era cuando los nombres de ella eran murmurados suavemente por aquellos

 

labios donde todavía había un eco de puercas y vergonzosas palabras, tal vez el sabor de un beso lascivo.

 

Era extraño. Trataba de explicarse cómo podía ser. Pero el crepúsculo, que se hacía cada vez más denso

 

en la clase, le ocultaba sus propios pensamientos. Sonó la campana. El profesor señaló los problemas y los

 

gráficos que tenían que preparar para el próximo día y salió. Al lado de Stephen, He ron comenzó a cantar

 

desaforadamente:

 

Mi excelente amigo Bombados.

 

Ennis, que había ido al patio, volvió diciendo:

 

––El recadero de la residencia viene a buscar al rector.

 

Un muchacho alto que estaba detrás de Stephen se frotó las manos y dijo:

 

––¡Estupendo! Entonces podemos hacer lo que nos dé la gana toda la hora. Seguramente no vuelve hasta

 

después de las dos y media. Y entonces le puedes preguntar dudas de ca tecismo, tú, Dédalus.

 

Stephen estaba recostado hacia atrás y dibujaba indolen temente en el borrador escuchando l a charla de

 

los otros, que Heron se encargaba de moderar de vez en cuando, di ciendo:

 

––Callad la boca, si os dala gana. No arméis ese condenado jaleo.

 

Era extraño cómo encontraba un árido placer en seguir hasta su término líneas de doctrina católica y en

 

penetrar hasta los puntos más oscuros sólo por oír y sentir más profundamente su propia condenación.

 

Aquella sentencia de la Epístola del apóstol Santiago, según la cual el que in fringe un mandamiento se hace

 

reo de todos, le había pa recido antes ser una frase vacía y sólo la había llegado a comprender ahora al

 

tantear en la oscuridad de su propia situación. De la mala semilla del placer habían brotado to dos los otros

 

pecados mortales: orgullo de sí mismo y des precio de los demás, codicia de dinero para procurarse placeres

 

vedados, envidia de aquellos cuyos vicios no po día alcanzar, goce glotón de la comida, aquella cólera

 

sombría y calenturienta entre la cual fermentaba el deseo, el pantano de pereza espiritual y corporal en el

 

que todo su ser se había hundido.

 

Cuando sentado en su pupitre contemplaba fijamente la cara astuta y enérgica del rector, la mente de

 

Stephen se des lizaba sinuosamente a través de aquellas peregrinas dificul tades que le eran propuestas. Si un

 

hombre hubiera robado una libra esterlina en su juventud y con aquella libra hubiera amasado luego una

 

enorme fortuna, ¿qué era lo que estaba obligado a devolver, sólo la libra que había robado, o la libra con

 

 

 

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todos los intereses acumulados, o el total de su inmen sa fortuna? Si un seglar al administrar el bautismo,

 

vierte el agua antes de pronunciar las palabras rituales, ¿queda el niño bautizado? ¿Es válido el bautismo

 

con agua mineral? ¿Cómo puede ser que mientras la primera bienaventuranza promete el reino de los cielos

 

a los pobres de corazón, la se gunda promete a los mansos la posesión de la tierra? ¿Por qué fue el

 

sacramento de la eucaristía instituido bajo las es pecies de pan y vino, siendo así que Jesucristo está presente

 

en cuerpo y sangre, alma y divinidad en el pan solo y en el vino solo? ¿Contiene una pequeña partícula del

 

pan consa grado todo el cuerpo y la sangre de Jesucristo, o sólo una parte de ellos? Si el vino se agria y la

 

hostia se corrompe y se desmenuza, ¿continúa Jesucristo estando presente bajo las especies como Dios y

 

como hombre?

 

––¡Que viene! ¡Que viene!

 

Un chico apostado a la ventana había visto que el rector salía de la residencia. Todos los catecismos se

 

abrieron; to das las cabezas se inclinaron sobre ellos silenciosamente. El rector entró y ocupó su asiento

 

sobre la tarima. Un suave puntapié del chico alto que estaba sentado en el banco de de trás de Stephen urgió

 

a éste para que propusiera alguna cuestión muy difícil.

 

Pero el rector no pidió un catecismo para preguntar por él la lección, sino que unió las manos sobre el

 

pupitre y dijo:

 

––El miércoles por la noche comenzará el retiro en honor de San Francisco Xavier, cuya festividad se

 

celebra el sábado. El retiro durará desde el miércoles hasta el viernes. El vier nes por la tarde, después del

 

rosario, habrá confesiones ge nerales. Si algunos alumnos tienen ya su confesor especial, tal vez será lo

 

mejor que no cambien. El sábado, a las nueve de la mañana habrá misa de comunión general para todo el

 

colegio. El sábado será día de vacación. Pero como el sábado y el domingo son días de vacación, puede ser

 

que haya algu nos alumnos que se inclinen a pensar que el lunes no hay cla se tampoco. ¡Mucho cuidado con

 

no incurrir en este error! Supongo que tú, Lawless, incurrirás probablemente en esta equivocación.

 

––¿Yo, señor? ¿Por qué, señor?

 

Una oleada de contenida hilaridad salió de la sonrisa severa del rector y se propagó por la clase. El

 

corazón de Stephen comenzó a replegarse y a marchitarse como una flor en agonía.

 

El padre rector prosiguió gravemente:

 

––Os supongo a todos familiarizados con la vida de San Francisco Xavier, patrón de nuestro colegio.

 

Procedía de una antigua e ilustre familia española y recordaréis que fue uno de los primeros seguidores de

 

San Ignacio. Se encontra ron en París, donde Francisco Xavier era profesor de Filoso fia en la Universidad.

 

Xavier, joven, brillante, noble y hombre de letras, se penetró en cuerpo y alma de las ideas de nuestro

 

glorioso fundador y, como sabéis, a petición propia fue enviado por San Ignacio a predicar a los indios. Se

 

le lla ma, como recordaréis, el Apóstol de las Indias. Recorrió todo el oriente, bautizando a las multitudes,

 

de territorio en territorio, desde África hasta la India, desde la India hasta el Japón. Se dice que llegó a

 

bautizar hasta diez mil idólatras en un mes y que su brazo derecho se le quedó paralítico de ha berse alzado

 

tantas veces sobre las cabezas de aquellos a quienes administraba el bautismo. Después se propuso en trar

 

en China para ganar todavía más almas para Dios, pero murió de fiebres en la isla de Sancian. ¡Qué gran

 

santo San Francisco Xavier! ¡Qué gran soldado de Dios!

 

El rector hizo una pausa y luego, sacudiendo delante de sí las manos unidas, continuó:

 

––Poseía la fe que mueve las montañas. ¡Diez mil almas ga nadas para Dios en sólo un mes! ¡Éste sí que

 

era un verdade ro conquistador, fiel al lema de nuestra Orden, ad majorem Dei gloriam! Acordaos de que es

 

un santo que tiene gran po der en el cielo: poder para interceder por nosotros en nues tras tribulaciones,

 

siempre que sea para bien de nuestra alma; poder para obtenernos la gracia del arrepentimiento si hemos

 

caído en el pecado. ¡Qué gran santo, San Francisco Xavier! ¡Qué gran pescador de almas!

 

Había cesado de agitar sus manos unidas y, descansándo las sobre la frente, lanzaba aguda s miradas a su

 

auditorio, miradas que salían de sus ojos sombríos y severos, salvando, ora por la derecha y ora por la

 

izquierda, la pantalla dulas manos.

 

Y en el silencio, la combustión sombría de aquellos ojos incendiaba el crepúsculo en una lumbrarada

 

amarillenta. El corazón de Stephen se había marchitado como una flor del desierto al sentir en la lejanía los

 

presagios del simún.

 

––Acuérdate tan sólo de tus postrimerías y no pecarás jamás, son palabras tomadas, mis queridos

 

hermanitos en Jesucris to, de l libro del Eclesiastés, capítulo séptimo, versículo cuar to. En el nombre del

 

Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Stephen estaba sentado en el primer banco de la capilla. El Padre Arnall lo estaba ante una mesa a la

 

derecha del altar. Tenía echado sobre los hombros un pesado manteo, la cara pálida y consumida, y una voz

 

 

 

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cascada de reumático. La fi gura tan extrañamente cambiada de su profesor, trajo a la mente de Stephen las

 

escenas de su vida anterior en Clongo wes: los anchos campos de juego, ho rmigueantes de mucha chos; el

 

foso; el pequeño cementerio al otro lado de la aveni da de tilos donde él había soñado que le enterraban; el

 

resplandor del fuego sobre la pared de la enfermería donde yacía enfermo; la cara ensombrecida del

 

hermano Michael. Y según estos recuerdos le iban volviendo, su alma se iba convirtiendo otra vez en el

 

alma de un niño.

 

––Nos hemos congregado hoy aquí, mis queridos herma nitos en Cristo, apartados por un breve momento

 

del baru llo afanoso del mundo exterior, para celebrar y honrar a uno de los más grandes santos, al apóstol

 

de las Indias, santo pa trono también de vuestro colegio, a San Francisco Xavier. Año tras año, durante

 

mucho más tiempo que lo que cual quiera de vosotros o yo mismo podemos recordar, se han reunido lo s

 

alumnos de este colegio en esta misma capilla, para hacer el retiro anual antes de la fiesta de su santo patro-

 

no. Ha ido pasando el tiempo e introduciendo nuevos cam bios. Aun en los últimos años, ¿cuántos cambios

 

no podéis recordar muchos de vosotros? Muchos de los jóvenes que hace pocos años se sentaban en esos

 

mismos bancos, están ahora quizás en tierras lejanas, o sumergidos ya en deberes profesionales, o en

 

seminarios, o bien viajando sobre la vas ta extensión de los abismos del mar, o tal vez, llam ados ya a la otra

 

vida por el gran Dios, para rendir cuentas de su con ducta terrestre. Y sin embargo, conforme los años van

 

ro dando, trayendo consigo sus cambios, lo mismo para bien que para mal, invariablemente la memoria de

 

este gran san to se ve honrad a por los alumnos de este colegio, cada año una vez, en los días de retiro que

 

preceden a la festividad es tablecida por nuestra Santa Madre la Iglesia, para transmitir a todas las edades el

 

nombre y la fama de uno de los más grandes hijos de la católica España.

 

»Pero veamos ahora cuál es el significado de esta palabra, “retiro”, y por qué es considerada por todo el

 

mundo como la práctica más saludable para todo el que desee llevar ante Dios y a los ojos de los hombres

 

una vida verdaderamen te cristiana. Re tiro, queridos niños, significa un temporal apartamiento de todos los

 

cuidados de la vida, de todas las preocupaciones y trabajos de la vida diaria, con objeto de examinar el

 

estado de nuestra conciencia, para proyectar so bre ella los misterios de la sant a religión y para comprender

 

mejor cuál es la causa por la que estamos aquí en este mun do. Durante estos pocos días, voy a tratar de

 

poneros delante algunos pensamientos concernientes a nuestras cuatro pos trimerías. Nuestras postrimerías

 

son, como sabéis por el ca tecismo: muerte, juicio, infierno y gloria. Trataremos de comprenderlas

 

plenamente durante estos pocos días, de modo que podamos derivar de la comprensión de ellas un durade ro

 

beneficio para nuestras almas. Y acordaos, queridos jóve nes, de que hemos sido enviados a este mundo

 

para una cosa y sólo para una cosa: para hacer la santa voluntad de Dios y salvar nuestras almas inmortales.

 

Todo lo demás carece de valor. Sólo una cosa es necesaria y es: la salvación de nuestra alma. ¿De qué le

 

aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma inmortal? ¡Ah, queridos niños, creedme que

 

no hay nada en este mundo miserable que pueda com pensar semejante pérdida!

 

»Os voy a rogar, por tanto, queridos jóvenes, que apartéis de vuestra imaginación durante estos pocos

 

días todo pen samiento mundano, ya sea de estudios o de placer o de am bición, y que prestéis toda vuestra

 

atención al estado de vuestra propia alma. Casi no necesito advertiros que duran te estos días de retiro

 

debéis todos observar una conducta compuesta y piadosa y evitar todo recreo ruidoso o inconve niente. Los

 

mayores, desde luego, cuidarán de que no se in frinja esta costumbre, y me dirijo especialmente a los

 

prefec tos y dignidades de la congregación de la Santísima Virgen y de los S antos Ángeles, para que den

 

buen ejemplo a sus com pañeros.

 

»Procuremos, por tanto, hacer este retiro en honor de San Francisco con todo nuestro corazón y nuestra

 

mente. Si así lo hacéis, la bendición de Dios caerá sobre vuestros estu dios. Pero, antes que nada y por

 

encima de todo, haced que este retiro sea tal que podáis volver los ojos hacia él en años venideros, cuando

 

estéis tal vez lejos de este colegio y en otros alrededores muy distintos; que sea tal que podáis vol ver los

 

ojos a él con alegría y reconocimiento y dar gracias a Dios por haberos concedido esta ocasión de echar los

 

pri meros cimientos de una vida piadosa y honrada, celosa y cristiana. Y si, como pudiera ocurrir, hay ahora

 

en esos ban cos alguna pobre alma que ha tenido la inexpresable d esdi cha de perder la santa gracia de Dios

 

y caer en pecado mor tal, yo confío fervientemente y pido a Dios que este retiro sea para ella el punto de

 

regreso a una nueva vida. Y le ruego a Dios, por los méritos de su celoso siervo Francisco Xavier, que tal

 

alma pueda ser llevada a un sincero arrepentimiento y que la santa comunión en el día de San Francisco de

 

este año, sirva de perpetua alianza entre ella y Dios. Y que este retiro sea de grata memoria, para el justo

 

como para el injus to, para el santo lo mismo que para el pecador.

 

»Ayudadme, queridos hermanitos en Cristo, ayudadme con vuestra piadosa atención, con vuestra

 

devoción, con vuestra conducta externa. Desterrad de vuestra imagina ción todo pensamiento mundano y

 

pensad sólo en vuestras postrimerías: muerte, juicio, infierno y gloria. Aquel que las recuerde, dice el

 

 

 

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Eclesiastés, no pecará jamás. Aquel que se acuerde de sus postrimerías obrará y pensará siempre con ellas

 

delante de los ojos. Y vivirá una vida buena y tendrá una buena muerte, creyendo y sabiendo que todos los

 

sacri ficios que ha experimentado en esta vida le serán pagados al ciento por uno, al mil por uno, en la vida

 

venidera, en el rei no sin acabamiento. Y ésta es la felicidad que os deseo con todo mi corazón a todos y a

 

cada uno de vosotros; amados jóvenes, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu San to. Amén.

 

Mientras regresaba a casa entre otros compañeros silen ciosos, una espesa niebla parecía rodear su

 

espíritu. Esperó sumido en un estupor imaginativo a que se levantara y reve lara lo que tenía escondido

 

dentro. Cenó con devorador ape tito y cuando se acabó la cena y sólo quedaron los platos gra sientos

 

abandonados sobre la mesa, se levantó y fue hacia la ventana, limpiándose con la lengua la boca de los

 

residuos de la comida y lamiéndose los labios para quitar la grasa de ellos. Hasta aquel estado había ido a

 

dar, hasta aquel estado de bestia que se relame de la carnaza. Era lo último. Y una te nue vislumbre de terror

 

comenzó a atravesar la niebla de su espíritu. Oprimió su rostro contra el cristal de la ventana y atisbó la

 

calle, donde estaba oscureciendo. Vagas formas pa saban aquí y allá a través de la luz triste. Y aquello era la

 

vida. Las letras del nombre de Dublín las tenía grabadas en su ce rebro, y allí se entrec hocaban furiosamente

 

de un lado a otro con una insistencia ruda y monótona. Su alma se estaba tu mefactando y cuajándose en

 

una masa sangrienta que se iba hundiendo llena de oscuro terror en un crepúsculo amena zador y sombrío;

 

y, mientras tanto, aquel cuerpo suyo, laxo y deshonrado, buscaba con ojos torpes, huérfano, humano y

 

conturbado, un dios bovino en quien poder fijar la mirada.

 

El día siguiente aportó consigo muerte y juicios y con ellos el despertar del alma de Stephen de su inerte

 

desespe ración. L a vaga vislumbre de miedo se convirtió ahora en es panto cuando la voz ronca del

 

predicador fue introduciendo la idea de la muerte en su alma. Sufrió todas las miserias de la agonía. Sintió

 

el escalofrío de la muerte que se apoderaba de sus extremidades y se deslizaba hacia el corazón; el velo de

 

la muerte que le velaba los ojos; cómo se iban apagando cual lámparas los centros animados de su cerebro;

 

el postrer su dor que rezumaba de la piel; la impotencia de los miembros moribundos; la palabra que se iba

 

haciendo torpe e indeci sa, extinguiéndose poco a poco; el palpitar del corazón, cada vez más tenue, casi

 

rendido ya, y el soplo, el pobre soplo vi tal, el triste e inerte espíritu humano, sollozante y suspiran te, en un

 

ronquido, en un estertor, allá en la garganta. ¡No hay salvación! ¡No hay salvación! Él ––él mismo––, aquel

 

cuer po al cual se había entregado en vida, era quien moría. ¡A la sepultura con él! ¡A clavetear bien ese

 

cadáver en una caja de madera! ¡A sacarlo de la casa a hombros de mercenarios! ¡Que lo arrojen fuera de la

 

vista de los hombres en un hoyo largo, a pudrirse, a servir de pasto a una masa bullidora de gusanos, a ser

 

devorado por las ratas de remos ágiles y fofo bandullo!

 

Y mientras los amigos se deshacían todavía en lágrimas a la cabecera del lecho, el alma era juzgada. En

 

el último mo mento consciente, toda la vida terrena había desfilado ante la vista del alma y, antes de que

 

pudiera reflexionar, el cuer po había muerto y el alma estaba en pie, aterrada, delante de su tribunal. Dio s,

 

que había sido clemente tanto tiempo, iba a ser justo ahora. Había sido paciente largo tiempo, tratan do de

 

persuadir al alma pecadora, dándole tiempo para arrepentirse, dándole un plazo más todavía. Pero aquel

 

tiempo había pasado. Había habido tiempo para pecar y re crearse, tiempo para hacer befa de Dios y de las

 

advertencias de su santa Iglesia, tiempo para desafiar su majestad, para desobedecer sus mandamientos,

 

para engañar al prójimo, para cometer un pecado tras otro pecado y ocultar a los ojos de los hombres la

 

propia corrupción. Pero aquel tiempo ha bía pasado. Ahora era la vez de Dios, y a Él no se le iba a en gañar.

 

Cada pecado había de salir de su escondrijo, el más rebelde contra la divina voluntad y el más degradante

 

para nuestra pobre y corrompida naturaleza, la más leve imper fección lo mismo qué el más nefando delito.

 

¿De qué servía entonces haber sido un gran emperador, un gran general, un maravilloso inventor, o el más

 

sabio entre los sabios? Todos eran lo mismo ante el tribunal de Dios. Y Él había de pre miar al bueno y

 

castigar al malvado. Un solo instante basta ba para el juicio del alma de un hombre. Un solo instante

 

después de la muerte del cuerpo, el alma había sido ya pesa da en la balanza. El juicio particular estaba

 

terminado, y el alma había pasado a la mansión de bienaventuranza, o a la cárcel del purgatorio, o había

 

sido arrojada, dando aullidos, al infierno.

 

Pero esto no era todo. La justicia de Dios tenía que ser to davía vindicada ante los hombres. Tras el juicio

 

particular quedaba aún el juicio universal. El último día había llegado. El juicio final se acercaba. Las

 

estrellas del cielo caían sobre la tierra como los higos arrancados de la higuera que el hu racán agita. El sol,

 

la gran luminaria del universo, se había convertido en un saco de cilicio. El arcángel San Miguel, el

 

príncipe de la milicia celestial, aparecía glorioso y terrible sobre el cielo. Con un pie sobre el mar y el otro

 

sobre la tie rra, anunciaba con su trompeta arcangélica la consumación de los tiempos. Los tres toques del

 

arcángel llenaban el uni verso. Tiempo hay, tiempo hubo, pero no lo habrá ya. Al últi mo toque, las almas de

 

la universal humanidad se aglome ran hacia el valle de Josaphat, ricos y pobres, nobles y plebeyos, sabios y

 

 

 

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mentecatos, buenos y malvados. Las al mas de todos los seres humanos que han existido y las de aquellos

 

que han de nacer aún; todos los hijos y las hijas de Adán, todos están reunidos en aquel supremo día. ¡Mas,

 

ay, que el Supremo Juez se acerca! No ya el humilde Cordero de Dios, no ya el manso Jesús de Nazaret, no

 

ya el Hombre de Dolores, no ya el Buen Pastor. El que ahora se aproxima vie ne sobre las nubes con todo su

 

poder y majestad, asistido por nueve coros de ángeles, ángeles y arcángeles, principa dos, potestades y

 

virtudes, tronos y dominaciones, querubi nes y serafines, el Dios Omnipotente, el Dios Eterno. Y ha bla. Y

 

su voz es oída en los más remotos límites del espacio, hasta en los abismos sin fondo. Es el Supremo Juez,

 

y de su sentencia no habrá, no podrá haber apelación. Helo que lla ma al justo a su lado, invitándole a entrar

 

en su reino, en la eterna felicidad que le tiene preparada. Pero al réprobo lo arroja de sí, gritando en su

 

ofendida majestad: Apartaos de mí, malditos, id al fuego que os ha sido preparado por el de monio y sus

 

ángeles. ¡Oh, qué agonía entonces para los mise rables pecadores! El amigo es arrancado de los brazos del

 

amigo, los hijos de los de sus padres, los esposos de los de sus mujeres. El pobre pecador extiende sus

 

brazos hacia aquellos que le fueron queridos en este mundo terrenal, ha cia aquellos de cuya simple piedad

 

tal vez hizo befa, hacia aquellos que le aconsejaron bien y trataron de llevarle al ca mino de la virtud, hacia

 

el buen hermano, hacia la amorosa hermana, hacia el padre y la madre que tan intensamente le amaron.

 

Pero es demasiado tarde: el justo se aparta de las miserables almas de los condenados, que ahora aparecen

 

ante los ojos de todos en su monstruoso y depravado aspec to. ¡Ay de vosotros, hipócritas, ay de vosotros

 

sepulcros blanqueados, ay de vosotros los que presentáis al mundo una cara pulida y sonriente, mientras el

 

interior de vuestra alma es una inmunda ciénaga de pecado! ¿Qué será de voso tros en aquel terrible día?

 

Y este día ha de venir, tiene que venir, vendrá: el día de la muerte, el día del juicio. Está decretado que

 

todo hombre tiene que morir; tras la muerte, juicio final. La muerte es cierta. Lo que es incierto es la fecha,

 

el modo, si ha de ser de larga enfermedad o por algún accidente imprevisto. El Hijo de Dios vendrá a la

 

hora en que menos lo esperéis. Estad por tanto preparados a cada momento, puesto que a cada mo mento

 

podéis morir. La muerte es el término de todos noso tros. Muerte y juicio, introducidos en el mundo por el

 

peca do de nuestros primeros p adres, son como los oscuros pórticos que cierran nuestra existencia terrenal,

 

los pórticos que se abren a lo desconocido e imprevisto, pórticos por los cuales toda alma tiene que pasar,

 

sin más ayuda que la de sus buenas obras, sin amigo ni hermano ni padre ni maestro, sola y temblorosa.

 

Que este pensamiento no se aparte jamás de vuestras mentes y no podréis pecar. La muerte, que es una

 

causa de terror para el pecador, es un momento de ben dición para aquel que ha caminado por el sendero

 

recto, cumpliendo plenamente sus deberes durante el tránsito por la vida, rezando las oraciones de la

 

mañana y de la noche, aproximándose frecuentemente a la sagrada eucaristía y rea lizando obras buenas y

 

misericordiosas. Para el pío y cre yente católico, para el hombre jus to, la muerte no es causa de terror. ¿No

 

fue Addison, el gran escritor inglés, quien, estan do en su lecho mortuorio, mandó llamar al joven e impío

 

conde de Warwick para mostrarle cómo un cristiano afron taba su acabamiento? Aquél y sólo aquél, el

 

cristiano creyen te y piadoso, es quien puede decir en su corazón:

 

¡Oh, tumba! ¿Dónde está tu victoria?

 

¡Oh, muerte!¿Dónde está tu aguijón?

 

No había palabra que no se le aplicase a él. Toda la cólera de Dios se asestaba contra su asqueroso y

 

secreto pecado. La lanceta del predicador había sondeado profundamente su conciencia haciéndola

 

reventar; y ahora sentía que su alma estaba supurando en el pecado. Sí, el predicador tenía razón. Le había

 

llegado su turno a Dios. Como una bestia en su cu bil, su alma se había revolcado en su propia inmundicia,

 

pero los toques de la trompeta del ángel habían hecho salir de la oscuridad de la culpa hacia la luz. El

 

anuncio del juicio proclamado por el ángel había hecho desmoronarse en un momento toda su presuntuosa

 

paz. El viento del día postre ro soplaba a través de su espíritu: las rameras de ojos de pe drería, moradoras de

 

su imaginación, huían ante el huracán, dando chillidos como ratones aterrados, amontonándose bajo la

 

pelambre de sus cabelleras.

 

Al cruzarla plaza, ya de regreso, llegó hasta sus oídos con gestionados la risa jovial de una muchacha.

 

Aquel son alegre y quebradizo conmovió su corazón más profundamente que el sonido de la trompeta, y no

 

atreviéndose a levantar los ojos, se volvió hacia un lado y miró, mientras pasaba, hacia la umbría de un

 

macizo de arbustos. Una oleada de vergüen za se levantó de su corazón herido e inundó todo su ser. La

 

imagen de Emma se le apareció delante de él, y ante los ojos de ella, la oleada de vergüenza volvió a brotar

 

otra vez de su corazón. ¡Si ella supiera a qué cosas le había sometido la imaginación o cómo el apetito

 

bestial había desgarrado y hollado su inocencia! ¿Era aquello el primer amor? ¿Era aquello espíritu

 

caballeresco? ¿Era aquello poesía? Los sór didos pormenores de sus o rgías le hedían físicamente en las

 

 

 

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ventanas de la nariz. Aquel paquete manchado de grabados que él había ocultado en el cañón de la

 

chimenea, y ante cuya inmundicia y vergonzosa procacidad se había pasado las ho ras muertas pecando en

 

pensamiento y en acción; aquellos sueños monstruosos, poblados de criaturas simiescas y de prostitutas

 

cuyos ojos brillaban como joyeles; aquellas lar gas cartas llenas de obscenidad que habían escrito sólo por el

 

placer de la confesión culpable y que había llevado consigo días y días, para arrojarlas luego, protegido por

 

la noche, en un rincón de un campo de hierba, o por debajo de una puer ta desvencijada o en el resquicio de

 

un seto, donde una mu chacha se las pudiera encontrar al paso y leerlas después se cretamente. ¡Loco!

 

¡Loco! ¿Era posible que hubiera hecho tales cosas? Un sudor frío le brotaba en la frente mientras en el

 

cerebro se le iban condensando estos bochornosos re cuerdos.

 

Cuando la agonía de la vergüenza hubo pasado, trató de levantar su alma del fondo de su abyecta

 

impotencia. Dios y la Virgen María estaban demasiado lejos de él: Dios era de masiado grande y demasiado

 

severo y la Santísima Virgen demasiado pura y santa. Pero se imaginaba estar en una am plia llanura al lado

 

de Emma, y que, humildemente, deshe c ho en llanto, se inclinaba para besar el borde de su manga.

 

En un ancha llanura, bajo la tierna luz de un firmamento crepuscular, mientras una nube derivaba hacia

 

poniente por el mar gris pálido de los cielos, allí estaban los dos, juntos, como dos niños que hubieran

 

delinquido. Su error había ofendido profundamente la majestad de Dios; pero no ha bía ofendido a aquella

 

cuya belleza no es como la belleza te rrena, dañosa a quien la mira, sino como la estrella de la ma ñana,

 

emblema suyo, luciente y musical. Los ojos de Ella, al volverse para mirarlos, no estaban ofendidos, ni aún

 

tenían un reproche. Y Ella les unía las manos, palma contra palma, y les decía, hablándoles al corazón.

 

––Unid vuestras manos, Stephen y Emma. Hoy es un her moso atardecer en el cie lo. Habéis errado, pero

 

continuáis siendo mis hijos. He aquí un corazón que ama a otro cora zón. Juntad vuestras manos, hijos míos,

 

y seréis felices jun tos, y vuestros corazones se amarán mutuamente.

 

La capilla estaba inundada por la triste luz rojiza que a través de las corridas cortinas se filtraba; y por la

 

hendidura, entre el marco de la ventana y la última cortina, un dardo de luz descolorida pasaba y descendía

 

como una lanza hasta tocar el repujado bronce de los candelabros, que en el altar brillaba como una

 

armadura angélica, gastada por los com bates.

 

Estaba lloviendo sobre la capilla, sobre el jardín, sobre el colegio. Y había de llover eternamente y sin

 

ruido. El agua se iría elevando, pulgada a pulgada, cubriendo la hierba y los arbustos, cubriendo los árboles

 

y las casas, cubriendo los monumentos y las cimas de los montes. Toda la vida se aho garía sin ruido:

 

pájaros, hombres, elefantes, cerdos, niños. Y sin ruido flotarían los cadáveres entre los detritus del nau-

 

fragio del mundo. Y por cuarenta días y cuarenta noches ca ería la lluvia, hasta que las aguas cubriesen la

 

faz de la tierra.

 

Podía ser. ¿Por qué no?

 

––El infierno se ha engrandecido y ha abierto inmensamen te su boca. Son palabras tomadas, mis

 

queridos hermanitos en Cristo Jesús, del libro de Isaías, capítulo quinto, versículo décimo cuarto. En el

 

nombre del Padre y del Hijo y del Espí ritu Santo. Amén.

 

El predicador sacó un reloj sin cadena de un bolsillo de la sotana y después de contemplar por un instante

 

la esfera en silencio, lo colocó silenciosamente delante de él sobre la mesa.

 

Después comenzó a hablar con tono reposado:

 

––Adán y Eva, mis queridos jóvenes, los cuales, como sa béis, fueron nuestros primeros padres, fueron

 

creados por Dios, como recordaréis, con objeto de que los puestos que habían quedado vacantes en el cielo

 

por la caída de Lucifer y de sus ángeles rebeldes, pudieran ser ocupados de nuevo. Según se nos dice,

 

Lucifer era un hijo de la mañana, un ángel poderoso y esplendente. Y sin embargo, cayó. Cayó y con él una

 

tercera parte de las milicias celestiales. Cayó y fue preci pitado con sus ángeles rebeldes en los infiernos.

 

Cuál fuera su pecado es lo que no podemos decir. Los teólogos conside ran que fue el pecado de orgullo, el

 

pecaminoso pensamien to concebido en un i nstante: non serviam: no serviré. Y aquel instante fue su ruina.

 

Ofendió a la majestad de Dios con el pensamiento pecaminoso de un solo momento y fue precipitado en los

 

infiernos para siempre.

 

»Adán y Eva fueron creados por Dios y colocados en el Edén, en la llanura de Damasco, en aquel

 

hermoso jardín resplandeciente de sol y de color, lleno de una desbordante vegetación. La tierra fértil les

 

regalaba pródigamente con sus dones; bestias y pájaros concurrían voluntariamente a su servicio; no

 

conocían los males, herencia de nuestra carne: la enfermedad, la pobreza, la muerte. Todo lo que un Dios

 

grande ypoderoso podía hacer por ellos, todo estaba hecho. Pero había una condición que les había sido

 

impuesta por Dios: la obediencia a su palabra––. No habían de comer de la fruta del árbol prohibido.

 

»¡Ay, mis queridos jóvenes, que ellos también cayeron! El demonio, en otro tiempo un ángel

 

resplandeciente, hijo de la mañana, y ahora un enemigo vil, vino en forma de ser piente, la más sutil de

 

 

 

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todas las bestias del campo. Era que les tenía envidia. Él, el magnate caído, no podía soportar el pen-

 

samiento de que el hombre, ser de arcilla, pudiera llegar a poseer la herencia de la cual su pecado le había

 

desposeído para siempre. Y fue a la mujer, vaso más frágil, y deslizó el veneno de su elocuencia en los

 

oídos de ella, prometiendo ––¡oh, promesa blasfema!–– que si ella y Adán comían del ár bol prohibido,

 

serían como dioses, más aún, como Dios mismo. Eva se rindió a las astucias del tentador por excelen cia.

 

Comió de la manzana y dio también de ella a Adán, quien no tuvo valor moral para negarse. La lengua de

 

vene no de Satán había realizado su obra. Y cayeron.

 

»Entonces se dejó oír en aquel jardín la voz de Dios que llamaba al hombre, su criatura, a rendir cuentas.

 

Y Miguel, príncipe de la milicia celestial, con una espada en la mano, apareció ante la culpable pareja y la

 

arrojó fuera del paraíso, al mundo, al mundo lleno de enfermedad y de lucha, de crueldad y de pesadumbre,

 

de trabajo y de fatiga, a ganarse el pan con el sudor de la frente. ¡Pero, aun entonces, cuán misericordioso

 

fue Dios! Tuvo piedad de nuestros primeros y degradados padres y les prometió que en la plenitud de los

 

tiempos había de enviar desde los cielos al mundo uno que los había de redimir, que los había de hacer de

 

nuevo hijos de Dios y herederos de su gloria. Y ese redentor de los hombres caídos en la culpa había de ser

 

el unigénito hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo Eterno. »Vino. Fue nacido

 

de una virgen pura, María, virgen y madre. Nació en un pobre establo, en Judea, y vivió como un humilde

 

carpintero durante treinta años, hasta que llegó la hora de cumplir su misión. Y entonces la cumplió lleno

 

de amor hacia los hombres, se dio a conocer y convocó a los hombres, para que oyeran el evangelio nuevo.

 

»Pero, ¿le oyeron? Sí, le oyeron, pero no le quisieron escu char. Fue cogido como un vulgar criminal,

 

mofado como loco, pospuesto a un malhechor público, flagelado con cin co mil azotes, coronado de espinas,

 

empujado brutalmente en las calles por el populacho judío y la soldadesca romana, despojado de sus

 

vestiduras y colgado de un patíbulo, y atra vesado su costado por una lanza; y del llagado cuerpo de Nuestro

 

Señor manaban incesantemente agua y sangre.

 

»Y aun entonces, en aquella hora de suprema agonía, nuestro piadoso redentor tuvo misericordia de la

 

humani dad. Aun entonces, sobre la colina del Calvario, fundó la Santa Iglesia Católica, contra la cual, así

 

está prometido, las puertas del infierno no prevalecerán. La fundó sobre la roca de los tiempos y la dotó con

 

su gracia, con los sacramentos y el sacrificio, y prometió que si los hombres obedecían a la voz de su

 

Iglesia, podrían entrar en la vida eterna, pero que si después de todo lo que había sido hecho en favor de

 

ellos persistían aún en su maldad, habría para ellos una eternidad de tormento: el infierno.

 

La voz del predicador se hundió. Hizo una pausa, juntó por un instante las palmas de sus manos, las

 

volvió a separar. Luego, continuó:

 

––Vamos a tratar ahora de imaginarnos, en la medida que podamos, la naturaleza de aquella mansión de

 

los condena dos creada por la justicia de Dios ofendido, para eterno cas tigo de los pecadores. El infierno es

 

una angosta, oscura y mefitica mazmorra, mansión de los demonios y las almas condenadas, llena de fuego

 

y de humo. La angostura de esta prisión ha sido expresamente dispuesta por Dios para casti gar a aquellos

 

que no quisieron sujetarse a sus leyes. En las prisiones de la tierra el pobre cautivo tiene al menos alguna

 

libertad de movimiento, aunque no sea más que entre las cuatro paredes de su celda o en el sombrío patio

 

de la cárcel. Pero no así en el infierno. Allí, por razón del gran número de los condenados, los prisioneros

 

están hacinados unos con tra otros en su horrendo calabozo, las paredes del cual se dice tienen cuatro mil

 

millas de espesor. Y los condenados están de tal modo imposibilitados y sujetos, que un Santo Padre, San

 

Anselmo, escribe en el libro de las Semejanzas que no son capaces ni aun de quitarse del ojo el gusano que

 

se lo está royendo.

 

»Allí yacen en la oscuridad exterior. Porque habéis de re cordar que el fuego del infierno no da luz. Lo

 

mismo que, por mandato de Dios, el fuego del horno de Babilonia perdió el calor pero no la luz, por

 

voluntad de Dios, el fuego del in fierno, conservando la intensidad abrasadora de su calor, arde eternamente

 

en sombra. Allí en una tempestad sin tér mino de sombras, entre las llamas oscuras y el oscuro humo de la

 

ardiente piedra azufre, están los cuerpos hacinados los unos encima de los otros, sin recibir nunca ni aun

 

siquiera una vislumbre de aire. De todas las plagas que azotaron la tierra de los faraones, hubo una tan sólo,

 

la de la oscuridad, a la cual se le diera el dictado de horrible. ¿Qué nombre ha bríamos de dar, pues, a la

 

oscuridad del infierno, la cual ha de durar, no por tres días, sino por toda la eternidad?

 

»El horror de esta angosta y oscura prisión se ve aumen tado aún por su insoportable hedor. Toda la

 

inmundicia del mundo, toda la carroña y la hez del mundo, afirman, habrá de desaguar allí, como en un

 

vasto y vaheante albañal, cuan do la terrible conflagración del último día haya purgado el mundo. La piedra

 

azufre que arde allí en prodigiosas canti dades llena todo el infierno de su intolerable fetidez. Y los cuerpos

 

mismos de los condenados exhalan un olor tan pes tilencial que, según dice San Buenaventura, uno sólo

 

sería bastante para infestar todo el mundo. El mismo aire de este mundo, este puro elemento, se hace

 

 

 

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hediondo e irrespirable si ha estado cerrado por largo tiempo. Considerad cuál no será la hediondez del aire

 

del infierno. Imaginad un cadáver que hubiera estado yaciendo en su tumba, pudriéndose y

 

descomponiéndose, hasta llegar a ser una masa gelatinosa de líquida corrupción. Imaginad este cadáver

 

pasto de las llamas, devorado por el fuego de la hirviente piedra azufre de modo que exhale densas y

 

sofocantes humaredas de nau seabunda descomposición. Y luego, imaginad este pestífero olor multiplicado

 

un millón de veces y un millón de veces de nuevo por los millones y millones de fétidas carroñas amon-

 

tonadas en la humeante oscuridad, como un hongo mons truoso de podre humana. Imaginad todo esto y

 

podréis lle gar a tener cierta idea del horroroso hedor del infierno.

 

»Pero este hedor, por terrible que sea, no es el mayor tor mento físico al cual están sujetos los condenados

 

en el infier no. El tormento del fuego es el mayor sufrimiento al cual los tiranos de la tierra han podido

 

condenar a sus semejantes. Poned el dedo por un momento en la llama de una bujía y sentiréis el dolor del

 

fuego. Pero el fuego de la tierra ha sido creado por Dios para beneficio del hombre, para mantener en él la

 

centella de la vida y para ayudarle en las artes útiles, mientras que el fuego del infierno es de otra calidad y

 

ha sido creado por Dios para torturar y castigar al impenitente pecador. Nuestro fuego terrenal consume,

 

también, más o menos rápidamente, según que el objeto al cual ataca es más o menos combustible, de tal

 

modo que el ingenio humano ha logrado siempre discurrir procedimientos químicos para impedir o frustrar

 

su acción. Pero el azufre que arde en el in fierno es una sustancia especialmente creada para arder

 

eternamente y eternamente, con indecible furia. Más aún, el fuego de la tierra destruye al mismo tiempo

 

que quema, de tal modo que, cuanto más intenso es, tanto menos dura; pero el fuego del infierno tiene tal

 

propiedad, que conserva lo mismo que abrasa y, aunque brama con indecible intensi dad, brama para

 

siempre.

 

»Nuestro fuego terreno, sean cuales sean su furia y su ex tensión, tiene siempre una zona limitada; pero el

 

lago de fuego del infierno no tiene límites, ni playas, ni fondo. Se dice que una vez el mismo diablo,

 

preguntado por cierto sol dado, se vio obligado a confesar que si toda una montaña fue ra arrojada en aquel

 

océano hirviente sería consumida en un instante como un pedazo de cera. Y este terrible fuego no aflige las

 

almas de los condenados solamente por fuera, sino que cada alma condenada será un infierno dentro de sí

 

mis ma, abrasada por aq uel fuego devorador en sus mismos cen tros vitales. ¡Oh, cuán terrible es la suerte de

 

aquellos mise rables seres! La sangre bulle y hierve en sus venas, los sesos se les abrasan en el cráneo, el

 

corazón se les quema en el pecho como un ascua, sus intestinos son una masa rojiza de ardiente pulpa, sus

 

tiernos ojos llamean como globos can dentes.

 

»Y todavía lo que he dicho referente a la fuerza, cualidad e ¡limitación de este fuego, no es nada si se

 

compara con su in tensidad, una intensidad que ha sido el in strumento escogi do por designio divino para

 

castigo del alma y del cuerpo a la par. Es un fuego que procede directamente de la ira de Dios, y que no

 

obra por propia actividad, sino como un ins trumento de la divina venganza. Como las aguas del bau tismo

 

purifican el alma y el cuerpo al mismo tiempo, así el fuego del castigo tortura el espíritu y la carne. Todos

 

los sen tidos de la carne sufren tortura y todas las facultades del alma al mismo tiempo. Los ojos, la

 

impenetrable y absoluta oscuridad; la nariz, los pestilentes olores; el oído, los alari dos, bramidos e

 

imprecaciones; el gusto, las materias co rrompidas, el estiércol sofocante e indescriptible; el tacto, las

 

punzadas de las candentes aguijadas y púas y los crueles la midos de las lenguas de fueg o. Y a través de los

 

múltiples tormentos de los sentidos, el alma inmortal se ve torturada eternamente en su íntima esencia entre

 

leguas y leguas de llamas ardientes inflamadas en los abismos por la majestad ofendida del omnipotente

 

Dios y alimentadas con una furia perdurable y cada vez más intensa por el soplo de la cólera de la

 

divinidad.

 

»Considerad, finalmente, que el tormento de esta infernal prisión está aumentado por la misma compañía

 

de los con denados. La mala compañía es tan dañina que, aun en la tie rra, las plantas se retiran como por

 

instinto de todo lo que es fatal o nocivo para ellas. En el infierno todas las leyes están cambiadas; ya no hay

 

allí idea de familia, ni vínculo, ni pa rentesco. Los condenados braman y se maldicen los unos a los ot ros y

 

tienen su tortura y su rabia intensificadas por la presencia de otros seres tan torturados y rabiosos como

 

ellos mismos. Todo sentimiento de humanidad está olvida do allí. Los alaridos de los atormentados

 

pecadores llenan los más remotos rincones del vasto abismo. Las bocas de los condenados están llenas de

 

blasfemias contra Dios y de odio para sus compañeros de sufrimiento y de maldiciones con tra las almas de

 

aquellos que fueron sus cómplices en el pe cado. Allá en tiempos antiguos había la costumbr e de casti gar al

 

parricida, al hombre que se había atrevido a levantar la mano asesina contra su padre, arrojándole a los

 

profun dos del mar dentro de un saco en compañía de un gallo, de un mono y de una serpiente. La intención

 

de los legisladores que forjaron la ley, que hoy en nuestros tiempos nos parece cruel, fue la de castigar al

 

criminal con la compañía de aque llas odiosas y dañinas bestias. Pero, ¿qué valor tiene la furia de aquellos

 

 

 

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mudos animales comparada con la furia de exe cración que estalla en los resecos labios del condenado en

 

los infiernos cuando contempla en sus compañeros de sufri miento, aquellos que le ayudaron en el pecado y

 

le indujeron a él, aquellos cuyas palabras sembraron la primera semilla del mal pensamiento y del mal vivir

 

en su mente, aquellos que con impúdicas sugestiones le llevaron a pecar, aque llos cuyos ojos le sedujeron y

 

le apartaron del camino de la virtud? Y se vuelven a sus cómplices y les reprochan y los maldicen. Pero ya

 

no tienen socorro ni esperanza: ya es de ma siado tarde para el arrepentimiento.

 

»Considerad por último el horrible tormento que sufren aquellas almas, las de los tentadores lo mismo

 

que las de los inducidos, en la compañía de los demonios. Los demonios les afligen de dos modos distintos:

 

con su presencia y con sus sarcásticos reproches. No podemos formarnos idea de lo horribles que los

 

demonios son. Santa Catalina de Siena vio una vez uno, y ha dejado escrito que mejor que volver a ver,

 

aunque sea por un solo instante, un monstruo tan espanto so, pr eferiría estar marchando toda su vida sobre

 

un rastro de carbones encendidos. Porque los diablos, que antes fue ron ángeles hermosísimos, se

 

convirtieron en monstruos tan horrendos y repugnantes cuanto primero bellos. Los diablos befan y

 

escarnecen a las almas condenadas, empuja das por ellos a la ruina. Son ellos, los protervos demonios, los

 

que hacen en el infierno el papel de la voz de la concien cia. ¿Por qué pecaste? ¿Por qué prestaste oídos a

 

las tenta ciones de los amigos? ¿Por qué te apartaste de la s prácticas piadosas y de las buenas obras? ¿Por

 

qué no evitaste las oca siones de pecar? ¿Por qué no abandonaste aquella mala com pañía? ¿Por qué no

 

abandonaste aquella lasciva costumbre, aquel hábito impuro? ¿Por qué no seguiste los consejos de tu

 

confesor? ¿Por qué, después de haber caído la primera vez, o la segunda, o la tercera, o la cuarta, o la

 

centésima, por qué no te apartaste del mal camino y te volviste a Dios, que sólo esperaba tu arrepentimiento

 

para absolverte de tus pecados? Ahora ya ha pasado el tiempo del arrepentimien to. ¡Tiempo hay, tiempo

 

hubo, pero ya no lo habrá jamás! ¡Tiempo hubo para pecar en secreto, para regodearte en la pereza y el

 

orgullo, para ambicionar lo ilegítimo, para entre garse a los más bajos ímpetus de tu naturaleza, para vivir

 

como las bestias del campo, ¡qué digo!, peor que las bestias del campo, pues ellas por lo menos son simples

 

brutos y no tienen razón que las guíe. ¡Hubo tiempo, pero ya no lo habrá jamás! Dios te habló muchas

 

veces…, ¡pero no le quisiste oír! No querías arrojar aquel orgullo y aquella cólera de tu cora zón, no querías

 

devolver aquellos bienes mal adquiridos, no querías obedecer los preceptos de tu Santa Madre la Iglesia, no

 

querías cumplir con tus deberes religiosos, no querías abandonar aquellas malvadas compañías, no querías

 

evitar aquellas peligrosas tentaciones. Tal es el lenguaje de aquellos diabólicos atormentadores: palabras de

 

vituperio y de re proche, de odio y de repulsión. ¡De repulsión, sí! Porque hasta ellos, los mismos demonios,

 

pecaron sólo tal como era posible a sus angélicas naturalezas, sólo por la rebelión de la inteligencia; y ellos,

 

hasta ellos mismos, se vuelven, asquea dos y repelidos, al contemplar aquellos innombrables peca dos, con

 

los cuales el hombre ultraja y mancilla el templo del Espíritu Santo, se mancilla y se empuerca a sí mismo.

 

»¡Oh, queridos hermanitos míos en Cristo, que nos esté destinado el oír este lenguaje! ¡Que no nos esté

 

destinado, os digo! Yo le ruego fervientemente a Dios que en el último día de la terrible cuenta, ni una sola

 

alma de las que ahora están en esta capilla pueda hallarse entre los miserables seres a los cuales el Gran

 

Juez ha de mandar apartarse para siempre de su vista, que ni uno solo de nosotros pueda oír retumbar en sus

 

oídos la espantosa sentencia de condenación: ¡Apartaos de mí, malditos, id al fuego que os ha sido

 

preparado por el de monio y sus ángeles!

 

Stephen salió por uno de los lados de la capilla, con las piernas entrechocadas y la cabeza temblorosa

 

como si hu biera sido tocad a por los dedos de una visión. Subió la esca lera y siguió a lo largo de las paredes

 

del corredor, de las cua les pendían los abrigos y los impermeables goteantes, como malhechores

 

ejecutados, sin cabeza ni forma. A cada paso que daba, temía haberse muerto ya y que su alma desgajada

 

de la envoltura del cuerpo se estaba hundiendo de cabeza a través del espacio. No podía hacer pie en el

 

suelo, y así, se sentó pesadamente en su pupitre abriendo un libro al azar y quedándoselo mirando como

 

hipnotizado.

 

No había habido palabra que no se le aplicase a él. Era ver dad. Dios era todopoderoso. Dios podía

 

llamarle ahora, lla marle mientras estaba sentado en su pupitre, antes de que hubiera podido tener conciencia

 

de la llamada. Dios le había llamado. ¿Sí? ¿Cómo? ¿Sí? La carne se le contrajo como si sintiera la

 

proximidad de las voraces llamas, reseca somo si sintiera a su alrededor el remolino del sofocante aire. Se

 

había muerto. Sí. Y estaba siendo juzgado. Una onda de fue go pasó rápidamente por su cuerpo: la primera .

 

Otra oleada. Su cerebro comenzó a abrasarse. Otra. Su cuerpo hervía y burbujeaba dentro de la crepitante

 

morada del cráneo. Y las llamas salían de su cabeza como una aureola, gritando como si fueran voces:

 

––¡Infierno! ¡Infierno! ¡Infierno! ¡Infierno! ¡Infierno!

 

Alguien hablaba cerca:

 

––Sobre el infierno.

 

 

 

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––Supongo que os lo habrá hecho entrar bien a lo vivo.

 

––¡Bien a lo vivo! ¡Como que nos ha hecho a todos dar diente con diente!

 

––¡Eso es lo que os hace buena falta! ¡Y mucho de eso! ¡A ver si así trabajáis!

 

Se inclinó indolentemente sobre la mesa. No se había muerto. Dios le había dejado todavía. Estaba

 

todavía en aquella clase que tan familiar le era. Míster Tate y Vincent Heron estaban de pie junto a la

 

ventana, hablando, bromean do, contemplando la lluvia fría y meneando la cabeza.

 

––Quisiera que aclarara. Habíamos acordado dar una vuelta en bici hasta Malahide. Pero debe de llegar

 

el agua hasta las rodillas por esos caminos.

 

––Puede ser que aclare, señor.

 

Aquellas voces que le eran tan conocidas, las palabras usuales, la quietud de la clase, donde cuando las

 

voces calla ban sólo se oía un susurro como de ganado que anduviese al ramoneo, pues los otros chicos

 

mascaban tranquilamente sus almuerzos, todo eso tranquilizó su alma dolorida.

 

Aún había tiempo. ¡Oh, María, refugio de los pecadores, interceded por él! ¡Oh, Virgen Inmaculada,

 

salvadle del pié lago de la muerte!

 

La lección de inglés comenzó por las preguntas de histo ria. Personas reales, favoritos, intrigantes,

 

obispos, pasaban como fantasmas mudos, tras el velo de sus nombres. Todos habían muerto: todos estaban

 

ya juzgados. ¿De qué le apro vechaba al hombre ganar todo el mundo, si perdía su alma? Por fin, había

 

comprendido: y la vida humana yacía alrede dor de él como una llanura de paz, donde l os hombres traba-

 

jaban hermanados, como hormigas, con sus muertos dor midos bajo unos tranquilos montones de arena. El

 

codo de su compañero le tocó y su corazón se sintió tocado a la par. Y cuando habló para contestar a una

 

pregunta del profesor sintió su propia voz llena de una quietud de humildad y con trición.

 

Su alma se hundió más profundamente en una contrita paz, incapaz de soportar por más tiempo la pena

 

del terror, y una vaga plegaria iba brotando de ella mientras se hundía. Ah, sí: todavía se le concedería un

 

plazo; se arrepentiría de corazón y sería perdonado. Y luego, los de arriba, los del cie lo, habían de ver lo

 

que él haría para compensar su pasado. Toda su vida: cada hora de su vida. ¡Al tiempo!

 

––¡Todo, oh, Dios! ¡Todo, todo!

 

Un mensajero llegó hasta la puerta para decir que las con fesiones habían comenzado en la capilla. Cuatro

 

muchachos salieron de la clase; y se oían las pisadas de otros que pasa ban por el corredor. Un tembloroso

 

escalofrío le corrió alre dedor del corazón, no más intens o que una brisilla leve; pero, mientras sufría y

 

escuchaba en silencio, se le hacía como si tuviera una oreja aplicada contra el músculo de su propio

 

corazón y le estuviera sintiendo todo tembloroso y cercano, y percibiera la palpitación de sus ventrículos.

 

No había escape. Tenía que confesarse, tenía que manifes tar con palabras todo lo que había pensado y

 

hecho, pecado tras pecado.

 

––¿Y cómo? ¿Cómo?

 

––Padre, yo…

 

Aquel pensamiento resbalaba como una hoja fría y bri llante de acero por la entraña de sus carnes:

 

¡confesión! Pero no en la capilla del colegio. Lo confesaría sinceramente todo, cada uno de sus pecados de

 

hecho y de pensamiento: pero no allí, entre sus compañeros de colegio. Lejos, en algún si tio oscuro, sería

 

donde únicamente se atrevería a expresar su propia infamia; y le rogó humildemente a Dios que no estu-

 

viera ofendido con él por no atreverse a confesar en la capilla del colegio; y con un total abatimiento de

 

espíritu imploró mudamente el perdón de aquellos infantiles corazones que le rodeaban.

 

Pasaba el tiempo.

 

Volvía a estar sentado en el primer banco de la capilla. La luz del día estaba ya decayendo y al penetrar

 

por el rojo den so de las cortinas, parecía que el sol del último día se estaba ocultando y que todas las almas

 

se congregaban para el jui cio final.

 

––Estoy apartado de la vista de tus ojos: palabras tomadas, mis queridos hermanitos en Cristo, del Libro

 

de los Salmos, capítulo trece, versículo veintitrés. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

 

Amén.

 

El predicador comenzó a hablar en un tono reposado y amistoso. Su rostro tenía una expresión amable y

 

juntaba despacito los dedos de cada mano formando una caja deli cada al reunir las yemas.

 

––Esta mañana procurábamos, en nuestra meditación del infierno, hacer lo que nuestro santo fundador

 

llama en su li bro de los Ejercicios Espirituales la composición de lugar. Esto es, tratábamos de imaginar

 

con los sentidos de la men te, con nuestra imaginación, el carácter material de las penas de aquel lugar

 

espantoso y de los tormentos físicos que su fren todos los que están en el infierno. Esta tarde trataremos de

 

considerar por unos breves momentos la naturaleza de las penas espirituales del infierno.

 

 

 

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»Acordaos de que el pecado constituye un doble delito. Es una vil condescendencia con las inclinaciones

 

de nuestra co rrompida naturaleza hacia los más bajos instintos, hacia lo que es grosero y bestial.

 

»Pero es también un apartamiento de lo más noble de nuestro ser, de todo lo que es puro y santo, del

 

mismo Dios. Por esta razón, el pecado mortal recibe en el infierno dos clases diferentes de castigo, mental y

 

corporal.

 

»Pero de todas las penas espirituales, la incomparable mente mayor es la pena de daño, tan grande,

 

realmente, que es de por sí un tormento mayor que todos los otros. Santo Tomás, el máximo doctor de la

 

Iglesia, el doctor angélico, como se le llama, dice que la peor condenación resulta de que el entendimiento

 

del hombre está totalmente privado de la divina luz y su afecto inexorablemente apartado de la divinidad de

 

Dios. Dios, acordaos de ello, es un ser infinita mente bueno y, por tanto, la pérdida de tal ser debe resultar

 

infinitamente dolorosa. En esta vida no podemos tener una idea clara de lo que tal pérdida es, pero en el

 

infierno, el con denado, para su mayor tormento, tiene un conocimiento ca bal de lo que ha perdido y sabe

 

que lo ha perdido por sus propios pecados y que lo ha perdido para siempre. En el mismo instante de la

 

muerte, se rompen las ligaduras de la carne y el alma tiende inmediatamente hacia Dios como hacia el

 

centro de su existencia. Acordaos, queridos niños, de que nuestras almas ansían el estar con Dios. Venimos

 

de Dios, vivimos por Dios, pertenecemos a Dios; somos suyos, inalienablemente suyos. Dios ama con un

 

divino amor a cada una de las almas humanas, y cada una de estas almas vive por aquel amor. ¿Cómo

 

podría ser de otro modo? Cada soplo de nuestro aliento, cada pensamiento de nuestro cere bro, cada instante

 

de nuestra vida, proceden de la inagotable bondad de Dios. Y es doloroso para una madre el ser apar tada de

 

su hijo, para un hombre el destierro de su patria y de su hogar, para un amigo el verse separado de su

 

amigo, pen sad, pensad, qué pena, qué angustia, debe de ser la de la po bre alma al verse rechazada de la

 

presencia de aquel supremo bien, de aquel amante creador que la había formado de la nada, que la había

 

sostenido en vida y amado con un inmen surable amor. Esto, pues, el ser separada para siempre del mayor

 

bien, de Dios, el sentir la angustia de esta separación, sabiendo con absoluta certeza que no ha de haber

 

cambio posible, en esto consiste el mayor tormento que el alma crea da puede sufrir: poema damni, la pena

 

de daño.

 

»La segunda pena que afligirá las almas de los condena dos en el infierno es la pena de conciencia. Así

 

como en los cuerpos muertos se engendran los gusanos por la descom posición, así en las almas de los

 

condenados, de la putrefac ción del pecado, nace un perpetuo remordimiento, el agui jón de la conciencia, el

 

gusano, como el papa Inocencio III lo llama, de la triple mordedura. La primera manera de roer de este

 

cruel gusano será el recuerdo de los pasados deleites. ¡Oh, qué horrendo recuerdo habrá de ser! En el lago

 

de lla mas que todo lo devora, el orgulloso rey recordará la pom pa de su corte; el hombre sab io, pero

 

malvado, sus bibliote cas y sus instrumentos de investigación; el amante de los placeres artísticos, sus

 

mármoles, sus pinturas y sus otros te soros de arte; el que se deleitó con los placeres de la mesa, sus

 

magníficos festines, aquellos platos preparados con tan ex quisita delicadeza, sus escogidos vinos; el avaro

 

recordará sus montones de oro; el ladrón, sus mal adquiridas riquezas; los asesinos, coléricos, vengativos y

 

despiadados, aquellas violencias y aquellos crímenes en que se gozaron; los lasci vos y adúlteros, los

 

innombrables y hediondos placeres que fueron sus delicias. Recordarán todo esto y se aborrecerán a sí

 

mismos y aborrecerán sus pecados. Porque, ¿cuán misera bles no aparecerán todos estos placeres al alma

 

condenada a sufrir el fuego del infierno por los siglos de los siglos? ¡Cómo rabiarán y maldecirán al

 

considerar que han perdido la bie naventuranza celestial por la escoria de la tierra, por unos cuantos trozos

 

de metal, por vanos honores, por comodida des corporales, por una si mple comezón de los sentidos! Y,

 

ciertamente, se arrepentirán; y ésta es la segunda roedura de la conciencia: un tardío e infecundo

 

arrepentimiento de los pecados cometidos. La justicia divina quiere que las inteli gencias de aquellos

 

miserables condenados estén constante mente atareadas en la contemplación de los pecados de que se

 

hicieron reos, y aún más, como señala San Agustín, Dios les hará partícipes de su propio conocimiento del

 

pecado, de tal modo, que el pecado aparecerá en ellos en toda su mons tr uosa malicia como aparece a los

 

ojos de Dios mismo. Con templarán sus pecados en toda su vileza y se arrepentirán; pero será demasiado

 

tarde y entonces lamentarán las buenas ocasiones que desperdiciaron. Ésta es la última y más pro funda y

 

cruel mordedura del gusano de la conciencia. La conciencia dirá: tuviste tiempo y oportunidad para

 

arrepen tirte y no quisiste; fuiste educado religiosamente por tus padres; tuviste en tu ayuda la gracia y los

 

sacramentos e in dulgencias de la Iglesia; tuviste ministros d e Dios que te pre dicaran, que te llamaran al

 

redil si te habías extraviado, que te perdonaran tus pecados, sin que importase cuántós o cuán horribles

 

fuesen, con sólo que te hubieras confesado y arrepentido. No. No quisiste. Hiciste mofa de los sacerdotes

 

de la santa religión, volviste la espalda al confesionario, te encenagaste más y más en el lodazal del pecado.

 

Dios te ro gaba, te amenazaba, te imploraba que volvieses a él. ¡Oh, qué miseria, qué vergüenza! El

 

 

 

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legislador del universo te suplica ba a ti, criatura de arcilla, para que guardaras su ley y para que le amaras a

 

él, a él que te había creado. No. No qui siste. Y ahora, aunque inundaras todo el infierno con tus lágrimas, si

 

pudieras llorar todavía, todo ese mar de arre pentimiento no te podría pro curar lo que una sola lágri ma de

 

contrición verdadera vertida durante tu vida mor tal. Y ahora clamas por un solo momento de vida terrena

 

para convertirte: ¡en vano! Ha pasado el tiempo. Ha pasa do para siempre.

 

»Es tal la triple mordedura de la conciencia cuando roe el mismo centro del corazón de los miserables en

 

el infierno, que, llenos de una furia infernal, se maldicen a sí mismos por su locura, y maldicen a los malos

 

compañeros que los condujeron a tal ruina, y maldicen a los demonios que los ten tar on en vida y que ahora

 

se mofan de ellos en la eternidad, y hasta ultrajan y maldicen al Supremo Ser, a aquel cuya bon dad

 

desdeñaron y menospreciaron, pero de cuya justicia y poder no pueden librarse.

 

»La siguiente pena espiritual, a la cual los condenados es tán sujetos, es la pena de extensión. En esta

 

vida, el hombre, aunque capaz de muchos males, no los puede tener todos a un tiempo, desde el momento

 

que cada mal de por sí amino ra otro y se contrapone a él. En el infierno, al contrario, un tormento, e n lugar

 

de contraponerse a otro, le presta aún mayor fuerza. Y más aún, como las facultades internas son más

 

perfectas que los sentidos externos, resultan, por esta razón, más capaces de sufrimiento. Lo mismo que

 

cada sen tido se ve atormentado por su pena correspondiente, lo mis mo ocurre con las facultades

 

espirituales: la imaginación, con horrendas imágenes; la facultad sensitiva, con interva los de deseo y de

 

rabia; la mente y la inteligencia, con unas ti nieblas internas más terribles aún que la oscuri dad exterior que

 

reina en aquel horrible calabozo. La malicia, aunque im potente, de la que estas almas endemoniadas se ven

 

poseí das, es un mal de ilimitada extensión, un terrible estado de perversidad que apenas si nos podemos

 

imaginar, a menos que no tengamos en nuestra mente la enormidad del pecado y el odio que Dios le

 

profesa.

 

»Opuesta a la pena de extensión, y, sin embargo, coexis tente con ella, tenemos la pena de intensidad. El

 

infierno es el centro de los males, y, como sabéis, las cosas son más in tensas en su centro que en sus puntos

 

remotos. Allí en el in fierno no hay remedios, ni pociones que puedan templar o suavizar en lo más mínimo

 

las penas infernales. La compa ñía, que en todas partes es una fuente de consuelo para el afligido, será allí

 

un continuo tormento. El saber, tan ansia do como principal bien de la inteligencia, será allí odiado más que

 

la ignorancia; la luz, amada por todas las criaturas, desde el rey de la creación hasta la más humilde planta

 

del bosque, será intensamente aborrecida. En esta vida, nues tros pesares o no son muy duraderos o no son

 

muy intensos, porque la naturaleza o bien se sobrepone a ellos por la cos tumbre o los hace cesar al hundirse

 

bajo su carga. Pero en el infierno, los tormentos no pueden ser amansados por la cos tumbre, porque al

 

mismo tiempo que son de terrible intensi dad, están cambiando continuamente, cada pena, por decir lo así,

 

inflamándose al contacto de otra nueva, que a su vez dota de una más fiera intensidad el fuego de la

 

antigua. Ni puede la naturaleza tampoco escapar al sufrimiento sucum biendo a él, porque el alma está

 

mantenida y sostenida en su daño de tal modo que su sufrimiento pueda ser aún mayor siempre. Ilimitada

 

extensión de tormento, increíble intensi dad de dolor, incesante variedad de tortura: esto es lo que la divina

 

majestad, tan ultrajada por los pecadores, exige. Esto es lo que reclama la sangre del Cordero de Dios,

 

vertida para redimir a los pecadores y hollada por los más viles entre los viles.

 

»La última tortura, la que sirve de remate a todas las otras del infierno, es su eternidad. ¡Eternidad! ¡Oh,

 

tremenda y es pantosa palabra! ¿Qué mente humana podrá comprenderla? Y tened presente que se trata de

 

una eternidad de sufrimien to. Aunque las penas del infierno no fueran tan terribles como son, se harían

 

infinitas sólo por estar destinadas a du rar para siempre. Pero al mismo tiempo que son eternas, son también,

 

como sabéis, insufriblemente intensas, intolerable mente extensas. Sufrir aunque fuera sólo la picadura de

 

un insecto por toda la eternidad, sería un tormento espantoso. ¿Qué será, pues, el sufrir para siempre las

 

múltiples torturas del infierno? ¡Para siempre! ¡Por toda la eternidad! No por un año, ni por un siglo, no por

 

una era, sino para siempre. Tratad de representaros la horrible significación de estas pa labras. Vosotros

 

habréis visto frecuentemente las arenas de una playa. ¡Qué diminutos son los granillos de arena! ¡Y cuántos

 

de estos granillos hacen falta para formar el puñadi to que un niño abarca con la mano en e l juego! Pues

 

imagi nad ahora una montaña de esta arena de más de un millón de millas de altura, de más de un millón de

 

millas de ancho, tal que se extendiera hasta el espacio más remoto, y de más de un millón de millas de

 

espesor; e imaginad esta enorme masa de innumerables partículas de arena, multiplicada tantas veces como

 

hojas hay en el bosque, gotas de agua en el enorme océano, plumas en los pájaros, escamas en el pez, pelos

 

en los animales y átomos en la vasta extensión de los aires. E imaginad que al cabo de un millón de años

 

viniera una avecilla a la montaña y se llevara en el pico un solo gra nillo de arena. ¿Cuántos millones de

 

millones de centurias transcurrirían antes de que la avecilla hubiese transportado ni tan siquiera un pie

 

cuadrado de la arena de la montaña, y cuántos siglos de siglos de edades tendrían que transcurrir antes de

 

 

 

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que la hubiese transportado toda? Y sin embargo, al final de tan enorme período de tiempo ni aun siquiera

 

un solo instante de la eternidad podría decirse que había trans currido. Al fin de todos esos billones y

 

trillones de años, la eternidad apenas si habría empezado. Y si esta montaña vol viera a levantarse tan pronto

 

como el pajarillo hubiera ter minado de transportarla, y el pájaro volviera y la comenzara a trans portar de

 

nuevo, grano a grano, y así se volviera a le vantar y a ser transportada tantas veces como estrellas hay en el

 

cielo, átomos en el aire, gotas de agua en el mar, hojas en los árboles, plumas en los pájaros, escamas en el

 

pez, pe los en los animal es, al fin de todas estas innumerables for maciones y desapariciones de aquella

 

montaña inmensura blemente grande, no se podría decir ni que un solo instante de la eternidad había

 

transcurrido; aun entonces, al fin de aquel enorme período, que sólo el imaginarlo hace girar nuestro

 

cerebro vertiginosamente, aun entonces, la eterni dad apenas si habría comenzado.

 

»Un bienaventurado santo (y me parece que era uno de nuestros padres), fue favorecido una vez con una

 

visión del infierno. Le pareció encontrarse en un grande y oscuro ves tíbulo, sumido en un profundo

 

silencio, turbado sólo por el tic––tac de un gran reloj. El tic––tac seguía incesantemente. Y le pareció al

 

santo aquel, que el sonido del tic––tac era la ince sante repetición de las palabras, siempre, jamás, siempre,

 

ja más. Siempre, estar en el infierno; jamás, estar en el cielo; siempre, estar privado de la presencia de Dios;

 

jamás, gozar de la visión beatífica. Siempre, ser comido por las llamas, roído por la gusanera, pinchado con

 

púas; jamás, verse libre de estas penas. Siempre, tener la conciencia atormentada, la memoria exasperada,

 

la mente llena de oscuridad y desespe ración; jamás, escapar de estos tormentos. Siempre, malde cir y

 

denostar a los horrendos demonios que se gozan en con templar la miseria de las víctimas dé sus engaños;

 

nunca, contemplar los brillantes ropajes de los santos espíritus; siempre, clamar a Dios, desde los abismos

 

del fuego, por un instante, un solo instante de tregua a la horrible agonía, y nunca, recibir, ni aun por un

 

instante, el perdón de Dios. Siempre sufrir, nunca gozar; siempre, estar condenado, y nunca obtener

 

salvación; siempre, nunca; siempre, nunca. ¡Oh, cuán horrendo castigo! Una eternidad de inacabable

 

agonía, de inacabable tormento espiritual y corporal, sin un rayo de esperanza, sin un momento de

 

descanso. Una eternidad de agonía ilimitada en intensidad, de tormento in finitamente variado, de tortura,

 

que alimenta eternamente aquello que eternamente devora, de angustia, que perdura blemente oprime el

 

espíritu mientras despedaza la carne, una eternidad, cada instante de la cual es ya de por sí una eternidad de

 

dolor. Tal es el terrible tormento decretado, para aquellos que mueren en pecado mortal, por un Dios justo y

 

todopoderoso.

 

»¡Sí, un Dios justo! Los hombres, al razonar como hom bres, se asombran de que Dios haya podido

 

decretar un castigo eterno e infinito en las llamas del infierno por un solo pecado mortal. Razonan así

 

porque cegados por la gran ilusión de la carne y la oscuridad de la humana inteligen cia, son incapaces de

 

comprender la horrenda malicia de un pecado mortal. Razonan así porque son incapaces de comprender

 

que aun el pecado venial es de tan mons truosa y repugnante naturaleza, que si el creador omnipo tente

 

pudiera hacer acabar todos los males y las miserias del mundo, las guerras, las enfermedades, los robos, los

 

crímenes, los asesinatos, sólo a condición de dejar pasar impune un simple pecado venial, una mentira, una

 

mira da colérica, un momento de voluntaria pereza, él, el gran de y omn ipotente Dios, no lo podría hacer,

 

porque el pe cado, ya de pensamiento, ya de hecho, es una transgresión de su ley divina y Dios no sería Dios

 

ni no castigara al transgresor.

 

»Un pecado, un instante de rebelde orgullo de la inteli gencia, hizo caer de la gloria a Lucifer y a la

 

tercera parte de la cohorte celestial. Un pecado, un solo instante de locura y debilidad arrojó a Adán y Eva

 

del paraíso y trajo la muerte y el sufrimiento al mundo. Para reparar las consecuencias de este pecado, el

 

Hijo Unigénito de Dios bajó a la tierra, vivió, padeció y murió de la más penosa muerte, colgado por tres

 

horas de la cruz.

 

»Ay, mis queridos hermanitos en Cristo Jesús, ¿ofendere mos también nosotros al buen Redentor y

 

provocaremos su cólera? ¿Pisotearemos también de nuevo ese cuerpo lacera do Y desgarrado?

 

¿Escupiremos en ese rostro tan lleno de pena y de amor? ¿Iremos también, como los crueles judíos y la

 

brutal soldadesca, a burlarnos de aquel manso y compasi vo salvador que holló solo el lagar por nuestro

 

amor? Cada palabra pecaminosa es una herida en su amoroso costado. Cada acto pecaminoso es una espina

 

que taladra su cabe za. Cada pensamiento impuro deliberadamente consentido es una aguda lanza que

 

traspasa su sagrado y amoroso cora zón. No, no. Es imposible que un ser humano haga lo que ofende tan

 

profundamente a la divina majestad, aquello que crucifica de nuevo al Hijo de Dios y hace befa de él.

 

»Yo le pido a Dios que mis pobres palabras hayan servido para confirmar en santidad a aquellos que

 

estén en estado de gracia, para fortalecer a los que flaqueen, para traer de nue vo al estado de gracia a la

 

pobre alma que se haya extravia do, si hubiera alguna entre vosotros. Yo le pido a Dios, y vo sotros debéis

 

hacerlo conmigo, que nos podamos arrepentir de nuestros pecados. Y ahora os voy a rogar a todos vosotros

 

 

 

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que repitáis conmigo el acto de contrición, arrodillándoos aquí, en esta humilde capilla, en la presencia de

 

Dios. Él está aquí en el tabernáculo abrasándose de amor de la hu manidad, dispuesto a confortar al af ligido.

 

No tengáis mie do. No importa nada, cuántos o cuán monstruosos sean los pecados; basta que os arrepintáis

 

de ellos y se os perdona rán. No permitáis que una vergüenza al estilo mundano os impida hacerlo. Dios es

 

todavía el señor misericordioso que no desea la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.

 

»Él os está llamando. Sois suyos. Él os sacó de la nada. Él os amó como sólo un Dios puede amar. Sus

 

brazos están abiertos para recibiros, aunque hayáis pecado contra él. Llé gate a él, ¡oh, pob re pecador!, ¡oh,

 

pobre y errado pecador! Ahora es el tiempo oportuno. Ahora es el momento.

 

El sacerdote se levantó y, volviéndose hacia el altar, se arrodilló sobre la grada delante del tabernáculo,

 

en la oscu ridad del crepúsculo.

 

Luego, levantando la cabeza, repitió fervorosamente, frase por frase, el acto de contrición. Los

 

muchachos con testaban frase por frase también. Stephen, con la lengua pegada al paladar, inclinó la cabeza

 

y rezó con el corazón.

 

––Oh, Dios mío

 

––Oh, Dios mío

 

––me pesa de corazón

 

––me pesa de corazón

 

 ––de haberte ofendido

 

 ––de haberte ofendido

 

–– y detesto mis pecados

 

––y detesto mis pecados

 

––sobre todo mal

 

––sobre todo mal

 

––porque te desagradan a ti, Dios mío,

 

––porque te desagradan a ti, Dios mío,

 

––que eres tan digno

 

––que eres tan digno

 

 ––de todo mi amor

 

––de todo mi amor

 

––y estoy firmemente resuelto

 

–y estoy firmemente resuelto

 

––con ayuda de tu divina gracia

 

––con ayuda de tu divina gracia

 

––a nunca más ofenderte

 

––a nunca más ofenderte

 

 ––ya enmendar mi vida.

 

–– y a enmendar mi vida.

 

Después de la cena, subió a su habitación con objeto de estar a solas con su alma, y a cada peldaño su alma

 

parecía suspi rar, y a cada peldaño su alma subía al mismo tiempo que sus pies, y suspiraba al ascender a

 

través de una región de visco sas tinieblas.

 

Se detuvo a la entrada en el descansillo, y luego cogió el ti rador de porcelana y abrió la puerta

 

suavemente. Esperó lle no de miedo, sintiendo que el alma le desfallecía y rogando en silencio que la

 

muerte no le tocara en la frente al traspo ner el umbral, que los demonios que moran en las tinieblas no

 

tuvieran poder contra él. Y esperó aún en el umbral, como a la entrada de una caverna sombría. Había caras

 

allí, ojos: le estaban esperando y acechando.

 

––Sabíamos desde luego perfectamente que esto tendría que venir a dar a la luz pública aunque él había

 

de tropezar con extraordinarias dificultades al procurar tratar de com prometerse a tratar de proponerse

 

averiguar el plenipoten ciario espiritual de modo que desde luego sab íamos perfec tamente bien…

 

Caras que murmuraban le estaban esperando; voces mur murantes que llenaban la cóncava oscuridad de

 

la cueva. Sintió miedo en el alma y en la carne, más, levantando bra vamente la cabeza, entró con resolución

 

en el cuarto. Una puerta; una habitación, la misma habitación, la misma ven tana. Y pensó que aquellas

 

palabras que le habían parecido levantarse como un murmullo de la oscuridad, carecían to talmente de

 

sentido. Y se dijo que todo era simplemente su habitación, su habitación con la puerta abierta.

 

 

 

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Cerró la puerta, y marchando en derechura hacia la cama, se arrodilló al lado de ella y se cubrió la cara

 

con las manos. Tenía las manos frías y húmedas y los miembros doloridos y escalofriados. Inquietud

 

corporal y escalofríos y cansancio le acosaban, poniendo en fuga sus pensamientos. ¿Por qué estaba allí,

 

arrodillado, como un niño que reza sus oraciones de la noche? Para estar a solas con su alma, para

 

examinarse la conciencia, para afrontar cara a cara sus pecados, para evocar sus modos, sus épocas, sus

 

circunstancias, para llo rarlos. No podía llorar. No podía evocarlos en su memoria. Sentía sólo un dolor en el

 

alma y en el cuerpo: todo su ser ––memoria, voluntad, entendimiento, carne–– entumecido y cansado.

 

Aquélla era la obra de los demonios, que trataban de dise minar sus pensamientos y burlar su conciencia

 

asaltándole por las puertas de la carne cobarde y corrompida por el pe cado. Y pidiéndole tímidamente a

 

Dios que le perdonara su debilidad, se metió lentamente en el lecho, se arrebujó bien en las coberturas y

 

ocultó de nuevo la cara entre las manos. Había pecado. Había pecado tan gravemente contra el cielo y

 

delante de Dios, que no era digno ya de ser llamado hijo de Dios.

 

¿Era posible que él, Stephen Dédalus, hubiera realizado tales cosas? Su conciencia suspiró por toda

 

respuesta. Sí, las había realizado, en secreto, repugnantemente, una vez y otra vez, y, endurecido en la

 

impenitencia del pecado, se había atrevido a llevar su máscara de santidad hasta de lante del tabernác ulo

 

mismo, cuando su alma no era otra cosa que una masa viviente de corrupción. ¿Cómo era po sible que Dios

 

no le hubiera matado de repente? La multi tud inmunda de sus pecados se estrechaba en torno de él, le

 

lanzaba el aliento, se doblegaba sobre él por todos lados. Se esforzó en olvidarlos mediante una oración,

 

arrebuján dose como un ovillo y apretando los párpados cerrados. Pero, ¿cómo sujetar los sentidos del

 

alma?; que aunque sus ojos estaban fuertemente cerrados, veía los lugares donde había pecado; y oía, aun

 

con los oídos bien tapados. De seaba con toda su alma dejar de oír y de ver, y lo deseó tanto, que por fin la

 

armazón de su cuerpo se puso a tem blar bajo la fuerza de su deseo y los sentidos de su alma se cerraron. Se

 

cerraron por un instante, pero se abrieron en seguida. Y vio.

 

Un campo de hierbajos, de cardos y de matas de ortigas. Entre las matas espesas y ásperas de las plantas

 

yacían innu merables latas viejas y destrozadas y coágulos de materias fecales y montones en espiral de

 

excremento sólido. Un dé bil reflejo de luz pantanosa se elevaba de toda esta podre dumbre a través del gris

 

verdoso de la erizada maleza. Y un mal olor, nauseabundo, débil como la luz, subía en pesadas vedijas de

 

las latas viejas y de la basura añeja y costrosa.

 

Algunos seres se movían por el campo: uno, tres, seis. Entes errantes, acá, allá. Seres cabrunos con cara

 

humana, frente cornuda y barba rala de un color gris como el del cau cho. La perversidad del mal les

 

brillaba en la mirada dura, mientras se movían, acá, allá, arrastrando en pos de sí la lar ga cola. Un rictus de

 

cruel maldad iluminaba con un res plandor grisáceo sus caras viejas y huesudas. El uno se cu bría las

 

costillas con un harapiento chaleco franela; otro se lamentaba monótonamente porque la barba se le

 

enredada entre la maleza. Un lenguaje impreciso salía de sus bocas sin saliva, mientras zumbaban en lentos

 

círculos, cada vez más estrechos, dando vueltas y vueltas alrededor del campo, arrastrando las largas colas

 

entre las latas tintineantes. Se movían en lentos círculos, para encerrar, para encerrar… con el lenguaje

 

indistinto de sus labios, y el silbido de sus lar gas colas embadurnadas de estiércol enranciado… impelien do

 

hacia lo alto las espantosas caras…

 

¡Socorro!

 

Arrojó enloquecido las coberturas lejos de sí para liber tarse la cara y el cuello. Aquél era su infierno.

 

Dios le había permitido ver el infierno que estaba reservado para sus pe cados. Un infierno nauseabundo,

 

bestial, perverso, un in fierno de demonios cabrunos y lascivos. ¡P ara él! ¡Para él!

 

Saltó de la cama. Sentía la nauseabunda vaharada que se le metía garganta abajo, asqueándole y

 

revolviéndole las en trañas. ¡Aire! ¡Aire del cielo! Se arrastró a encontronazos ha cia la ventana, gimiente y

 

casi desvanecido de malestar. Frente al lavabo una náusea se apoderó de él. Y oprimiéndo se con frenesí la

 

frente helada, vomitó en agonía, profusa mente.

 

Cuando el malestar hubo pasado, caminó con dificultad hasta la ventana y, levantando el bastidor, se

 

sentó en el ex tremo del alféiza r y apoyó el codo sobre el antepecho. La llu via había cesado y entre

 

movibles masas de vapor de agua, la ciudad estaba hilando de luz a luz el delicado capullo de una neblina

 

amarillenta. El cielo estaba tranquilo y tenía una vaga luminosidad. Y el aire resultaba grato al pulmón

 

como en una arboleda bien calada a chaparrones. Y, en medio de aquella paz de las luces temblorosas y la

 

quieta fragancia de la noche, Stephen hizo un pacto con su corazón.

 

Y oró:

 

––Un día, quiso venir a la tierra en toda su gloria celestial. Pero pecamos. Y ya no nos pudo visitar sino

 

ocultando su majestad, sofocando su resplandor porque era Dios. Y vino como débil, no como poderoso, y

 

 

 

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te envió a ti en su lugar, criatura dotada del encanto de las criaturas, y de atractivos humanos, propor-

 

cionados a nuestra condición. Y ahora, tu mismo rostro y for ma, querida madre, nos están hablando del

 

eterno. No como la belleza terrena, dañosa a quien la mira, sino como la estrella de la mañana, emblema

 

tuyo, radiante y musical, que habla del cielo y paz infunde. ¡Oh, heraldo de la mañana!¡Oh, luz del

 

peregrino! Síguenos conduciendo como hasta ahora lo hiciste, a través del desierto inhospitalario, guíanos

 

a Jesús Nuestro Se ñor, guíanos a nuestra patria.

 

Sus ojos estaban empañados de lágrimas y, mirando hu mildemente al cielo, lloró por su inocencia

 

perdida. Cuando hubo caído la noche, salió de casa. El primer con tacto del aire húmedo y oscuro y el ruido

 

de la puerta el ce rrarse en pos de él despertaron de nuevo el dolor de su con ciencia, t ranquilizada a fuerza

 

de oración y de lágrimas. ¡Confesarse! ¡Confesarse! No era bastante el aliviar el alma con una lágrima y

 

una oración. Tenía que arrodillarse delan te del ministro del Espíritu Santo y contarle sus pecados con

 

arrepentimiento y verdad. Antes de oír de nuevo el batiente de la puerta girar sobre el umbral para darle

 

paso, antes de volver a ver en la cocina la mesa dispuesta para la cena, se habría ya arrodillado y confesado.

 

¡Qué sencillo era! El do lor de su conciencia cesó y Stephen comenzó a avanzar des pacio por las calles

 

sombrías. ¡Había tantas losas en la acera de la calle y tantas calles en la ciudad y tantas ciudades en el

 

mundo! Y sin embargo, la eternidad no tenía fin. Estaba en pecado mortal. Aun una sola vez, ya era pecado

 

mortal. Po día ocurrir en un instante. ¿Cómo podía ocurrir tan de pri sa? O viendo o imaginando ver.

 

Primero, los ojos veían la cosa sin haber deseado verla. Después, todo ocurría en un instante. Pero ¿es que

 

esa parte del cuerpo comprende o qué? La serpiente, el animal más astuto del campo. Claro que debe de

 

comprender, cuando desea así, en un momento, y luego puede prolongar pecaminosamente su propio deseo,

 

instante tras instante. Siente y comprende y desea. ¡Qué cosa tan horrible! ¿Quién formó así esa parte del

 

cuerpo, capaz de comprender y de desear bestialmente? Y según eso, aquello ¿era una parte de él o era una

 

cosa inhumana, movida por un alma bajuna? Sentía un malestar en el alma al imaginarse una torpe vida de

 

reptil que dentro de él se estaba alimen tando de su delicada sustancia vital, engordando entre el cieno del

 

placer. Oh, ¿por qué ocurría esto así? ¿Por qué?

 

Se humilló entre las sombras de su pensamiento, abatién dose ante el respeto a la divinidad que había

 

hecho todas las cosas y todos los hombres. ¿Cómo se le podía ocurrir tal pensamiento? Y doblegándose

 

rendido en sus propias tinie blas, rogó en silencio a su ángel de la guarda que apartara con su espada al

 

demonio que le estaba susurrando en el cerebro.

 

El susurro cesó y entonces comprendió claramente que era su propia alma la que había pecado

 

voluntariamente mediante su cuerpo, de pensamiento, palabra y obra. ¡Confe sarse! Tenía que confesarse de

 

cada uno de sus pecados. ¿Y cómo expresarle en palabras al sacerdote lo que había he cho? No hab ía otro

 

remedio, no había otro remedio. ¿Y cómo decirlo sin morirse de vergüenza? O mejor: ¿cómo ha bía hecho

 

aquellas cosas sin avergonzarse? ¡Ay, loco! ¡Confe sarse! ¡Oh, sí, seguramente se iba a quedar limpio y

 

libre otra vez! ¡Ay, Dios del alma!

 

Siguió andando a través de calles mal alumbradas temien do detenerse ni aun un momento, no pareciese

 

que reculaba ante lo que le estaba esperando, y temiendo llegar a lo mismo que ansiaba. ¡Cuán hermosa

 

debía de parecer un alma en es tado de gracia cuando Dios l a mira amorosamente!

 

Había sentadas en el borde de la acera delante de sus ces tas unas muchachas desharrapadas. Mechones de

 

pelo hú medo les colgaban por encima de la frente. Ciertamente no estaban hermosas, sentadas así sobre el

 

fango. Pero Dios veía sus almas, y si estaban en estado de gracia, eran bellas y Dios las amaba al mirarlas.

 

Un soplo frío de humillación pasó por su alma al pensar cuán bajo había caído, al sentir que aquellas

 

almas eran más gratas a Dios que la suya. El viento pasaba por encima de él y se iba a otras innumerables

 

almas que brillaban con el favor de Dios, tan pronto más, tan pronto menos, que flotaban o se hundían,

 

fundidas en aquel soplo huidizo. Pero un alma estaba perdida, un alma diminuta: la suya propia. Había va-

 

cilado un instante, se había apagado, olvidada, perdida. Y nada más: negrura, frío, vacío, desolación.

 

La conciencia del lugar en que se encontraba fue refluyen do lentamente a su espíritu por encima de un

 

vasto y oscuro período de tiempo sin sensación ni vida. La escena sórdida iba resucitando ahora en torno de

 

él: la entonación familiar, los mecheros de gas encendidos en las tiendas, y olores a aguardiente, a pescado,

 

a serrín húmedo, y mujeres y hom bres que pasaban de un lado a otro. Una vieja se disponía a cruzar la calle

 

con su lata de aceite en la mano. Se inclinó y le preguntó si había una capilla por allí cerca.

 

––¿Una capilla, señor? Sí, señor. La capilla de la calle de la Iglesia.

 

––¿De la Iglesia?

 

 

 

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La vieja se pasó de mano la lata para indicarle la direc ción . Y al sacar su mano ennegrecida y marchita de

 

debajo de los flecos del mantón, Stephen se inclinó más profunda mente, entristecido y aliviado por la voz

 

de la vieja.

 

––Gracias.

 

––No hay de qué, señor.

 

Los cirios del altar mayor estaban ya apagados, pero la fragancia del incienso se difundía aún, flotando

 

por la nave. Unos trabajadores barbudos y de cara piadosa estaban sa cando un palio por una puerta lateral y

 

el sacristán los ayu daba con gestos y con palabras suaves. Unos cuantos devo tos permanecían to davía

 

rezando delante de uno de los altares laterales, o arrodillados en los bancos cerca de los con fesionarios.

 

Stephen se acercó humildemente y se arrodilló en el último banco, con el alma confortada por la paz, el si-

 

lencio y la fragante sombra de la capilla. El larguero sobre el que estaba arodillado era estrecho y estaba

 

desgastado, y aquellos que estaban de rodillas cerca de él eran humildes seguidores de Jesús. También

 

Jesús había nacido pobremen te y había trabajo en el taller de un carpintero, ser rando ta blas y cepillándolas,

 

y cuando había comenzado a hablar del reino de Dios había sido a pobres pescadores, enseñando así a todos

 

a ser humildes y mansos de corazón.

 

Inclinó la cabeza sobre las manos y mandó a su corazón que fuese manso y humilde para poder llegar a

 

ser como aquellos que estaban arrodillados cerca de él y para que su oración fuera propiciatoria cual la de

 

ellos. Oraba junto a ellos, pero comprendía que en su caso era más arduo. Su alma estaba manchada por el

 

pecado, y no se atrevía a pedir el perdón de sus culpas con la simple confianza de aquellos a los cuales, por

 

inescrutable designio de Dios, había llama do los primeros a su lado, carpinteros y pescadores, gente pobre

 

y sencilla dedicada a humildes tareas, a obrar y mode lar la ma dera de los árboles o a remender

 

pacientemente las redes.

 

Una sombra alta avanzó por la nave lateral y los peniten tes se removieron. Y por último, levantando un

 

momento los ojos, distinguió una larga barba gris y el hábito oscuro de un capuchino. El religioso entró en

 

el confesonario y quedó oculto. Los penitentes se levantaron y se colocaron a ambos lados del

 

confesonario. Se oyó el ruido de un cierre de made ra al descorrerse y el murmullo de una voz comenzó a

 

turbar el silencio. La sangre le comenzó a murmurar en las venas, como una ciudad pecadora despertada del

 

sueño para oír su sentencia de destrucción. Copos de fuego y polvo de cenizas caían mansamente sobre las

 

casas de los hombres. Y ellos se agitaban, despertando del sueño, turbados por el aire abra sador.

 

El cierre volvió a correrse y el penitente emergió de la sombra por el costado del confesonario. Se

 

descorrió el cie rre del otro lado. Una mujer entró con calmosa compostura en el sitio donde el primer

 

penitente había estado arrodilla do. Y el l eve murmullo comenzó de nuevo.

 

Aún podía abandonar la capilla. Podía levantarse, echar un pie tras otro, salir suavemente y luego correr,

 

correr, correr a toda velocidad a través de las calles oscuras. Aún tenía tiempo de escapar de aquel

 

bochorno. Si hubiera sido algún terrible crimen, ¡pero aquel pecado! ¡Si hubie ra sido un asesinato!

 

Menudos copos de fuego caían abra sándole por todas partes: pensamientos vergonzosos, pa labras

 

vergonzosas, actos vergonzosos. Y la vergüenza le cubría totalmente como una capa impalpable de abrasa-

 

dora ceniza que iba cayendo sin cesar. ¡Expresarlo con pa labras! Su alma, entre el ansia de la asfixia y el

 

desamparo, quería dejar de existir.

 

El cierre fue descorrido otra vez. Un penitente emergió del lado opuesto del confesionario. Otra vez el

 

cierre. Un pe nitente entró en el sitio de donde el anterior había salido. El suave susurro salía en vaporosas

 

nubecillas de la caja de ma dera. Era la mujer: nubecillas tenues y susurrantes, vapor te nue en susurros, que

 

susurraba, que se desvanecía.

 

Secretamente, por debajo del antepecho del banco, se gol peó humildemente el seno. Viviría en paz con

 

Dios y con los otros. Amaría a su prójimo. Amaría a Dios que le había crea do y le había amado. Se

 

arrodillaría y rezaría con los demás, y sería feliz. Dios se dignaría posar su mirada sobre él y so bre los otros

 

y los amaría a todos.

 

¡Qué fácil es ser el bueno! El yugo de Dios era ligero y sua ve. Mejor era no haber pecado nunca, haber

 

permanecido siempre como un niño, porque Dios amaba a los pequeñue los y dejaba que se acercasen a él.

 

Pero Dios era misericor dioso para los pobres pecadores que se arrepentían de cora zón. ¡Cuán cierto era

 

aquello! ¡Eso sí que se podía llamar bondad!

 

El cierre se corrió de pronto. Él era el siguiente. Se levantó lleno de terror y caminó a ciegas hasta el

 

confesonario. Había llegado por fin. Se arrodilló en la silenciosa oscuri dad y levantó los ojos hacia el

 

blanco crucifijo que estaba colgado encima de él.’Dios podría ver que le pesaba. Diría todos sus pecados.

 

Su confesión sería larga. Todo el mundo en la capilla comprendería cuán pecador había sido. ¡Que lo

 

supieran! Era verdad. Pero Dios había prometido perdonar le, con tal de que le pesase de corazón. Y le

 

 

 

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pesaba. Juntó las manos y las levantó hacia la blanca forma, rogando con sus ojos entenebrecidos, rogando

 

con todo el trémulo cuerpo, moviendo la cabeza de un lado a otro como una criatura abandonada, rogando

 

con los gimientes labios.

 

––¡Me pesa! ¡Me pesa! ¡Me pesa!

 

El cierre se descorrió con un golpe brusco y el corazón le dio un salto en el pecho. Por la rejilla se veía la

 

cara de un an ciano sacerdote, apartada del penitente, apoyada sobre una mano. Stephen hizo la señal de la

 

cruz y rogó al sacerdote que le bendijera porque había pecado. Luego, inclinando la cabeza, recitó

 

despavorido el Confiteor. Al llegar a las pala bras de mi gravísima culpa, cesó, sin aliento.

 

––¿Cuánto tiempo hace desde su última confesión, hijo mío?

 

––Mucho tiempo, padre.

 

––¿Un mes, hijo mío?

 

––Más, padre.

 

––¿Tres meses, hijo mío?

 

––Más aún, padre.

 

––Ocho meses, padre.

 

Había comenzado. El sacerdote preguntó:

 

––¿Y de qué se acuerda usted desde entonces?

 

Comenzó a confesar sus pecados: misas perdidas, oracio nes no dichas, mentiras.

 

––¿Alguna cosa más, hijo mío?

 

Pecados de cólera, envidia de lo ajeno, glotonería, vani dad, desobediencia.

 

––¿Alguna cosa más, hijo mío?

 

No había otro remedio. Murmuró:

 

––He… cometido pecados de impureza, padre.

 

El sacerdote no volvió la cabeza.

 

––¿Consigo mismo, hijo mío?

 

––Y .. con otros.

 

––¿Con mujeres, hijo mío?

 

––Sí, padre.

 

––¿Eran mujeres casadas, hijo mío?

 

No lo sabía. Sus pecados le iban goteando de los labios y del alma, rezumando, supurando como una

 

corriente de vi cio sucia y emponzoñada. Los últimos pecados salieron por fin, lentos y asquerosos. Ya no

 

había más que decir. Inclinó la cabeza, rendido.

 

El sacerdote callaba. Después, preguntó:

 

––¿Qué edad tiene usted, hijo mío?

 

––Dieciséis años, padre.

 

El sacerdote se pasó la mano varias veces por la cara. Des pués descansó la frente sob re una mano, se

 

recostó contra la rejilla y, los ojos todavía desviados, habló lentamente. Tenía la voz cansada y vieja.

 

––Es usted muy joven, hijo mío, y me va usted a permitir que le ruegue que abandone ese pecado. Es un

 

pecado terri ble. Mata el cuerpo y mata el alma. Es la causa de muchos crímenes y desgracias. Abandónelo

 

usted, hijo mío, por el amor de Dios. Es deshonroso e indigno de hombres. Usted no sabe hasta dónde ese

 

maldito hábito le puede llevar a us ted o hasta dónde puede llegar él en contra suya. Mientras cometa usted

 

ese pecado, su alma carecerá absolutamente de valor a los ojos de Dios. Pídale a nuestra madre María que

 

le ayude. Ella le ayudará, hijo mío. Ruégueselo a Nuestra Seño ra cada vez que este pecado le venga a la

 

imaginación. Estoy seguro de que lo hará así, ¿no es cierto? Usted se arrepiente de todos estos pecados.

 

Estoy seguro. Y le va usted a prome ter a Dios que, con ayuda de su santa gracia, no le va a volver a ofender

 

con ese pecado asqueroso. Hágale esta promesa a Dios. ¿La hará usted?

 

––Sí, padre.

 

La voz, vieja y cansada, caía como una suave lluvia sobre su corazón trémulo y reseco. ¡Cuán suave!

 

¡Cuán triste! ––Hágalo así, pobre hijo mío. El demonio le tiene extra viado. Rechácele hacia el infierno

 

siempre que le traiga la tentación de deshonrar su cuerpo de esta manera; rechace al espíritu infernal que

 

aborrece a Nuestro Señor. Promé tale a Dios que abandonará ese pecado vil, ese pecado as queroso.

 

Cegado por las lágrimas y por la luz de la misericordia di vina, Stephen inclinó la cabeza y oyó las graves

 

palabras de la absolución y vio cómo la mano del sacerdote se levantaba –– sobre él en prenda de perdón.

 

––Dios le bendiga, hijo mío. Ruegue a Dios por mí.

 

 

 

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Se arrodilló para rezar la penitencia en un rincón de la os cura nave; y sus oraciones ascendían al cielo

 

desde el cora zón purificado como una oleada de aroma que fluyera aire arriba desde el corazón de una rosa

 

blanca.

 

¡Qué alegres, las calles enfangadas! Marchaba hacia casa a grandes pasos, consciente de una gracia que

 

se difundía por sus miembros y los aligeraba. A pesar de todo, lo había he cho. Se había confesado y Dios le

 

había perdonado. Su alma era pura y santa una vez más, santa y feliz.

 

¡Qué hermoso morir ahora, si fuera voluntad de Dios! Y qué hermoso vivir en gracia una vida de paz y

 

de virtud y de indulgencia para con los demás.

 

Se sentó al fuego en la cocina, sin atreverse a hablar de pura felicidad. Hasta aquel momento no había

 

sabido cuán hermosa y apacible podía ser la vida. El cuadrado de papel verde, prendido con alfileres

 

alrededor de la lámpara, pro yectaba un dulce reflejo. Sobre la mesa había un plato de sal chichas y pudding

 

blanco y, en la repisa, huevos. Todo para el desayuno del día siguiente, después de la comunión en la

 

capilla del colegio. Pudding blanco y huevos y salchichas y tazas de té. Después de todo, ¡qué simple y qué

 

hermosa era la vida! Y toda la vida yacía ahora delante de él.

 

Como en un ensueño, cayó dormido. Como en un ensue ño, se levantó y vio que ya era de mañana. Como

 

en un en sueño de duermevela, caminó hacia el colegio a través de la mañana tranquila.

 

Todos los muchachos estaban ya arrodillados en sus si tios. Se arrodilló entre ellos, tímido y feliz. El altar

 

estaba re cubierto de masas olorosas de flores blancas. Y, en la luz ma t inal, las llamas pálidas de los cirios

 

ardían entre las blancas flores, pulcras y silenciosas como su propia alma.

 

Se arrodilló delante del altar con sus compañeros y sostu vo al par que ellos el paño que descansaba como

 

sobre una balaustrada de manos. Las suyas temblaban y su alma con ellas, mientras el sacerdote iba

 

avanzando de sito en sitio lle vando el copón.

 

––Corpus Domini nostri.

 

¿Sería posible? Estaba arrodillado allí, tímido y limpio de pecado. Y sostendría en su lengua la hostia y

 

Dios entraría en su cuerpo purificado.

 

––In vitam eternam. Amen.

 

¡Una nueva vida! ¡Una vida de gracia y de virtud y de feli cidad! Y lo pasado, pasado.

 

––Corpus Domini nostri.

 

La copa sagrada había llegado hasta él.

 

Cuatro

 

Los domingos los tenía dedicados al misterio de la Santí sima Trinidad; los lunes, al Espíritu Santo; los

 

martes, a los Ángeles Custodios; los miércoles, a San José; los jueves, al Santísimo Sacramento del Altar;

 

los viernes, a la Pasión de Jesús; los sábados, a la Santísima Virgen María.

 

Todas las mañanas se santificaba de nuevo en la presencia de alguna sagrada imagen o de algún misterio.

 

El día co menzaba para él con el ofrecimiento heroico de cada uno de sus pensamientos y acciones por la

 

intención del Sumo Pon tífice y con una misa temprana. El ai re crudo de la mañana aguzaba su decidida

 

piedad; y a menudo, arrodillado entre los escasos fieles delante de un altar lateral, siguiendo el murmullo

 

del sacerdote en su devocionario lleno de estam pas que servían de señal, echaba una rápida ojeada hacia la

 

figura revestida, en pie, allá en la oscuridad, entre los dos ci rios que representaban el Antiguo y el Nuevo

 

Testamento, y se imaginaba que estaba asistiendo a una misa en las cata cumbas.

 

Su vida diaria estaba dividida en diversas áreas de devo ción.

 

Por medio de jaculatorias y de oraciones, acumulaba de muy buena voluntad centenas y cuarentenas de

 

días, y aun años enteros, en favor de las almas del purgatorio; aunque el triunfo espiritual que sentía al

 

ganar con tan poca molestia tan largos períodos de penitencia canónica no le recompen saba completamente

 

su celo, desde el momento que ignora ba cuánto sufrimiento temporal había evitado a las pobres almas por

 

medio de su sufragio; e introdujo su alma en un círculo cada vez más amplio de obras heroicas, temeroso

 

de que para con el fuego del purgatorio, que no se diferencia del infernal más que en no ser eterno, su

 

penitencia no tuviera más validez que la de una gota de agua.

 

Cada momento del día, dedicado ahora a los que miraba como deberes de su paso por la vida, giraba en

 

torno de su actividad espiritual. Su vida parecía haberse aproximado a la eternidad. Podía lograr que cada

 

uno de sus pensamien tos, palabras y obras, revibrara radiantemente en el cielo; y a veces la sensación de

 

ese repercutir inmediato era tan inten sa, que le parecía que su alma devota obraba como los dedos sobre el

 

teclado de una gran caja registradora y que podía ver la suma de su adquisición aparecer inmediatamente

 

 

 

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ins crita en el cielo, no como una cifra, sino como una débil co lu mnilla de incienso o como una delicada

 

flor.

 

También los rosarios que rezaba constantemente ––pues llevaba las cuentas sueltas en los bolsillos del

 

pantalón para poder rezar por la calle–– se le transformaban en coronas de flores de una contextura tan

 

extraterrena, tan vaga, que le parecían carecer de matiz y de olor, del mismo modo que carecían de nombre.

 

Cada uno de sus tres rosarios cotidia nos era ofrecido para que su alma creciera más vigorosa mente en cada

 

una de las virtudes teologales, en la fe en el Padre que le había creado, en la esperanza en el Hijo que le

 

había redimido y en el amor al Espíritu Santo que le había santificado; y esta plegaria tres veces triple la

 

ofrecía a las tres personas de la Santísima Trinidad por mediación de María considerada en sus misterios

 

gozosos, dolorosos y gloriosos.

 

Cada día de los siete de la semana rezaba para que uno de los siete dones del Espíritu Santo descendiera

 

sobre su alma y arrojara día por día a cada uno de los siete pecados morta les que le habían manci llado en el

 

pasado; y rezaba para ob tener cada don en su día señalado, con la confianza de que descenderían sobre él,

 

aunque le resultaba extraño algunas veces que tres dones como sabiduría, entendimiento y cien cia, fuesen

 

tan distintos que necesitaran cada uno por su lado un día diferente. Con todo, creía que en una etapa futu ra

 

de su progreso espiritual, quedaría la dificultad resuelta cuando su alma pecadora estuviera más fortalecida

 

y alum brada por la tercera persona de la Trinidad Santísima. Pero l o creía tanto más, y aun con ansia, a

 

causa de la divina oscu ridad y silencio donde mora el invisible Paráclito cuyos sím bolos son una paloma y

 

un viento poderoso; pecar contra Él es pecado que no encuentra perdón; Él es, en fin, aquel eter no, secreto

 

y misterioso ser al que como a Dios ofrecen los sacerdotes una misa cada año revestidos del rojo de las lla-

 

mas de fuego.

 

Las imágenes bajo las cuales quedaban veladas en los li bros de devoción la naturaleza y las relaciones de

 

las tres personas de la Santísima Trinidad ––el Padre, que se contem pla por una eternidad, como en un

 

espejo, en sus divinas perfecciones, y de ahí engendra a su Eterno Hijo, y el Espíri tu Santo, que procede

 

eternamente del Padre y del Hijo––, es tas imágenes oscuras eran, en razón de su augusta incom-

 

prensibilidad, más fácilmente aceptadas por su mente que el simple hecho de que Dios hubiera amado al

 

alma de él, de su criatura, desde una eternidad, eras y eras antes de que nacie ra el mundo, eras antes de que

 

el mismo mundo existiera.

 

Había oído pronunciar solemnemente en la escena y en el púlpito los nombres de las pasiones del amor y

 

del odio; las había visto expuestas pomposamente en los libros, y se pre guntaba por qué su alma era

 

incapaz de albergar ni el uno ni el otro ni ––»n siquiera de forzar los labios a pronunciar sus nombres con

 

convicción. A menudo había sentido un breve acceso de cólera, pero nunca había sido capaz de conservar

 

su resentimiento largo rato, sino que había sentido que se iba desvaneciendo en seguida como una cáscara o

 

una piel que se desprendiera con toda suavidad de su propio cuerpo. Y había sentido también una presencia

 

oscura, sutil y susu rrante que penetraba por todo su ser, que lo incendiaba en las llamas pasajeras de un

 

deseo vedado. Y también este an helo resbalaba hasta colocarse fuera de su alcance, dejando su mente

 

indiferente y lúcida. Parecían éstos el único amor y el único odio que su alma era capaz de albergar.

 

Pero ahora no podía dejar por más tiempo de creer en la realidad del amor, puesto que el mismo Dios

 

había amado a su alma individual con un amor divino por una eternidad toda. Gradualmente, según su alma

 

se iba enriqueciendo en conocimiento espiritual, iba viendo cómo el mundo todo formaba una expresión

 

simétrica del poder y el amor de Dios. La vida se convertía en un don divino, y por cada sen sación, por

 

cada momento de él, su alma tenía que alabar y dar gracias a Dios, aunque no fuera más que de ver cómo

 

colgaba una hoja de la rama de un árbol. El mundo, no obs tante su solidez y su c omplejidad, ya no existía

 

para Stephen más que como un teorema de la universalidad, el amor y el poder divinos. Y tan íntegra e

 

incuestionable era la sensa ción de un divino sentido que la naturaleza le daba, que llegó a casi no

 

comprender para qué era necesario que él siguiera existiendo en el mundo. Y, sin embargo, esto formaba

 

parte del designio divino y no era él, por tanto, quien lo había de discutir, él menos que nadie, pues había

 

pecado tan grave mente, tan horrendamente contra los designios de Dios. Manso y abatido por este

 

conocimiento de una realidad eterna, omnipresente y perfecta, se refugió de nuevo en su carga de

 

devociones, misas, preces, mortificaciones y sacra mentos, y sólo entonces por primera vez desde que

 

cavilaba en el gran misterio del amor, sintió dentro de sí un cálido movimiento como de algo recién nacido,

 

una nueva vida o una nueva virtud de su propia alma. La actitud de éxtasis que conocía por el arte sagrado,

 

las manos separadas y en alto, los labios entreabiertos, los ojos como los de quien está próximo a

 

desmayarse, esta actitud llegó a ser para él la ima gen del alma en oración, humillada y débil delante de su

 

Creador.

 

 

 

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Pero había sido prevenido contra los peligros de la exalta ción espiritual y no se permitió, por tanto, cejar

 

en la más ni mia o insignificante de sus devociones, y tendía también por medio de una constante

 

mortificación más a borrar su pasa do pecaminoso que a adquirir una santidad llena de peli gros. Cada uno

 

de sus sentidos estaba sometido a una rigu rosa discip lina. Con objeto de mortificar el sentido de la vista, se

 

puso como norma de conducta el caminar por la ca lle con los ojos bajos, sin mirar ni a derecha ni a

 

izquierda y ni por asomo hacia atrás. Sus ojos evitaban todo encuentro con ojos de mujer. Y de vez en

 

cuando los refrenaba median te un repentino esfuerzo de voluntad, dejando a medio leer una frase

 

comenzada y cerrando de golpe el libro. Para mor tificar el oído dejaba en libertad su voz, que estaba por

 

en tonces cambiando, no cantaba ni silbaba nunc a y no hacía lo más mínimo para huir de algunos ruidos que

 

le causaban una penosa irritación de los nervios, como el oír afilar cu chillos en la plancha de la cocina, el

 

ruido de recoger la ceni za en el cogedor o el varear de una alfombra. Mortificar el o l fato le resultaba más

 

difícil, porque no sentía la menor repugnancia instintiva de los malos olores, ya fueran exte riores, como los

 

del estiércol o el alquitrán, ya fueran de su propia persona. Entre todos ellos había hecho muchas cu riosas

 

comparaciones y experimentos, hasta que decidió que el único olor contra el cual su olfato se rebelaba, era

 

una especie de hedor como a pescado podrido o como a orines viejos y descompuestos; y cada vez que le

 

era posible, se so metía por mortificación a este olor des agradable. Para mor tificar el gusto se sujetaba a

 

normas muy estrictas en la mesa; observaba a la letra los ayunos de la Iglesia y procura ba distrayéndose

 

apartar la imaginación del gusto de los di ferentes platos. Pero era en la mortificación del tacto donde su

 

inventiva y su ingenuidad trabajaron más infatigable mente. No cambiaba nunca conscientemente de

 

posición en la cama, se sentaba en las posturas menos cómodas, sufría pacientemente todo picor o dolor, se

 

separaba del fuego, es taba de rodillas tod a la misa, excepto durante los evangelios, dejaba parte de la cara y

 

del cuello sin secar para que se le cortaran con el aire y, cuando no estaba rezando el rosario, llevaba los

 

brazos rígidos, colgados a los costados como un corredor, y nunca metía las manos en los bolsillos ni se las

 

echaba a la espalda.

 

No tenía tentaciones de pecar mortalmente. Pero le sor prendía, sin embargo, el ver que después de todo

 

aquel com plicado curso de piedad y de propia contención, se hallaba a merced de las más pueriles e

 

insignificantes imperfecciones. Todos sus ayunos y oraciones le servían de poco para llegar a suprimir el

 

movimiento de cólera que experimentaba al oír estornudar a su madre o al ser interrumpido en sus devocio-

 

nes. Y necesitaba un inmenso esfuerzo de su voluntad para dominar el impulso que le excitaba a dar salida

 

a su irrita ción. Se le representaban ahora las imágenes de cólera trivial que había observado entre sus

 

maestros, las bocas crispa das, los labios contraídos, las mejillas arreboladas, y estos r ecuerdos le

 

descorazonaban, a pesar de sus prácticas de hu mildad, al establecer una comparación con sus propios arre-

 

batos. Confundir su vida en la común marea de todas las otras era lo que se le hacía más dificil que todo

 

ayuno u ora ción; fracasaba cons tantemente cuando se proponía hacerlo a todo su sabor, y estos fracasos le

 

llegaron a dejar en el alma una sensación de sequedad espiritual junto a brotes de du das y de escrúpulos. Su

 

alma atravesaba por un período de desolación en el cual hasta los mismos sacramentos parecían haberse

 

convertido en fuentes agotadas. La confesión le servía sólo como un canal de desagüe para sus escrúpulos y

 

sus imperfecciones incorregibles. Y cuando recibía ahora la eucaristía, no le aportaba aquellos fervorosos

 

momentos de entrega virginal que aún le proporcionaban las comuniones espirituales hechas algunas veces

 

al final de una visita al Santísimo Sacramento. El libro que usaba para tales visitas era un libro desechado

 

escrito por San Alfonso María de Li gorio, de pálidos caracteres y secas y amarillentas hojas. Un mundo

 

marchito de amor ferviente y virginales respuestas parecía ser evocado por su alma a la lectura de estas

 

páginas, en las cuales la serie metafórica de los cánticos estaba entre tejida con las oraciones del que hacía

 

la comunión espiritual. Una voz imperceptible parecía acariciar el alma, una voz que le decía sus glorias y

 

sus nombres, que la invitaba a levantar se y salir al encuentro del cortejo de bodas, que la invitaba a avizorar

 

al esposo desde Amana y desde las montañas de los leopardos; y el alma parecía contestar, entregándose

 

con la misma imperceptible voz: Inter ubera mea commorabitur.

 

Esta idea de la entrega tenía una peligrosa atracción para su mente, pues ahora sentía el alma asediada de

 

nuevo por las insistentes voces de la carne que comenzaba a murmu rarle al oído durante sus plegarias y sus

 

meditaciones. Le daba un intenso sentido de su poder el conocer que con un simple acto de consentimiento,

 

en un instante podía desha cer todo lo que había he cho. Le parecía sentir una inunda ción que iba avanzando

 

poco a poco hacia sus pies desnudos y estar esperando la llegada de la primera y diminuta onda que, débil,

 

silenciosa, se iba aproximando tímidamente has ta él. Y entonces, cuando casi estaba al bord e de consentir

 

en el pecado, se encontraba de repente lejos de la onda sobre la ribera segura, salvado por un acto

 

instantáneo de su volun tad o por una jaculatoria repentina; y al ver desde lejos la lí nea argentada de las

 

ondas que comenzaban de nuevo un lento avanzar hacia sus pies, un estremecimiento de satisfac ción le

 

 

 

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conmovía el alma, por la conciencia del propio poder, porque no se había rendido, porque no había

 

deshecho todo lo edificado.

 

Después de haber esquivado varias veces por este proce dimie nto el piélago de la tentación, se sintió

 

turbado, y se preguntaba si la gracia que se había negado a perder en el ataque cara a cara no le estaría

 

siendo arrebatada poco a poco. Se le enturbió la clara certidumbre de su inmunidad y en su lugar nació un

 

vago recelo de que su alma no se hubie ra rendido ya sin darse cuenta. Sólo con dificultad volvía a adquirir

 

la conciencia de hallarse en estado de gracia al re petirse a sí mismo que había rogado a Dios en cada una de

 

sus tentaciones y que la gracia que había pedido le tenía que haber sido concedida, ya que el mismo Dios

 

estaba obligado a darla. La mucha frecuencia y furor de sus tentaciones le dieron a conocer por fin cuán

 

verdad era lo que había oído decir acerca de las pruebas a que se veían sometidos los san tos. Las

 

tentaciones frecuentes y violentas eran precisamente la prueba de que la ciudadela del alma no se había

 

rendido y de que el demonio rabiaba por hacerla caer.

 

Al confesar sus dudas y sus escrúpulos ––descuidos mo mentáneos en la oración, fútil es movimientos

 

interiores de cólera o leves voluntariedades de palabra o de hecho–– se veía a menudo invitado por el

 

confesor a nombrar algún pecado de la vida pasada antes de recibir la absolución. Y lo nom braba con

 

humildad y vergüenza y se arrepentía de él de nue vo. Le humillaba y le avergonzaba el pensar que no se

 

vería libre enteramente de él jamás, por muy santamente que vi viese, por muchas virtudes y perfecciones

 

que llegase a al canzar. Siempre existiría en su alma un inquieto sentimiento de culp a; se arrepentiría, se

 

confesaría, sería absuelto, se vol vería a arrepentir, a confesar, le volverían a absolver: todo inútil. Quizás

 

aquella primera confesión hecha a toda prisa, arrancada sólo por el temor del infierno, no había sido váli da.

 

Quizás movido sólo por su inminente condenación no había tenido sincero dolor de su pecado. Perla prueba

 

más indudable de que su confesión había sido válida, era ––lo veía muy bien–– la enmienda de su vida.

 

––Porque he enmendado mi vida, ¿verdad? ––se pregun taba.

 

El director estaba en pie junto al marco de la ventana, dando la espalda a la claridad y con el antebrazo

 

apoyado en el os curo visillo. Mientras hablaba y sonreía se entretenía, ya en balancear la cuerda de la

 

cortina, ya en anudarla. Stephen es taba dela nte de él y seguía alternativamente, tan pronto la lenta luz de un

 

día de verano que se iba desvaneciendo, tan pronto los pausados y hábiles movimientos de los dedos del

 

religioso. La cara del sacerdote estaba sumergida en total os curidad, pero la luz pál ida llegaba por detrás

 

hasta tocarle las hundidas sienes y la forma del cráneo. Stephen seguía también con el oído el son y las

 

pausas de la voz del director, que estaba tratando en un tono grave y cordial de varios te mas indiferentes:

 

de las vacaciones que justamente habían terminado, de los colegios que la Orden tenía en el extranje ro, de

 

los cambios de los profesores. La voz grave y cordial seguía adelante con su charla y Stephen se sentía

 

obligado en las pausas a hacerla continuar proponiendo alguna respe tuosa pregunta. Sabía que todo aquello

 

no era más que un prólogo y se preguntaba en qué vendría a parar. Desde que había recibido la cita del

 

director, su mente había estado lu chando por descifrar la intención de tal mensaje; y durante la larga esper a

 

en la sala de visitas del colegio, sus ojos ha bían ido pasando revista mecánicamente a los severos cuadros

 

que pendían de las paredes mientras su imaginación se des hacía en hipótesis; hasta que por fin el objeto de

 

la convoca toria se le había hecho ca si claro, Y entonces, cuando estaba deseando que alguna causa

 

imprevista impidiera la venida del director, había sentido el ruido del pestillo de la puerta y el roce de una

 

sotana.

 

El director se había puesto a hablar de las órdenes de los dominicos y los franciscanos y de la amistad

 

entre Santo To más y San Buenaventura. El hábito de los capuchinos, a su parecer, era demasiado…

 

El rostro de Stephen reflejó la indulgente sonrisa del di rector, y como no tenía especial interés en opinar,

 

hizo un leve gesto de duda con los labios.

 

––Me parece ––continuó el director–– que se habla ahora, hasta por los mismos capuchinos, de

 

desecharlo y de seguir el ejemplo de los otros franciscanos.

 

––Pero seguirán llevándolo en el convento ––dijo Stephen.

 

––Claro, desde luego ––dijo el director––. Para el convento está perfectamente, pero para salir a la calle,

 

me parece que harían mejor en dejarlo de una vez, ¿no crees?

 

––Me parece que debe de ser molesto.

 

––Claro que lo es, claro. Figúrate que cuando yo estaba en Bélgica los veía, hiciera el tiempo que hiciese,

 

montar en bi cicleta, con esa cosa que se les subía hasta las rodillas. Era verdaderamente ridículo. En

 

Bélgica les llaman les jupes.

 

Cambiaba de tal modo la vocal que era imposible com prender.

 

––¿Cómo les llaman?

 

 

 

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––Les jupes.

 

––¡Ah!

 

Stephen volvió a sonreír en respuesta a la sonrisa del sa cerdote, sonrisa que él no podía llegar a distinguir

 

en el ros tro recatado en la sombra, pero cuya imagen o cuyo espectro le pasó rápidamente por la

 

imaginación al sentir llegar a su oreja el sonido discreto de la palabra pronunciada en voz baja. Se puso a

 

mirar serenamente el cielo que palidecía y se sintió contento del fresco del atarceder y de aquella débil luz

 

amarillenta que ocultaba el leve rubor que le había subido a las mejillas.

 

Los nombres de las prendas de vestir de las mujeres o el de algunas telas suaves y delicadas que sirven

 

para hacerlas, solían llevar a su imaginación un perfume delicado y peca minoso. De niño había imaginado

 

que las riendas de los ca ballos eran sutiles bandas de seda, y se había quedado de cepcionado al sentir en

 

Stradbrooke el roce del cuerpo grasiento de los arneses. Había sufrido otra decepción al sentir por primera

 

vez entre sus dedos trémulos la frágil contextura de una media de mujer; como no retenía de sus lecturas

 

más que lo que le parecía un eco o una profecía de su propio estado, sólo podía imaginar que el cuerpo o el

 

alma de una mujer pudiesen palpitar llenos de su vida deli cada entre palabras musicales o dentro de telas

 

blandas como el pétalo de las rosas.

 

Pero la frase de los labios del sacerdote no era inocente, pues sabía que un religioso no podía hablar

 

ligeramente de un tema como aquél. La frase había sido dejada caer con in tención y Stephen notaba que su

 

rostro estaba siendo espia do por dos ojos que se recataban en la sombra. Todo lo que había oído o leído de

 

la astucia de los jesuitas, lo había apar tado resueltamente de sí, como materia no confirmada por su propia

 

experiencia. Sus profesores, aun aquellos que no le eran simpáticos, le habían parecido siempre ser

 

sacerdotes serios e inteligentes, prefectos endurecidos en los deportes y de alma franca. Se los representaba

 

como hombres que se la voteaban bravamente el cuerpo con agua fría y que llevaban bien limpia la ropa

 

interior. Durante todo el tiempo que ha bía estado en Clongowes sólo había recibido dos palmeta zos, y

 

aunque éstos habían sido injustos, comprendía, sin embargo, que había escapado al castigo muchas otras

 

veces. Durante todos aquellos años jamás había oído a sus profeso res tratar de un tema serio ligeramente.

 

Ellos eran los que le habían enseñado la doctrina cristiana, los que le habían ex citado a llevar una buena

 

vida, los que cuando había caído en pecado mortal le habían ayudado a volver a la gracia. Pero, ellos, la

 

presencia de ellos, era lo que le había hecho desconfiar de sí mismo en Clongowes, cuando todavía era un

 

chiquillo, y lo que le había hecho desconfiar de sí mismo mientras se había ido sosteniendo en posición

 

equívoca en el Belvedere. Una constante sensación de esto la había esta do acompañando hasta el último

 

año de su vida de colegial. Nunca había desobedecido, nunca había tolerado que com pañeros turbulentos le

 

apartasen de sus hábitos de tranquila obediencia, y aun, si alguna vez había dudado de lo afirma do por un

 

profesor, nunca había hecho alarde de dudar abiertamente. Recientemente, algunos de los juicios emiti dos

 

por ellos le habían parecido un poco pueriles y había sentido pena como si estuviera saliendo lentamente de

 

un mundo familiar y oyera su lenguaje por última vez. Un día que estaban varios alumnos congregados

 

alrededor de un padre en el cobertizo de al lado de la capilla, oyó que el pa dre decía:

 

––Tengo la convicción de que lord Macaulay fue un hom bre que probablemente no cometió n i un pecado

 

mortal en toda su vida, es decir, un pecado mortal deliberado.

 

Algunos de los chicos le preguntaron entonces si Victor Hugo era el mejor escritor francés. El sacerdote

 

contestó que Victor Hugo no había escrito ni con mucho tan bien cuando se había vuelto contra la Iglesia

 

como cuando era católico.

 

––Pero hay muchos críticos franceses ––agregó el padre–– que consideran que Victor Hugo, siendo un

 

gran escritor como es, no tiene, sin embargo, un estilo francés tan puro como Louis Veuillot.

 

Se había desvanecido ya la ligerísima oleada de rubor que a la alusión del director había teñido las

 

mejillas de Stephen, pero sus ojos estaban fijos todavía en el descolorido cielo de la tarde. Una duda

 

inquieta revoloteaba aquí y allá por su mente. Se veía a sí mismo paseando por los campos de de porte de

 

Clongowes un día en que se celebraban unos juegos ycomiendo algún comistrajo que iba sacando de su

 

gorra de cricket. Unos jesuitas se paseaban por la pista de las bicicle tas en compañía de algunas señoras. Y

 

en las cavernas más apartadas de su imaginación resonaba ahora el eco de cier tas expresiones que había

 

oído en Clongowes.

 

Su oído estaba atento a estos ecos lejanos, cuando notó de pronto que el director se dirigía a él en un tono

 

distinto:

 

––Te he hecho venir hoy, Stephen, porque deseaba hablarte de un asunto de mucha importancia.

 

––Dígame, señor.

 

––¿Has sentido alguna vez vocación?

 

 

 

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Stephen abrió la boca para contestar que sí, pero de pron to retuvo la salida de la palabra. El religioso

 

aguardó la res pues ta y luego añadió:

 

––Quiero decir si has sentido alguna vez dentro de ti mis mo, en tu alma, el deseo de entrar en nuestra

 

Orden. Pién salo.

 

––Algunas veces he pensado en ello ––dijo Stephen.

 

El sacerdote dejó caer la cuerda de la cortina y, uniendo las manos, apoyó la barbilla gravemente sobre

 

ellas, como si comulgara consigo mismo.

 

––En un colegio como éste ––dijo al cabo de un rato––, hay siempre un muchacho o dos o tres a los

 

cuales Dios llama a la vida religiosa. Un muchacho de esta clase resalta entre sus compañeros por su

 

piedad, por el buen ejemplo que da a los otros. Todos se miran en él; tal vez es elegido prefecto por sus

 

compañeros de congregación. Y tú, Stephen, has sido un alumno de este tipo, has sido prefecto de la

 

congregación de Nuestra Señora. Quizás eres el muchacho de este colegio al cual Dios se propone llamar

 

para sí.

 

Un timbre de orgullo que reforzaba la grave voz del sacer dote hizo que, por toda respuesta, el corazón de

 

Stephen co menzara a latir más apresuradamente.

 

––Recibir este llamamiento ––continuó el director––, es el mayor honor que el Omnipotente puede

 

otorgar a un alma. No hay rey ni emperador en la tierra que tenga el poder de un sacerdote de Dios. No hay

 

ángel ni arcángel en el cielo, ni santo, ni aun la Santísima Virgen, que tenga el mismo poder que un

 

sacerdote de Dios, el poder de las llaves, el poder de atar y desatar los pecados, el poder de exorcismo, el

 

poder de arrojar de las criaturas de Dios los malos espíritus que se han posesionado de ellas; el poder, la

 

autoridad de hacer que el gran Dios del cielo baje hasta el altar y tome la forma del pan y el vino. ¡Qué

 

tremendo poder, Stephen!

 

Una oleada comenzó a teñir de nuevo las mejillas de Ste phen al sentir en aquella orgullosa arenga un eco

 

de sus pro pias fantasías. A menudo se había visto a sí mismo en figura de sacerdote, provisto de aquel

 

tremendo poder ante el cual ángeles y santos se inclinan reverentes. Su alma había culti vado secretamente

 

aquel deseo. Se había visto a sí mismo, sacerdote joven y de maneras silenciosas, entrar rápidamen te en el

 

confesionario, subir las gradas del altar, incensando, haciendo genuflexiones, ejecutando todos aquellos

 

vagos actos sacerdotales que le agradaban por su parecido con la realidad y por lo apartados que al mismo

 

tiempo estaban de la realidad misma. En aquella borrosa vida que él había vivi do, en sus fantasías, se había

 

arrogado las voces y los gestos observados en algunos sacerdotes. Se había visto doblar la rodilla de lado

 

como hacía aquél, mover muy tenuemente el incensario como tal otro, volverse de nuevo cara al altar des-

 

pués de dar la bendición al pueblo, con la casulla entreabier ta y flotante, como había observado en el de

 

más allá. Pero, sobre todo, lo que le agradaba era el desempeñar un papel secundario en estas escenas

 

entrevistas en su imaginación. Se sustraía de la dignidad de celebrante, pues le desagrada ba el pensar que

 

toda aquella misteriosa pompa pudiera convergir hacia su propia persona o que el ritual le hubiese de

 

asegurar un oficio tan claro y tan definido. Anhelaba en cambio los oficios de los ordenados de menores, el

 

estar ves tido en la misa mayor con la túnica de subdiácono, apartado del altar, olvidado por la gente, con

 

los hombros cubiertos por el velo humeral y sosteniendo la patena entre sus plie gues, o bien, acabado el

 

sacrificio, estar actuando de diáco no, de pie sobre la grada siguiente a la del celebrante, con las manos

 

juntas y el rostro dirigido hacia el pueblo, entonando el Ite, missa est. Si alguna vez se había visto de

 

celebrante, ha bía sido, como en los dibujos de su libro de misa de cuando niños, en una iglesia sin más

 

fieles que el ángel del sacrificio, oficiando ante un altar desnudo, y ayudado por un acólito apenas un poco

 

más niño que él mismo. Sólo en vagos en sueños sacerdot ales parecía que su voluntad quería salir al

 

encuentro de la realidad. Y la ausencia de un rito determina do era lo que había hecho que su alma se

 

hubiera conser vado en la inacción, lo mismo cuando había dejado que el si lencio cubriera sus movimientos

 

de cólera o de orgullo que cuando se había limitado a recibir un beso que hubiera que rido dar.

 

Y ahora escuchaba reverentemente y en silencio el llama miento del director, a través de cuyas palabras

 

oía, cada vez más distintamente, una voz que le estaba invitando a apro ximarse, ofreciéndole una ciencia

 

misteriosa, un misterioso poder. Entonces podría saber cuál fue el pecado de Simón Mago, y cuál era el

 

pecado contra el Espíritu Santo para el cual no hay perdón. Sabría cosas oscuras, ocultas para otros, para

 

todos los concebidos y nacidos como hijos de ira. Co nocería los pecados de los otros, los pensamientos y

 

actos pecaminosos que le serían murmurados en sus oídos, en el confesonario, bajo el cobijo vergonzoso de

 

una capilla som bría, por labios de mujere s y de muchachas. Pero, inmuniza do misteriosamente en la

 

ordenación por la imposición de manos, su alma volvería incontaminada a la paz blanca del altar. Ni huella

 

de pecado quedaría en las manos con que ha bía de alzar y partir la hostia, ni huella de pe cado quedaría en

 

sus labios en oración, ni huella de pecado que le pudiera hacer comer y beber su propia condena y negar el

 

 

 

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cuerpo del Señor. Y conservaría su misterioso poder y su ciencia miste riosa, puro como un pequeñuelo, y

 

sería sacerdote para siempre según la orden de Melchisedec.

 

––Ofreceré la misa de mañana para que el Omnipotente te revele su santa voluntad. Haz, tú, una novena a

 

tu santo pa trón, el protomártir, que tiene gran poder con Dios, a fin de que Dios ilumine tu mente. Pero

 

tienes que estar bien seguro de que sientes vocación porque sería después terrible, si en contraras que te

 

habías equivocado. Una vez sacerdote, sa cerdote para siempre, acuérdate bien. El catecismo te dice que el

 

sacramento de las Sagradas órdenes sólo puede ser recibido una vez porque imprime en el alma una huella

 

in deleble, que nunca puede ser borrada. Por eso lo tienes que pensar bien primero, no después. Es ésta una

 

cuestión so lemne, Stephen; como que de ella depende la salvación de tu alma inmortal. Pero los dos

 

rogaremos a Dios para que te ilumine.

 

Tenía abierta la puerta del vestíbulo y le daba la mano como si se tratase ya de un compañero de vida

 

espiritual. Stephen salió al amplio rellano que conducía a la escalinata y sintió la caricia del tibio aire del

 

anochecer. En dirección a la iglesia de Findlater marchaban a grandes zancadas cuatro mozalbetes, cogidos

 

del brazo, llevando con la cabeza el compás de la ágil melodía que el que hacía de jefe tocaba al acordeón.

 

La música pasó en un instante, como siempre ocurre con los primeros compases de una música repentina,

 

pasó sobre las fantásticas construcciones de su imaginación, disolviéndolas sin dolor y sin ruido, como una

 

ola inespera da disuelve en la playa los castillos de arena dé los niños. Stephen sonrió al escuchar la

 

musiquilla y levantó los ojos hacia el rostro del sacerdote; y viendo en ellos un reflejo tris te del día muerto,

 

libertó despacio la mano que ya había consentido débilmente en la alianza.

 

Al bajar los escalones, la impresión que acabó de borrar el turbado recogimiento de su mente fue la de

 

que una másca ra triste estaba reflejando el día ido, desde el umbral del cole gio. Y entonces la sombra de la

 

vida en el colegio pasó grave mente por su cerebro. Lo que le esperaba allí era una vida grave, o rdenada e

 

impasible, una vida sin cuidados materia les. Se imaginaba cómo pasaría la primera noche en el novi ciado y

 

con qué decaimiento se había de levantar la primera mañana en el dormitorio. Volvió a sentir el extraño

 

olor de los largos tránsitos de Clongowes y a oír el discreto mur mullo de los mecheros de gas. De pronto,

 

una difusa intran quilidad comenzó a propagarse por todos sus miembros. Si guió a esto un latir febril de sus

 

arterias y un zumbido de palabras incoherentes llevó de acá para allá la línea cons tructiva de sus

 

pensamientos. Los pulmones se le dilataban y se le contraían como si estuviera respirando un aire tibio,

 

húmedo y enrarecido y volvió a sentir otra vez el olor del aire tibio y húmedo que dormía en Clongowes

 

sobre el agua muerta y rojiza del baño.

 

Con estos recuerdos, se le despertó un instinto más fuerte que la educación y la piedad, un instinto que se

 

vivificaba en su interior ante la proximidad de aquella existencia, un ins tinto agudo y hostil que le prohibía

 

dar su consentimiento. La frialdad y el orden de aquella existencia le repelían. Se veía a la hora de

 

levantarse en el frío del alba, y bajar luego en fila con los otros para asistir a la misa primera y cómo pro-

 

curaría en vano adormecer por medio de oraciones la debili da d y el malestar de su estómago. Se vio en la

 

comida senta do con los otros de la comunidad. ¿Qué se había hecho, entonces, de aquella esquivez que le

 

hacía aborrecer la comi da y la bebida bajo un techo extraño? ¿Qué había sido del or gullo de su espíritu que

 

le había hecho siempre imaginarse a sí propio como un ser aparte en todos los órdenes de la vida? El

 

Reverendo Padre Stephen Dédalus, S. J.

 

Su nuevo nombre saltaba con todos sus caracteres delante de él, seguido de la sensación mental de una

 

cara indefinida, o mejor, del color indefinido de una cara. El color se desva necía y luego se hacía intenso

 

como el color cambiante de un ladrillo rojo y pálido. ¿Era aquél el color rojizo y crudo que había observado

 

con tanta frecuencia en las afeitadas sota barba s de los padres las mañanas de invierno? El rostro ca recía de

 

ojos y tenía un aire deboto y de pocos amigos, con un tinte rosa de cólera reprimida. ¿No era aquél el

 

espectro mental de uno de aquellos jesuitas a los cuales algunos chi cos llamaban «Quijada s largas» y otros

 

«Doña Raposa»?

 

En aquel momento pasaba por la calle Gardiner, por de lante de la Residencia de los Jesuitas, y se

 

preguntó vaga mente cuál sería su ventana si alguna vez entraba en la Com pañía. Después se maravilló de la

 

vaguedad de su pregunta, de la lejanía en la que su alma se encontraba de lo que había sido hasta entonces

 

su santuario, de la fuerza de tantos años de disciplina y de obediencia, de lo lejos que se veía de todo eso en

 

el momento en que un acto definido e irrevocable de su voluntad amenazaba acabar con su libertad para

 

siempre. La voz del director que le excitaba desplegando ante él las or gullosas prerrogativas de la Iglesia y

 

el misterio y el poder del oficio sacerdotal, resonaba en vano en su memoria. Su alma no estaba allí para

 

oírla y recibirla y comprendió que aquel discurso que había escuchado se le había ya converti do en una

 

fábula vana y convencional. Nunca había él de ser el sacerdote que balancea el incensario ante el

 

tabernáculo. Su destino era eludir todo orden, lo mismo el social que el religioso. La sabiduría del

 

 

 

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llamamiento del sacerdote no le había tocado en lo vivo. Estaba destinado a aprender su pro pia sabiduría

 

aparte de los otros o a aprender la sabiduría de los otros por sí mismo, errando entre las asechanzas del

 

mundo.

 

Las asechanzas del mundo eran los caminos mundanales del pecado. Caería. No había caído aún pero

 

caería silencio samente, en un momento. El no caer era demasiado duro, demasiado duro; y sintió la

 

silenciosa caída de su alma tal como había de llegar a su hora. Caía, caía. No estaba caída aún, pero sí a

 

punto de caer.

 

Cruzó el puente sobre el curso del Tolka y volvió fríamen te los ojos por un momento hacia la hornacina

 

azul y desco lorida de la Santísima Virgen, que como un ave sobre su a l cándara preside allí el

 

amontonamiento de las casuchas miserables. Luego, torciendo hacia la izquierda, siguió la ca llejuela que

 

conducía a su casa. Un agrio olor a berzas podri das le llegaba de las huertas situadas en la cuesta, sobre el

 

río. Sonrió al pensar que era este desorden, este desgobierno y confusión de la casa paterna y de la

 

putrefacción de la vida vegetal lo que había de coronar aquel día suyo. Y un breve golpe de risa le subió a

 

los labios al acordarse de aquel solita rio cultivador de la s huertas que caían a la espalda de su casa, al cual

 

había puesto él de sobrenombre «el hombre del sombrero». Y otro golpe de risa, provocado, tras una pausa,

 

por el primero, salió de él involuntariamente al pensar en el modo que el hombre aquel tenía que trabajar:

 

contemplaba alternativamente los cuatro puntos cardinales y luego clava ba a desgana en tierra el azadón.

 

Empujó la puerta sin pestillo de la entrada y pasó hasta la cocina a través del desnudo recibimiento. Sus

 

hermanos y hermanas estaban sentados en grupo alrededor de la mesa. El té estaba casi agotado: no

 

quedaban más que los posos del segundo té, aguado ya, en el fondo de los jarros de cristal y frascos de

 

confitura que hacían oficio de tazas. Desparramados sobre la mesa yacían cortezas desechadas y migones

 

de pan con manteca teñidos del color del té que se había vertido. Charquitos de té yacían acá y allá sobre la

 

mesa y un cuchillo con el mango de madera roto estaba cla vado en la entraña de los restos de una tarta

 

rellena de con fitura.

 

El gris azulenco de la luz triste y serena del atardecer en traba por la ventana y por la puerta abierta y

 

acallaba quie tamente un remordimiento que se había despertado en el corazón de Stephen. Todo lo que les

 

había sido negado a ellos le había sido concedido a él, el hermano mayor. Pero la luz serena del atardecer

 

no delataba en el rostro de los her manos ninguna huella de rencor.

 

Se sentó al lado de ellos a la mesa y preguntó dónde esta ban sus padres.

 

Uno contestó:

 

––Fue-rí ron-tí bus-lí car-dí ca-ní sa-bí.

 

¡Otra mudanza más! Un chico del colegio llamado Fallon le solía preguntar con una risilla idiota por qué

 

razón se mu daban con tanta frecuencia. Una arruga de desdén sombreó la frente de Stephen, porque le

 

pareció oír una vez más la ri silla mema del cur ioso.

 

Preguntó:

 

––¿Por qué causa vamos a mudarnos de nuevo, si es que se puede saber?

 

––Por––ni que––bí el––tí ca––dí se––lí ro––bí nos––dí e––lí cha––bí.

 

La voz del hermano más pequeño comenzó a cantar desde cerca del fuego la tonada de A menudo en la

 

noche serena. Uno a uno, los otros se le fueron juntando hasta formar un coro completo. Se estarían así

 

cantando las horas muertas, tonada tras tonada, hasta que la pálida luz desapareciera del horizonte, hasta

 

que avanzaran las primeras nubes noctur nas y la noche cayese.

 

Esperó algunos momentos, escuchando, hasta que por fin se unió a ellos también. Le daba pena sentir el

 

fondo de can sancio que se escondía tras la frágil frescura de sus inocentes voces. Aún no se habían puesto

 

en camino para la jornada de la vida y ya estaban cansados del viaje.

 

Oía el coro de voces que en la cocina sonaba, repetido y multiplicado por el coro innumerable de infinitas

 

genera ciones de niños; y en todas estas voces sonaba una nota de cansancio eterno, de eterno dolor.

 

Todos parecían cansados de la vida antes de haber entra do en ella. Y se acordaba de que Newman había

 

oído tam bién esa misma nota salir de entre los versos entrecortados de Virgilio y expresar, igual que la voz

 

de la misma naturale za, aquella pena y aquel cansancio, pero al mismo tiempo, aquella esperanza de otras

 

cosas mejores que han sentido sus hijos en todas las edades.

 

No podía esperar por más tiempo.

 

De la puerta de la taberna de Byron hasta la entrada de la capilla de Clontarf, desde la entrada de la

 

capilla de Clontarf hasta la puerta de la taberna de Byron, y vuelta otra vez hasta la capilla y vuelta de

 

nuevo hasta la taberna, había estado re corriendo este camino, al principio, a pasos lentos, colocan do sus

 

pisadas en los intersticios de las losas de la acera, y luego ajustando la caída de sus pasos a un ritmo de

 

 

 

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versos. Una hora entera había transcurrido desde que su padre ha bía ido con Dan Crosby, el tutor de

 

estudios, a enterarse de algo que le concernía relativo a la Universidad. Por espacio de una hora había

 

estado paseando, arriba, abajo, en espera; pero no podía aguardar más.

 

Se dirigió de repente hacia el Bull, aligerando el paso, te meroso de que el agudo silbido de su padre le

 

obligara a vol ver atrás; y al cabo de un momento había ya traspuest o la es quina del cuartel de la policía y

 

estaba a salvo.

 

Sí, su madre se mostraba opuesta a la idea; era lo que se podía deducir de aquel obstinado silencio suyo.

 

La descon fianza de su madre le aguijoneaba más agudamente que la fanfarronería paterna. Y p ensó

 

fríamente cómo había ido observando que la fe que estaba desapareciendo de su alma se iba encendiendo y

 

fortificando en los ojos de su madre. Un antagonismo confuso iba cobrando fuerzas dentro de él y nublando

 

su mente como una nube que los separara; y cuando la nube se desvanecía dejando su inteligencia serena y

 

consciente de sus deberes para con su madre, sentía indis tintamente algo como el dolor de la primera y

 

silenciosa se paración de las vidas de ambos.

 

¡La Universidad! ¿De modo que había burlado el quién vive de los centinelas que habían sido los

 

guardianes de su infancia, de los que habían querido retenerle para someterle y hacer servir a los fines de

 

ellos? Satisfacción y orgullo le au paban como olas anchas y lentas. El fin para el cual estab a destinado,

 

aunque él mismo no lo conociera, era lo que le había hecho escapar por un camino imprevisto, lo que ahora

 

le estaba alentando una vez más con aquella nueva aventura que estaba a punto de abrirse delante de él. Le

 

parecía escu char las notas de una música caprichosa que saltase un tono hacia arriba y luego una cuarta

 

menor hacia abajo, un tono ha cia arriba y una tercera menor hacia abajo, como llamas tri partitas que

 

brotaran intermitentemente del misterio de una selva, a la media noche. Era como un preludio encantado de

 

elfos, sin término y sin forma; según se iba haciendo más salvaje y más rápido, mientras las llamas

 

brotaban a contra tiempo, le parecía oír bajo las ramas, sobre la hierba, las pi sadas veloces de seres salvajes

 

que hollaban las hojas con el ruido de las gotas de la lluvia. Aquellos pies pasaban en tu multo por su mente,

 

pies de liebres, de conejos, de gamos, de ciervos, de antílopes; hasta que ya no los oyó más y sólo pudo

 

recordar la noble cadencia de un pasaje de Newman: «Sus pies son como los pies de la cierva; pero debajo

 

están los brazos eternales».

 

La nobleza de aquella imagen oscura llevó otra vez a su imaginación la dignidad del oficio que había

 

rechazado. Du rante toda su infancia había estado haciendo fantasías acer ca de aquello que solía considerar

 

como su destino; pero al sonar la hora de obedecer al llamamiento, se había desviado, siguiendo un instinto

 

que le impulsaba hacia adelante. Ya había pasado el tiempo, y nunca habían de ungir su cuerpo los óleos de

 

la ordenación. Había rehusado. ¿Por qué?

 

Al llegar a Dollymount se desvió del camino dirigiéndose hacia el mar. Las planchas del débil puente de

 

madera tem blaban bajo las pisadas de unos pies reciamente calzados. Un pelotón de hermanos de la

 

Doctrina Cristiana volvía de Bull; cruzaban de dos en dos por el puente. Pronto todo el puente comenzó a

 

temblar y a resonar. Las caras toscas pa saban de dos en dos, rojas, amarillas o lívidas de la brisa del mar, y

 

aunque Stephen procuraba mirarlas sin turbación y con indiferencia, sintió que un rubor de vergüenza

 

personal y de piedad le subía al rostro. Molesto consigo mismo trató de esquivar aquellos ojos bajando la

 

mirada hacia un lado, pero hasta en el agua, poco profunda y arremolinada, de de bajo del puente, continuó

 

viendo los pesados sombreros de seda, la raya blanca de los cuellos y los amplios y colgantes hábitos

 

clericales.

 

––Hermano Hickey.

 

Hermano Quaid.

 

Hermano Mac Ardle.

 

Hermano Keogh––.

 

Su piedad debía de ser como sus nombres, como sus ca ras, como sus hábit os; y era inútil que se dijera a

 

sí mismo que quizás aquellos contritos y humildes corazones darían un fruto de devoción mucho más rico

 

que el de su propio co razón, un don diez veces más aceptable que el de su adora ción meticulosa. Y era

 

inútil que tratara de excitarse a ser más generoso para con ellos, diciéndose que si alguna vez llegase a sus

 

puertas, despojado de su orgullo, roto y en an drajos, ellos habrían de ser compasivos para con él yle habían

 

de amar como a sí mismos. Era inútil y amargante, en fin, el oponer a su serena certidumbre el argumento

 

de que el man damiento del amor no nos ordena amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, con la

 

misma cantidad e intensi dad de amor que a nosotros mismos, sino con la misma es pecie de amor.

 

Escogió una frase de su tesoro y se la repitió suavemente:

 

––Un día avellonado por las nubes del mar.

 

 

 

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La frase, el día y la escena se armonizaban en un acorde único. Palabras. ¿Era a causa de los colores que

 

sugerían? Los fue dejando brillar y desvanecerse, matiz a matiz: oro del na ciente, verdes arreboles de

 

pomares y avellanales, azul de ondas saladas, orla gris de vellones celestes. No. No era a causa de los

 

colores: era por el equilibrio y contrabalanceo del período mismo. ¿Era que amaba el rítmico alzarse y caer

 

de las palabras más que sus asociaciones de significado y de color? ¿O era que, siendo tan débil su vista

 

como tímida su imaginación, sacaba menos placer del refractarse del bri llante mundo sensible a través de

 

un lenguaje policromado y rico en sugerencias, que de la contemplación de un mundo interno de emociones

 

individuales perfectamente reflejado en el espejo de un período de prosa lúcida y alada?

 

Salió de nuevo del puente trepidante a tierra firme. En ese instante le pareció que el aire estaba helado, y

 

mirando de lado al agua, vio pasar el vuelo de una racha, que oscureció y rizó de pronto la superficie. Un

 

vago estremecimiento del corazón y una débil contracción de la garganta le dijeron una vez más el miedo

 

que su carne sentía al olor frío e. in frahumano del mar; sin embargo, no se dirigió a través de las dunas, a su

 

izquierda, sino que continuó hacia adelante a lo largo de la cima de las rocas que avanzaban hacia la boca

 

del río.

 

La voz velada del sol iluminaba débilmente el gris mantel de agua del estero. A lo lejos, siguiendo el

 

lento curso del Lif fey, esbeltos mástiles manchaban el cielo, y, más lejos aún, el confuso caserío de la

 

ciudad yacía sumido en la neblina. Como en un tapiz borroso y tan viejo como el cansancio dei hombre, la

 

imagen de la séptima ciudad de la cristiandad le era visible a través del aire, del aire que no varía con los

 

años; y la ciudad no aparecía más vieja ni más cansada, ni menos sufrida en la esclavitud que en tiempos de

 

las asambleas me dievales.

 

Descorazonado, levantó los ojos hacia las nubes que deri vaban lentamente como vellones marinos.

 

Viajaban a través de los desiertos del cielo, como un ejército de nómadas en camino; viajaban por encima

 

de Irlanda, con rumbo a occi dente. Y Europa, de donde venían, yacía, l ejos, al otro lado del mar de Irlanda;

 

Europa, la de las extrañas lenguas, con sus valles y sus bosques y sus ciudadelas, con sus razas dis puestas y

 

atrincheradas. Oyó dentro de sí una confusa mú sica hecha de recuerdos y de nombres, de los cuales casi er a

 

consciente, pero que no podía capturar ni por un momento; luego la música pareció ir cejando, cejando, y

 

de cada paso de su retroceso salía siempre una larga nota de llamada que atravesaba como una estrella el

 

crepúsculo de silencio. ¡Otra vez! ¡Otra vez! ¡Otra vez! Una voz del otro mundo le estaba llamando.

 

––¡Eh! ¡Stephanos!

 

––¡Mira el Dédalus!

 

––¡Au!… ¡Oye, tú, Dwyer, dámelo! ¡Te digo que me lo des, o si no, te zampo un porrazo en los morros!…

 

¡Au!

 

––¡Bravo, Towser! ¡Dale un chapuzón!

 

––¡Arrímate, Dédalus! ¡Bous Stephanoumenos! !Bous Stephanephoros!

 

––¡Chapúzale! ¡Que trague ahora, Towser!

 

––¡Socorro! ¡Socorro!… ¡Au!

 

Pudo reconocer sus voces colectivamente antes de llegar a distinguir las caras. La simple vista de aquel

 

revoltijo de cho rreante desnudez le hizo sentir un escalofrío en los mismos huesos. Los cuerpos, de un

 

blancor cadavérico o bañados de una pálida luz dorada o crudamente tostados por el sol, bri llaban con el

 

agua del mar. La piedra desde donde se lanza ban, puesta en equilibrio sobre rudos soportes, trepidante a

 

cada zambullida, y los escarpados peñascos del rompeolas, por donde trepaban a cuatro patas, todo relucía

 

con un brillo frío y húmedo. Las toallas con las que se fustigaban sonora mente, pendían pesadas de agua

 

fría de mar. Y empapados de agua salada y fría estaban también los mechones de sus greñas.

 

Se quedó parado ante sus gritos y les devolvió las bromas con palabras usuales. ¡Cómo perdían su

 

individualidad así desnudos! Shuley, sin el cuello grande y desabrochado; En n is, sin él cinturón rojo con el

 

cierre en forma de culebra, y Connolly, sin su cazadora de bolsillos desorejados. Daba pena verlos, y una

 

pena aguda como una espada, el ver los signos de la adolescencia, que hacían repelente su lamenta ble

 

desnudez. Quizás habían buscado refugio en el agrupa miento y la bulla para huir del secreto espanto de sus

 

almas.

 

––¡Stephanos Dédalos! ¡Bous Stephanoumenos! ¡Bous Stephanephoros!

 

La zumba aquella no era nueva para él, y ahora se sentía blandamente halagado por semejante especie de

 

tumultuo so acatamiento. Ahora más que nunca le parecía profético aquel extraño nombre que llevaba. Tan

 

fuera del curso del tiempo parecía el aire tibio y gris, tan fluido e impersonal su propio modo de ser, que

 

todas las edades se le confundían en una sola sensación. Un momento antes el espectro del anti guo reino

 

danés había surgido evocado por el ropaje de ne blina de la ciudad. Ahora, al nombre del fabuloso artífice,

 

le parecía oír el rumor confuso del mar y ver una forma alada que volaba por encima de las ondas y

 

 

 

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escalaba lentamente el cielo. ¿Qué significaba aquello? ¿Era como el lema al frente de una página en algún

 

libro medieval de profecías y de sím bolos, aquel hombre que como un neblí volaba hacia el sol sobre la

 

mar? ¿Era una profecía del destino para el que había nacido, y que había estado siguiendo a través de las

 

nieblas de su infancia y de su adolescencia, un símbolo del artista que forja en su oficina con el barro inerte

 

de la tierra un ser nuevo, alado, impalpable, imperecedero? Su corazón tem blaba; respiraba anhelosamente

 

y un hálito impetuoso pasa ba por sus miembros como si estuviera remontando, rumbo al sol. Su corazón

 

temblaba en un éxtasis de pavor y el alma le huía. El alma se remontaba en una atmósfera que no era de

 

este mundo, y el cuerpo suyo había sido purificado por un solo soplo, libertado de la incertidumbre,

 

iluminado, confundido en el elemento del espíritu. Un éxtasis de huida hacía brillar sus ojos y aceleraba su

 

respiración y hacía a sus miembros acariciados por el viento, trémulos, potentes, glo riosos.

 

––A la una, a las dos… ¡Cuidado!

 

––¡Tú, Cripes, que me ahogo!

 

––A la una, a las dos, ¡a las tres!

 

––¡El siguiente! ¡El siguiente!

 

––A la una… ¡Plum!

 

––¡Stephanephoros!

 

Le atormentaba la garganta un deseo de gritar, de gritar como el halcón, como el águila en las alturas, de

 

proclamar penetrantemente a los vientos la liberación de su alma. Éste era el llamamiento de la vida, no la

 

voz grosera y turbia del mundo lleno de deberes y de pesares, no la voz inhumana que le había llamado al

 

lívido servicio del altar. Un instante de vuelo pleno le acababa de libertar y el grito de triunfo que sus labios

 

aprisionaban estallaba en su cerebro.

 

––¡Stephanephoros!

 

¿Qué habían sido todas aquellas cosas sino el sudario que se acababa de desprender del cuerpo mortal?

 

¿Qué eran el miedo que le había acompañado día y noche, la incertidum bre que le había estado rondando,

 

el oprobio que le había en vilecido en alma y cuerpo, qué eran sino sudarios, lienzos de sepultura?

 

Su alma se acababa de levantar de la tumba de su adoles cencia, apartando de sí sus vestiduras mortuorias.

 

¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! Encarnaría altivamente en la libertad y el poder de su alma, como el gran artífice cuyo nombre

 

llevaba, en ser vivo, nuevo y alado y bello, impalpable, imperecedero. Se arrancó nerviosamente de la roca

 

porque no podía ahogar por más tiempo la llama de su sangre. Sentía las mejillas abrasadas y que en la

 

garganta le palpitaba un canto. Y sus pies, ansiosos de errar, pugnaban por partir hacia los confines del

 

mundo. ¡Adelante! ¡Adelante!, tal era el grito de su corazón. El atar decer descendería sobre el mar, la

 

noche caería sobre las lla nuras, y la aurora brillaría ante el errabundo y le mostraría campos extraños y

 

colinas y rostros. ¿Dónde?

 

Miró hacia el norte, en dirección a Howth. El mar había ya dejado al descubierto la línea de algas en la

 

rampa del rompe olas y la marea descendía de nuevo playa abajo. Ya había que dado descubierto un largo y

 

ovalado banco de arena que ya cía ahora enjuto y oreado entre el agua rizada del reflujo.

 

Acá y allá brillaban tibios islotes cercados de agua some ra, y formas vestidas de claro circulaban

 

vadeando y remo viendo en la arena por los canalillos del reflujo, entre los is lotes y el teso.

 

En un abrir y cerrar de ojos se descalzó, se metió las me dias en los bolsillos y se colgó del hombro los

 

zapatos de lona, atándolos por los cordones. Cogió un palo puntiagudo abandonado por el mar y roído por

 

las sales, y descendió por la rampa del rompeolas. Corría un largo arroyuelo por la arena y mientras lo

 

vadeaba lentamente, lentamente, admiró el fluir interminable de las algas. Negras y esmeralda, ber mejas y

 

verde oliva, derivaban en la corriente, ondeaban con giros y con juegos. El agua del arroyuelo negreaba de

 

aquel fluir inacabable y en ella se reflejaban las nubes que pasaban a la deriva por el cielo alto. Arriba, el

 

derivar silencioso de las nubes; abajo, el silencioso fluir de las algas de mar; el aire gris, tibio aún; y en sus

 

venas, la canción nueva y salvaje de la vida.

 

¿Dónde estaba ahora su adolescencia? ¿Dónde estaba el alma que había reculado ante su destino para

 

cavilar a solas sobre su propia miseria y para coronarla allá en su morada de sordidez y subterfugios,

 

envuelta en un lívido sudario, con guirnaldas, marchitas ya al primer roce? ¿Dónde, dónde estaba?

 

Solo. Libre, feliz, al lado del corazón salvaje de la vida. Es taba solo y se sentía lleno de voluntad, con el

 

corazón salva je, solo en un desierto de aire libre y de agua amarga, entre la cosech a marina de algas y de

 

conchas; solo en la luz velada y gris del sol, entre formas gayas, claras, de niños y de donce llitas, entre

 

gritos infantiles y voces de muchachas.

 

Una muchacha estaba ante él, en medio de la corriente, mirando sola y tranquila mar afuera. Parecía que

 

un arte mágico le diera la apariencia de un ave de mar bella y extra ña. Sus piernas desnudas y largas eran

 

esbeltas como las de la grulla y sin macha, salvo allí donde el rastro esmeralda de un alga de mar se había

 

 

 

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quedado prendido como un signo sobre la carne. Los muslos más llenos, y de suaves matices de marfil,

 

estaban desnudos casi hasta la cadera, donde las puntillas blancas de los pantalones fingían un juego de plu-

 

maje suave y blanco. La falda, de un azul pizarra, la llevaba despreocupadamente recogida hasta la cintura

 

y por detrás colgaba como la cola de una paloma. Su pecho era como el de un ave, liso y delicado, delicado

 

y liso como el de una pa loma de plumaje oscuro. Pero el largo cabello rubio era el de una niña; y de niña, y

 

sellado con el prodigio de la belleza mortal, su rostro.

 

Estaba sola e inmóvil mirando mar adentro, y cuando sintió la presencia y la adoración de los ojos de

 

Stephen, los suyos se volvieron hacia él, soportando tranquilamente aquella mirada, ni vergonzosos ni

 

provocativos. Estuvo así largo tiempo, y luego, imperturbable, retiró sus ojos de los de él y, dirigiéndolos

 

hacia la corriente, se puso a menear despacito el agua, acá y allá, con los pies. El primer rumor del agua

 

dulcemente removida rompió el silencio, suave, te nue, susurrante, tenue como las campanas de un ensueño.

 

Acá y allá, acá y allá. Y una llamita imperceptible temblaba en las mejillas de la muchacha.

 

––¡Dios del cielo! ––exclamó el alma de Stephen en un esta llido de pagana alegría.

 

Se apartó súbitamente de ella y echó a andar playa adelan te. Tenía las mejillas encendidas; el cuerpo,

 

como una brasa; le temblaban los miembros. Y avanzó adelante, adelante, adelante, playa afuera,

 

cantándole un canto salvaje al mar, voceando para saludar al advenimiento de la vida, cuyo lla mamiento

 

acababa de recibir.

 

La imagen de la muchacha había penetrado en su alma para siempre y ni una palabra había roto el santo

 

silencio de su éxtasis. Los ojos de ella le habían llamado y su alma se ha bía precipitado a l llamamiento.

 

¡Vivir, errar, caer, triunfar, volver a crear la vida con materia de vida! Un ángel salvaje se le había

 

aparecido, el ángel de la juventud mortal, enviado por el tribunal estricto de la vida para abrirle de par en

 

par, en un instante de éxtasis, las puertas de todos los caminos del error y de la gloria. ¡Adelante!

 

¡Adelante! ¡Adelante!

 

Se detuvo, de súbito, y oyó en el silencio el zumbido de su corazón. ¿Hasta dónde había caminado? ¿Qué

 

hora era? No había persona alguna cerca de él; ni el más leve son le traía el aire. Mas la marea iba a

 

comenzar a subir y el día menguaba. Se volvió hacia tierra y echó a correr por la playa hasta la rampa del

 

rompeolas; la escaló a toda prisa, sin preocuparse de los cortantes guijarros y, encontrando un hoyo en la

 

arena rodeado de lomillas entre matas de vegeta ción, se tendió allí para ver si la paz y el silencio del atarde-

 

cer conseguían aplacar el tumulto de su sangre.

 

Sentía sobre él la gran cúpula indiferente del cielo y el re posado avance de los cuerpos celestes; y,

 

debajo, la tierra, la tierra que le había engendrado, le tenía cobijado en el seno.

 

Cerró los ojos, adormilado. Le temblaban los párpados como si sintieran el gran movimiento cíclico de la

 

tierra y de sus satélites, como si sintieran la luz extraña de un mundo nuevo. Su alma se iba hundiendo en

 

aquel mundo descono cido, fantástico, vago como las profundidades submarinas, surcado por formas y seres

 

de niebla. ¿Era un mundo, una luz vaga o una flor? Brillo y temblor, temblor y flujo, luz en aurora, flor que

 

se abre, manaba continuamente de sí mismo en una sucesión indefinida, hasta la plenitud neta del rojo,

 

hasta el desvanecimiento de un rosa pálido, hoja a hoja, y onda de luz a onda de luz, para inundar el cielo

 

todo de sus dulces tornasoles, a cada matiz más densos, a cada oleada más ocuros.

 

Cuando se incorporó, la tarde había caído ya. La arena y las plantas raquíticas de su lecho ya habían

 

perdido su dulce calor. Se levantó lentamente y, al recordar el gozo arrobado de su sueño, suspiró.

 

Trepó hasta la cresta de la colina de arena y miró en derre dor. La tarde se había hundido. El borde de la

 

luna nueva rasgaba la pálida aridez del horizonte, tal un aro de plata a medio enterrar en la arena; y el flujo

 

de la marea trepaba tie rra adelante y ais laba, allá lejos, algunas figuras humanas di seminadas aún por la

 

playa entre los últimos charcos.

 

Cinco

 

Apuró hasta el fondo la tercera taza de té aguado y se dedicó a roer las cortezas de pan frito que yacían

 

disemi nadas alrededor, mientras contemplab a fijamente el negro hoyo del tarro. El unto amarillento había

 

sido excavado en él formando cómo un hoyo en tierra pantanosa; la con templación de aquella sima le trajo

 

a la memoria el recuer do del agua terrosa y oscura que había en el baño de Clon gowes. Una caja,

 

recientemente revuelta, de papeletas de empeño, yacía junto a su brazo; fue cogiendo mecánica mente con

 

sus dedos manchados de grasa aquellos papeli tos, blancos y azules, llenos de dobleces y de arena, mal ga-

 

rrapateados con la firma de un prestamista: Daly o Mac Evoy.

 

1 par de borceguíes.

 

1 abrigo.

 

 

 

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3 varios y blanca.

 

1 pantalones caballero.

 

Después los puso a un lado y se quedó contemplando pensativamente la tapa de la caja, manchada con

 

huellas de insectos; y, por fin, preguntó indiferentemente:

 

––¿Cuánto adelanta ahora el reloj?

 

Su madre enderezó el destartalado despertador que yacía tumbado sobre la repisa de la chimenea, hasta

 

que se pudo ver la esfera que señalaba las doce menos cuarto, y luego lo volvió a colocar como antes.

 

––Una hora y veinticinco minutos ––contestó––. Date prisa, por Dios, si quieres llegar a tiempo a clase.

 

––Que me llenen la palangana para lavarme.

 

––Katey, prepara la palangana para que se lave Stephen.

 

––Boody, prepara la palangana para que se lave Stephen.

 

––No puedo. Tengo que ir por añil. Prepárala tú, Maggy.

 

Por fin colocaron una jofaina esmaltada en el hueco del vertedero, en unión de un guante viejo de baño, y

 

Stephen dejó que su madre le restregara bien el cuello, y le escarbara entre los repliegues de las orejas y en

 

los huecos de la nariz.

 

––Es verdaderamente un caso lastimoso ––dijo la madre–– el de todo un estudiante de universidad, tan

 

sucio, que su ma dre le tiene que lavar.

 

––Pero, ¡si te gusta! ––contestó tranquilamente Stephen.

 

Un silbido desgarrante sonó en el piso de arriba, y la ma dre de Stephen le puso en las manos a toda prisa

 

un mandil húmedo, diciendo:

 

––Sécate y vete más que a paso, por el amor de Dios.

 

Un segundo silbido prolongado por la cólera, hizo que una de las muchachas se asomara al pie de la

 

escalera.

 

––¿Qué quiere, padre?

 

––¿Se ha ido por fin ese marmota de tu hermano?

 

––Sí, padre.

 

––¿De verdad?

 

––Sí, padre.

 

––¡Jem!

 

La muchacha volvió haciéndole señas para que se diera prisa y saliese sin hacer ruido por la puerta de

 

atrás. Stephen se echó a reír y dijo:

 

––¡Sí que tiene una buena idea de los géneros si piensa que marmota es masculino!

 

––Es una vergüenza y un bochorno, Stephen, y ya llorarás el día en que pusiste los pies en tal sitio. Bien

 

se te ve cómo te me han cambiado allí.

 

––Adiós a todo el mundo ––dijo Stephen sonriendo y be sándose las puntas de los dedos como despedida.

 

La callejuela a la espalda de la terraza estaba llena de agua y para bajar por ella tuvo que ir fijándose

 

dónde pisaba y po niendo los pies sobre los monto nes de basura húmeda. Una monja chillaba al otro lado

 

del muro en el manicomio para religiosas.

 

––¡Jesús! ¡Ay, Jesús! ¡jesús!

 

Sacudió, molesto, la cabeza para arrojar de sus oídos aquellas voces, y se apresuró a tropezones por entre

 

la basu ra corrompida. El silbido de su padre, las reconvenciones de su madre, los alaridos de la loca oculta

 

tras la pared, eran otras tantas voces que herían y trataban de abatir el orgullo de su juventud. Arrojó de su

 

corazón, maldiciéndolos, hasta los ecos de aquellas voces. Pero cuando comenzó a bajar por la avenida y

 

vio cómo descendía en torno a él la luz gris y mañanera filtrada a través de los árboles goteantes, cuando

 

percibió el olor selvático y extraño de las hojas y de las cor tezas húmedas, entonces su alma se sinti ó libre

 

de todas sus miserias.

 

Los árboles cargados de lluvia de la avenida le evocaban, como siempre, un recuerdo de las muchachas y

 

las mujeres de las obras de Gerhart Hauptmann, las pálidas tristezas de estos seres y la fragancia que caía

 

de las hojas húmedas se le mezclaban en una espcie de reposada alegría. Su paseo mati nal a través de la

 

ciudad había comenzado y ahora sabía ya de antemano que al pasar por los pantanos de Fairview ha bía de

 

pensar en la prosa claustral y veteada de plata de New man; q ue al pasear lanzando miradas ociosas a los

 

escapara tes de las tiendas de comestibles, a lo largo de North Strand Road, se había de acordar del sombrío

 

humor de Guido Ca valcanti y sonreír después; que al pasar por los talleres de los tallistas en la plaz a de

 

Talbot, el espíritu de Ibsen le traspasa ría como un viento agudo, como un hálito de belleza indo mable y

 

juvenil; que al cruzar frente al tenducho de un co merciante en artículos navales, al otro lado del Liffey,

 

había de repetir la canción de Ben Jonson, que comienza:

 

 

 

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No más cansado estaba do yacía…

 

Cuando se le cansaba la mente de rebuscar la esencia de la belleza entre las obras espectrales de

 

Aristóteles o del de Aquino, se volvía a menudo en busca de placer a las cancio nes de los poetas de l a

 

época de Isabel. Su espíritu, como un monje escéptico, gustaba de detenerse en la sombra bajo los

 

ventanales de aquella época, para oír la grave y burlona mú sica de los tañedores de laúd o las sonoras

 

carcajadas de las mozas del partido, hasta que una risotada demasiado plebe ya o una frase oxidada por el

 

tiempo, llena de un pundonor añejo y falso, herían su orgullo monástico y le hacían apar tarse de su

 

escondite.

 

Toda aquella ciencia con la que suponían que él llenaba sus horas y que le había apartado de sus

 

camaradas de ju ventud, se reducía a un almacén de máximas de la poética y la psicología de Aristóteles y a

 

una Synopsis Philosophiae Scholasticae ad mentem divi Thomae. Su pensamiento era como un crepúsculo

 

de duda y de desconfianza propia, alumbrado acá y allá por los relámpagos de la intuición, pero relámpagos

 

de tan diáfana claridad, que en aquellos instantes el mundo se deshacía bajo sus pies, como si hubie ra sido

 

consumido por el fuego; después su lengua se anuda ba y sus ojos permanecían mudo s ante las miradas de

 

los de más, porque se sentía envuelto como en un manto en el espíritu de la belleza y en contacto, aunque

 

sólo fuera en sue ños, con todo lo noble. Pero cuando le abandonaban estos breves raptos de silencioso

 

orgullo, se sentía contento de ha llarse entre las otras vidas vulgares, de seguir su camino im pávido y con

 

alegre corazón a través de la miseria, el bullicio y la indolencia de la ciudad.

 

Cerca de la empalizada del canal se cruzó con el tísico de la cara de muñeco y el sombrero sin alas, que

 

muy abrocha do en su abrigo color chocolate, bajaba por la rampa del puente empuñando la enrollada

 

sombrilla a poca distancia de su cuerpo, como si fuera la varilla de un adivino. Deben de ser las once,

 

pensó, y echó un vistazo en una lechería para ver la hora. El reloj de la lechería le dijo que eran las cinco

 

menos cinco, pero, al volverse, la campana de un reloj invi sible, pero cercano, dio once golpes apresurados,

 

precisos. Se rió al oírlos porque le hicieron acordarse de Mc Cann y hasta vio la silueta del propagandista

 

que, encogido dentro de una chaqueta de caza y con pantalones de montar y peri lla rubia, parado al viento

 

en la esquina de Hopkins, le decía:

 

––Dédalus, usted es un ser antisocial, un ser envuelto en su propio egoísmo. Yo no. Yo soy demócrata y

 

he de trabajar en favor de la libertad social y de la igualdad de clases y de se xos en los Estados Unidos de la

 

Europa futura.

 

¡Las once! ¡Ya era también hoy tarde para clase! ¿Qué día de la semana era? Se paró ante un puesto de

 

periódicos para leer la primera línea de un anuncio. Jueves. De diez a once, inglés; de once a doce, francés;

 

de doce a una, física. Se ima ginó la clase de inglés y se sintió, aun a distancia, descom puesto y deprimido.

 

Veía las cabezas de sus compañeros in clinadas dolientemente mientras escribían en sus cuadernos los

 

puntos que les recomendaban anotar: definiciones no minales, definiciones esenciales, ejemplos, fechas de

 

naci miento y de muerte, con las críticas favorables y adversas contrapuestas a dos col umnas. Pero su

 

cabeza no se inclina ba porque sus pensamientos erraban lejos, y lo mismo si mi raba a sus compañeros de

 

clase, que al jardín desolado que por las ventanas se veía, le sobrevenía una sensación de olor a humedad

 

triste de cueva, a vejez. Además de la suya había otra cabeza, allá, delante, en los primeros bancos, que se

 

le vantaba, rígida sobre las otras inclinadas de sus compañe ros, como la de un sacerdote que rogase

 

orgullosamente ante el tabernáculo en favor de los humildes fieles prosternados en torno de él. ¿Cómo era

 

que cuando pensaba en Cranley nunca podía evocar la imagen de todo su cuerpo, sino sólo la de su cabeza

 

y cara? Aun ahora, le veía delante de él, con tra la gris cortina de la mañana, como un fantasma de una

 

pesadilla que sólo consistiera en una cabeza decapitada o en una mascarilla mortuoria, coronadas por un

 

pelo recio, ne gro y erizado como una corona de hierro. Era una cara de sacerdote, de sacerdote por su

 

palidez, por las anchas venta nas de la nariz, por los matices de so mbra de las ojeras y las mandíbulas, por

 

aquella sonrisa tenue que erraba sobre los labios anchos y descoloridos. Y Stephen, al recordar cómo le

 

había él contado a Cranley todos los tumultos y las inquie tudes y los anhelos de su alma para no recibir más

 

respuesta que el silencio atento de su amigo, se hubiera dicho ahora que aquella cara era como la de un

 

sacerdote culpable que escu chara la confesión de aquellos a los cuales no tenía la facul tad de absolver… se

 

lo hubiera dicho, a no sentir de pronto otra vez en la memoria la mirada fija de sus ojos negros y femeninos.

 

A través de esta mirada, se le abrió una extraña y oscura caverna de meditaciones, pero la apartó de su

 

mente com prendiendo que no era todavía hora de entrar en ella. Mas la indiferencia de su amigo parecía

 

estarse difundiendo por el aire como un narcótico, como un vaho tenue y mortal. Y se encontró, de pronto,

 

mirando las palabras casuales que a su derecha o a su izquierda surgían, y estúpidamente maravi llado de

 

 

 

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que se hubieran desposeído en silencio de todo sen tido actual, de tal modo, que hasta el más insignificante

 

le trero de tienda llegaba a aprisionar su espíritu como si se tratase de las palabras de un ensalmo; y el alma

 

se le iba arrugando, suspirante de puro vieja, mientras avanzaba por aquella callejuela entre montones de

 

lenguaje muerto. Su propia conciencia del lenguaje estaba refluyendo de su cere bro y condensándose en

 

simples palabras que se ponían a enlazarse y desenlazarse con ritmos traviesos:

 

La yedra llora en la pared,

 

llora y se azora en la pared,

 

yedra amarilla en la pared,

 

 yedra, la yedra en la pared.

 

¿Quién había oído jamás despropósito semejante? ¡Dios del cielo! ¿Quién había visto nunca una yedra

 

que llorase en la pared? Yedra amarilla… bueno, eso estaba bien. O marfil amarillo también podía haber

 

sido. Pero, ¿y yedra de marfil?

 

La palabra le brillaba ahora en el cerebro, más clara y más resplandeciente que todo marfil extraído de

 

los veteados colmillos de los elefantes. Ivory, ivoire, avorio, ebur. Uno de los primeros ejemplos que se

 

había aprendido en latín, había sido: India mittit ebur; y se acordaba de la astuta cara del rec tor que le había

 

enseñado a traducir las Metamorfosis de Ovidio en un inglés pulido en el cual disonaba curiosamente la

 

mención de porqueros, cascos de alfarería y lomos de cer do. Lo poco que sabía de las leyes del verso latino

 

lo había aprendido de un libro desgualdramillado escrito por un clé rigo portugués.

 

Contrahit orator, variant in carmine vates.

 

Las crisis, las victorias y las luchas civiles de Roma le ha bían sido transmitidas en aquella retahíla: in

 

tanto discrimi ne, y había tratado de formarse una idea de la vida social de la ciudad de las ciudades a través

 

de las palabras implere ollam denariorum, que el rector pronunciaba sonoramente como si estuviese

 

llenando una olla de denarios. Las páginas de su traído y llevado Horacio, nunca estaban frías al tacto

 

aunque sus propios dedos lo estuviesen: ¡páginas llenas de humanidad que habían sido pasadas cincuenta

 

años antes por los dedos cálidos de John Duncan Inverarity y de su her mano William Malcolm Inverarity!

 

Sí, que aquellos venera bles nombres escritos en la amarillenta hoja primera, y aquellos versos patinados por

 

los siglos, conservaban, hasta para un latinista tan deficiente como él, una fragancia como si hubieran

 

estado guardados todos aquellos años entre mir to, verbena y espliego. Pero le hería el pensar que él no

 

había de ser nunca más que un invitado retraído en medio del banquete de la cultura del mundo y que

 

aquella erudición conventual de la cual se estaba esforzando en extraer una fi losofía estética no tenía más

 

valor en los tiempos en que vi vía que el que podían tener los sutiles y extraños léxicos de la halconería o la

 

heráldica.

 

La masa gris del edificio de Trinity yacía a su izquierda, incrustada pesadamente en medio de la

 

ignorancia de la ciu dad como una piedra mate en una sortija maciza. Aquella masa le deprimía y, tratando

 

de huir de ella para libertar sus pies de las cadenas de la conciencia reformada, fue a dar con la estatua

 

ridícula del poeta nacional de Irlanda.

 

La contempló sin cólera. Porque aquella estatua parecía descubrir humildemente su indignidad a través

 

de la invisi ble carcoma de laxitud que se deslizaba desde los pies pesa dos, por los p liegues del manto, hasta

 

la cabeza servil. Era un Filborg bajo el manto postizo de un milesio. Se acordó de su amigo Davin, «el

 

estudiante cazurro». Era el nombre que le solía dar en broma y que el otro soportaba jovialmente:

 

––No importa, Stevie. Tú mismo dices que tengo la cabeza dura. Puedes llamarme lo que te dé la gana.

 

Desde la primera vez que oyó en labios de su amigo esta variante familiar de su nom